El Capitán Alexandros llegó a la bahía de Stavros a altas horas de la madrugada, en medio de la tormenta. La embarcación había sufrido daños considerables en el casco y en las partes técnicas, lo que hacía imposible zarpar sin reparaciones. Las alertas de tsunamis y el mar de leva complicaban aún más la situación.
Al despuntar el alba, el cielo comenzó a despejarse, revelando un amanecer sereno que contrastaba con la furia nocturna. Los primeros rayos de sol iluminaron la bahía, mostrando el puerto tranquilo y las aguas calmadas. Alexandros se dirigió a las autoridades locales para solicitar el permiso de permanencia. Con la documentación en mano, explicó la gravedad de los daños. Las autoridades, comprendiendo la urgencia, otorgaron el permiso y ofrecieron apoyo para coordinar las reparaciones.
De regreso al barco, el capitán se unió a la tripulación que evaluaba los daños. Las reparaciones tomarían aproximadamente dos meses.
Mientras tanto, Theo y Valentina seguían juntos en el camarote de ella, hablando de lo que había pasado entre ambos. La conexión se profundizaba con cada momento compartido. Valentina se sentía atraída por la sinceridad de Theo, recordando los besos apasionados y la noche en que se dejaron llevar por la pasión. Theo, por su parte, admiraba su fortaleza, aunque no podía evitar preguntarse si ella veía un futuro juntos.
Más tarde, paseaban por la playa de Stavros, disfrutando de la brisa marina y el sonido de las olas. Compartían historias personales, descubriendo intereses comunes y riendo juntos.
—Nunca pensé que encontraría a alguien como tú en este viaje —dijo Valentina.
—Yo tampoco, pero estoy feliz de que nos hayamos encontrado —respondió Theo, tomando su mano.
Nikos y Elena fueron al pueblo para reabastecerse. Mientras caminaban por las calles empedradas, Nikos recordó su infancia en la isla, a su primera esposa fallecida, y su segundo matrimonio, que terminó en buenos términos. Elena, notando la tristeza en sus ojos, lo consoló.
—Sé que estos recuerdos son dolorosos, pero estoy aquí para ti.
—Gracias, Elena. Tu apoyo significa mucho para mí.
—Siempre estaré a tu lado —susurró ella, abrazándolo con ternura.
Al mediodía, al regresar al barco, Elena decidió hablar con los gemelos.
—Como debemos permanecer aquí durante las reparaciones, llamen a su hermana. Quizás eso le suba el ánimo a su padre. Saben lo difícil que es para él estar en Stavros.
Los gemelos aceptaron y contactaron a Marina Isabella, quien confirmó que viajaría acompañada de su madre, Isabella Di Stephen Rossi, en dos días.
Por la tarde, Alexandros buscó a Theo en el puente de mando.
—Quería agradecerte por tu actuación durante la tormenta. ¿Cómo hiciste los cálculos tan rápido?
—Siempre he tenido talento para la navegación. Desde joven estudio mapas y técnicas. Me apasiona.
—Tienes gran potencial. Me gustaría que aprendieras más con nosotros —dijo el capitán, sellando así un pacto.
Dos horas antes de la cena, Alexandros reunió a los pasajeros en el salón principal.
—Debido a los daños sufridos, el viaje por mar ha terminado. Las reparaciones tomarán aproximadamente dos meses. Aún quedan dos días para concluir la travesía. Quienes deban volver a Atenas recibirán boletos aéreos.
Los pasajeros, aunque decepcionados, agradecieron el esfuerzo de la tripulación.
—Sabemos que hicieron lo mejor que pudieron —dijo Carlos García.
Esa noche, Theo organizó una cena romántica en un restaurante local. Bajo la luz de las velas, Valentina confesó:
—Me siento afortunada de haberte conocido. Quiero darle una oportunidad a esto.
—Yo también, Valentina. Vamos a ver a dónde nos lleva este viaje —respondió Theo, tomando su mano.
Así se marcó la despedida de muchos pasajeros. Algunos decidieron volver, otros culminar los 25 días, y unos pocos quedarse una semana más. Solo Valentina Alessandra Rossi permanecería en el crucero hasta que pudiera zarpar nuevamente.
Para el día 25, los pasajeros que partían se despidieron con un desayuno a media mañana, agradecidos por las experiencias vividas. Por la tarde, la tripulación cerraba camarotes y áreas que no se usarían durante las reparaciones.
En ese momento, Marina Isabella llegó al barco y sorprendió a Nikos, quien estaba en la cocina.
—¡Papá! —exclamó Marina.
—¡Marina Isabella! No puedo creer que estés aquí —dijo Nikos, abrazándola.
—Acabo de llegar. Elena, hermosa como siempre, gracias por la invitación. Y los tarados… perdón, los gemelos.
—Yo acá, babosa. Bienvenida —dijo Alex, abrazándola. Al oído le susurró:
—Aún te amo. En serio.
Nikos le preguntó si viajó sola.
—No, mamá vino conmigo, pero prefirió ir a la casa grande para acomodarse.
Por su parte, Isabella decidió no ir directamente al barco. Se dirigió al norte de la isla, a la casa familiar donde vivió el mes en que conoció a su único y verdadero amor: Alexandros. Al llegar, los recuerdos la inundaron: paseos por la playa, noches estrelladas, promesas de amor eterno. La casa, con su jardín lleno de flores y el porche que daba al mar, era un refugio de paz. Isabella se sentó en el porche, mirando el horizonte.
Esa noche, se celebró una cena en honor a la llegada de Marina. Alexandros, al conocerla, quedó impactado por el reflejo exacto de Isabella en ella.
—Es como ver a Isabella de nuevo —pensó, observándola con asombro.
El Capitán recordó los momentos felices que pasaron juntos en Stavros. Se preguntaba qué habría sido de ella, si alguna vez volvería a verla. Los recuerdos lo llenaban de nostalgia, pero también de fuerza.
Marina, al notar la reacción del Capitán, se acercó después de la cena.
—Capitán, parece que me conoce de algún lugar.
—Te pareces mucho a alguien que conocí hace muchos años. Compartimos momentos muy especiales aquí en Stavros.
Nikos se unió a la conversación.
—Mi hermosa princesa Marina Isabella es el mayor regalo que la vida me dio.
Antes de que Alexandros pudiera responder, Marina intervino:
—Papá, por millonésima vez, no vuelvas a decir que no soy tu hija legítima. Aunque no tenga tu sangre, tú eres y serás por siempre mi padre.
Nikos la abrazó.
—Te amaré así siempre, pero no soy tu padre biológico.
Estas palabras aumentaron aún más las dudas del Capitán. El parecido de Marina con su amada Isabella era innegable. Y ahora, la posibilidad de que pudiera ser su hija comenzaba a instalarse como una verdad que aún no se había dicho.
> Y en la bahía donde el pasado se había hundido, algo nuevo comenzaba a emerger. No era una tormenta. Era una revelación.