Al finalizar el día, yo me aseguraba de lo que mi mente alertaba al rechazar la oferta del restaurante y es que, no encontraría empleo que el pago que me ayudaría a reunir el dinero para la operación de mi madre.
Había recorrido prácticamente la ciudad y tenía tres opciones, las tres, con un salario de una diferencia abismal al que ofrecían en Le Gros Lux.
Mi madre me recibía en casa con la cena lista, incluso me esperaba para comer, a pesar de ser muy tarde.
—Estás palida cariño. No quiero que sigas matándote por mí. Vive por ti, princesa —dice.
—No vamos a hablar de eso, mamá. Te he repetido un montón de veces que, como tú has vivido por mí, así yo viviré por ti.
Tocan la puerta y mi madre quiere levantarse, pero me levanto primero.
—Buenas noches, linda. ¿Doña Sara está? —pregunta.
—Sí, Hanna, adelante.
—Buenas noches Hanna, ¿Gusta cenar? —pregunta mi madre y esta niega con una sonrisa.
—Doña Sara mi nuera está embarazada y quería preguntarle si las prendas de bebé que tejía en la mañana están en venta. Son muy bonitas y me saldrían más económicas que comprarlas en otro sitio.
—Lo siento Hanna. Las hago para mi hija —responde mi madre y yo la miro seriamente.
—¡Oh! ¿También está embarazada? —pregunta—. Felicidades.
—No, no lo está, pero pronto me dará la bendición y debo tenerle todo listo. Ya mi salud no es la misma —argumenta mi madre.
—Pero te da tiempo de hacerme más mamá —intervengo quitando la presión que me pone.
—Angie toma la caja que hay al final de mi armario —pide mi madre.
Asiento antes de ir en busca de la mediana caja. Cuando se la entrego ella la abre mostrándome la gran cantidad de tejidos que habían para un bebé. Eran muchos y a mí se me comprimía el pecho de saber que hace un año, todos los días ella ha trabajado en las ropitas de su nieto. Desde que empezó la enfermedad, ha evitado pensar en ello, tejiendo.
—Hanna, tengo muchos repetidos. Te regalaré algunos —le dice mi madre.
—No regalado, Doña Sara...
—Silencio —la interrumpe mi madre sacando algunas cositas que acomoda sobre la mesa y se las extiende a Hanna—. Me alegra mucho de que al fin vayas a ser abuela. Bendiciones para ese bebé.
Hanna agradece más de un millón de veces y se marcha. Mi mente aún merodea en el deseo de mamá. Un hijo es una locura, lo veo yo, sin embargo, yo quiero hacer por mi madre todo lo que pueda mientras este en vida. Viva diez, veinte, treinta años más, no lo sabemos, no hay medida de tiempo calculada para cada persona, así que todo lo que podamos hacer por mamá mientras está con nosotros, hay que hacerlo.
—Buenas noches Doña Sara —saluda Ezra.
Mi madre siempre ha sido una persona humilde, sin ninguna posición económica favorable, sin embargo, la llaman Doña porque se ha ganado el respeto de todo el barrio. Siempre ayuda en lo que le haga falta a los demás y los problemas los resuelve como mediadora.
Ezra es lo más cercano que tengo a un amigo. En cambio, desde que cumplí los dieciocho su mirada es distinta, logrando que me aleje un poco.
—Hijo, ¿Todo bien? —pregunta mi madre.
—Visitando a su hija —responde.
— ¿Te gustaría tener un hijo Ezra? —indaga mi madre.
—Depende de quién sea la madre —expresa Ezra.
—Angie quiere ser mamá. Ya tienes un candidato espectacular, hija —suelta mi madre antes de abandonar la sala.
Ezra me observa, con esa mirada que me provoca rechazo.
— ¿Quién mejor que yo para ayudarte a cumplir el deseo de tu madre? —pregunta—. Yo sé que te preocupa tener un bebé, pero, yo te apoyaré en todo. Doña Sara se merece esa felicidad.
—Cállate Ezra. Nadie más que yo quiere que mi madre sea feliz y este es mi problema, no de dominio público.
—Solo intentaba asegurarte que aquí mi tienes para lo que necesites —comenta.
—Gracias —expongo—. Iré a dormir. Mañana tengo que levantarme temprano.
Esa noche tampoco dormí, pensando en qué debería hacer. La respuesta era clara. Debería volver ahí.
En la mañana, después de desayunar con mi madre y dejar listo el almuerzo volví a ese restaurante. Me encontré con la misma chica del ayer, la que me saludó carismática. No necesita orientación hoy, simplemente me dirigí hasta la oficina de Harper.
—Buenos días —saludo tras tocar la puerta y escuchar que me dan acceso—. Tomaré el trabajo, si aún está disponible.
—Así es —comenta la pelirroja sin sonreír—. Debes ir al médico a realizarte unos exámenes. Pregunta por el doctor Ulises, él se encarga de darme un expediente con lo que se requiere para la seguridad del cliente.
—No tengo dinero para ello —digo porque es la verdad.
—No te preocupes, Ulises recibe un pago por su trabajo. Solo ve.
— ¿Puedo empezar hoy mismo después de los análisis? Me urge trabajar.
—Sí, puedes incorporarte en la tarde. Se te pagará las horas que labores. Nunca he tenido problemas en este sitio, ni con clientes, ni con empleados porque me encargo de que todo vaya como tenga que ir. Por ello hablo claro con las trabajadoras de lo que se hace en este sitio. Estás en tu derecho de quejarte si el cliente intenta más que sexo oral, el cliente a ti, no al revés. Así que, Angie, eres bienvenida.
La mañana la ocupo en exámenes y papeleo con Harper. La pelirroja sí, tiene cara de asesina, pero parece que le he caído bien. Me orienta y me presenta el equipo de trabajo.
—Angie, te voy a dar el privilegio de atender a semejante bombón —dice con una sonrisa Sasha, la chica con la que conversé desde el primer momento que entre aquí—. ¿Sabes que en algún momento tocará? —indaga bajito y asiento.
Tomo el menú y me encamino hasta la mesa que indicó Sasha, la número diez. Mis pasos son suaves y mi corazón late de prisa. Me sentiré más calmada cuando pida un plato que no sea el número trece.
Él hombre, de cabello n***o, ojos carmelitas y barba me observa con detenimiento. ¿Por que no puedo dejar de mirarlo? ¿Por qué siento que me estoy mostrando sin barreras? Los hombres no me dejaban por dentro tan enfocadas en ellos después de aquel momento.
—Buenas tardes —comento y no pude ocultar el nervio—. Este es el menú...
—No necesito el menú —no me permite terminar de hablar—. Solicito el plato trece.
Me pongo nerviosa y no soy capaz de ocultarlo. Me aferro al cuaderno de mis manos intentando traer la calma a mí. No estoy preparada para ello. Sus ojos siguen analizándome y yo siento como voy siendo desvestida por él, no hablo de ropa.
— ¿Qué hago? —pregunto porque la verdad no tengo ni idea como proceder.
—Ven aquí —demanda señalando la mesa que queda a poco espacio de él—. No tienes que hacer nada, lo haré yo.
Sus palabras me hicieron moverme hasta el sitio donde había señalado. El corazón andaba de prisa pero, algo tan inexplicable dentro lo empezaba a calmar con la mirada de él. Me siento en el borde de la mesa y dejo mis ojos en él mostrando lo inexperta que soy en este asunto. Sus manos empiezan a subir por mis piernas despacio. Cierro los ojos, con la ligera incomodidad del pasado que golpea. Intento cambiar mis pensamientos, pero es sumamente difícil.
—Mírame —ordena y yo abro los ojos buscando los suyos—. No dejes de mirarme.
Su demanda me hace atenderlo. De pronto, no sé que tiene él o que demonios me transmite que los fantasmas empiezan a perder batalla contra los ojos de él.
Aún sentado en el sofá, se inclina hacia alante pegando su boca a la piel de mi pierna. Sus labios son hábiles y perfectos. Recorre mi pierna con su boca hasta llegar al interior de mis muslos. Abre mis piernas muy rápido y termino empujándolo. Los fantasmas volvieron a tomar el control.
Me observa desde su sitio y yo intento cambiar la cara intentando no llorar. He superado esto, yo puedo. He lidiado sola con ese pasado.
Siento que me analiza todo el tiempo y que le doy fácil acceso a ello.
—Mírame —ordena—. No pienses en nada más y si en algún momento no te sientes cómoda, me detengo.
Asiento. Le da una seguridad, un calor a mi cuerpo que me vuelve a situar en el punto de antes. Dónde sus ojos ganaban contra el demonio.
Empieza a besar el interior de mis muslos. Besos intensos, apasionados, precisos. Besos que me hacen moverme un poco más hacia adelante y darle más acceso de mí. Sus ojos se mantienen en los míos y yo no dejo de concentrarme en ellos.
Levanta la falda y observa mi sexo cubierto por la braga. No es la mejor lencería del mundo, de hecho, no es ni la adecuada, pero es lo que hay. Devuelve sus ojos a los míos intentando que no me vuelve a perder en mis pensamientos. Lo logra.
Acerca su boca a mi sexo por encima de la braga y me besa. Me remuevo ansiosa y a la vez me freno de pronto, confusa, al estar tan disponible.
Sus dedos toman el elástico de mi braga y las va bajando despacio, con esos ojos analíticos sobre mí.
¿Por qué él obtiene esto de mí? Sin conocerlo.