El día del abordaje de los pasajeros llegó, y el puerto se convirtió en un escenario de emoción y anticipación. Los pasajeros, un grupo selecto de invitados, comenzaban a llegar, algunos con sonrisas amplias, otros con miradas calculadoras. La brisa marina traía consigo el olor a sal y algas, mientras las gaviotas sobrevolaban el muelle, añadiendo su cacareo al bullicio general.
Entre ellos, una figura destacaba por su indiferencia elegante: Valentina Alessandra Rossi, de diecisiete años, próxima a cumplir dieciocho durante el crucero. Vestía un vestido de seda marfil, tacones altos y un bolso de diseñador. Su cabello castaño oscuro estaba perfectamente peinado, y sus gafas de sol costosas ocultaban unos ojos que parecían juzgarlo todo. Su actitud era la de alguien acostumbrada a obtener lo que quería sin demora ni esfuerzo.
—Esto es… aceptable —dijo Valentina, con una sonrisa forzada que no alcanzaba sus ojos.
Elena, manteniendo la calma, respondió con diplomacia:
—Bienvenida a bordo, señorita Rossi. Estamos encantados de tenerla con nosotros. Su camarote está listo, y si necesita algo, no dude en pedirlo.
Valentina se sintió genuinamente bienvenida, aunque no lo admitió. Al llegar a su camarote, su descontento fue inmediato.
—¿Dónde están mis almohadas de plumas? ¿Y por qué no tengo el camarote principal? —protestó, exigiendo un cambio.
Elena, con paciencia, gestionó el cambio, solicitando la ayuda de los gemelos Alex y Theo, quienes se encargaron de realizarlo rápidamente. Theo, con su lógica serena, suavizó la tensión; Alex, con su energía, hizo que todo pareciera fácil.
Entre los pasajeros también se encontraba Richard Thompson, empresario británico de mediana edad, elegante y reservado, que buscaba descanso de su agitada vida laboral. También la familia García, compuesta por Carlos, Ana, y sus hijos Mateo (8) y Sofía (10), quienes irradiaban entusiasmo por las aventuras que les esperaban.
Durante el embarque, Richard y Ana se cruzaron brevemente. Sus miradas se encontraron, y una chispa de reconocimiento los atravesó. Ninguno dijo nada. Ana, consciente de la presencia de Carlos, evitó cualquier gesto que pudiera despertar sospechas.
Esa noche, la tripulación organizó una cena de lujo para dar inicio a la travesía. El comedor principal estaba decorado con manteles blancos, centros de mesa florales y una iluminación cálida. Los pasajeros se acomodaron, disfrutando de la atmósfera sofisticada.
Nikos y su equipo trabajaron arduamente en la cocina, preparando un menú exquisito con platos mediterráneos y vinos selectos. La cena fue un éxito rotundo. Los pasajeros elogiaron la comida y el servicio.
El Capitán Alexandros, vestido con su uniforme de gala, se dirigió a los pasajeros con una sonrisa serena:
—Bienvenidos a bordo del Isabella Dream’s. Estamos encantados de tenerlos con nosotros en esta travesía única. Espero que disfruten de cada momento y que este viaje sea inolvidable para todos ustedes.
Con la cena terminada y los pasajeros satisfechos, el crucero zarpó, dejando atrás el puerto y adentrándose en el mar abierto. Durante los primeros días, los pasajeros disfrutaron de clases de cocina, cata de vinos, cine bajo las estrellas y espectáculos en vivo. Las piscinas y jacuzzis se convirtieron en oasis de relajación; el gimnasio y las clases de yoga, en espacios de energía.
Una noche, después de que los pasajeros se retiraran, Nikos y Elena se encontraron en la cubierta, disfrutando de la brisa marina. Nikos, aún con su delantal, la abrazó por detrás.
—¿Cómo estuvo tu día? —preguntó, besando suavemente su cuello.
Elena suspiró, recostándose en su pecho.
—Agotador, pero gratificante. Los pasajeros parecen estar disfrutando mucho.
—Eso es lo importante —dijo Nikos, girándola para mirarla a los ojos—. ¿Y tú, estás disfrutando?
Elena sonrió.
—Sí. Especialmente ahora que estoy contigo.
Se quedaron en silencio, envueltos por el sonido del mar y la promesa de días por venir.
En Atenas, los pasajeros exploraron la Acrópolis, el Partenón y el barrio de Plaka. Valentina, sin embargo, parecía menos impresionada.
—Es solo un montón de piedras viejas —comentó, mientras los demás admiraban la historia.
En Mykonos, Valentina y los gemelos disfrutaron de las playas de Psarou y Elia, exploraron el casco antiguo y los molinos de viento. El submarinismo fue inolvidable para los gemelos, pero Valentina se mostró desinteresada.
—He visto mejores lugares —dijo, aunque en el fondo, la belleza submarina la había conmovido más de lo que admitía.
Una tarde, mientras Richard intentaba relajarse en una tumbona, Mateo y Sofía, junto con Valentina, decidieron jugar una broma. Colocaron un pequeño cangrejo de juguete en la tumbona. Richard saltó con un grito, causando risas.
—Está bien, está bien —dijo Richard, riendo—. Pero la próxima vez, avísenme antes de traer invitados inesperados.
En Santorini, los pasajeros visitaron bodegas de vino y el pueblo de Oia para ver el atardecer. Valentina y Theo compartieron un momento especial mientras observaban el sol desaparecer. La exploración de las ruinas de Akrotiri y el buceo en el volcán submarino añadieron aventura.
En Creta, la visita al Palacio de Knossos y la ciudad de Heraklion ofrecieron historia y cultura. Valentina se unió a una excursión a las playas de Elafonisi. El submarinismo en las cuevas submarinas fue otra experiencia que compartió con los gemelos.
En Rodas, los pasajeros recorrieron la ciudad medieval y el Palacio del Gran Maestre. Valentina comenzó a sentirse más cómoda y a disfrutar de la compañía de los demás.
Durante una excursión, Ana y Richard se encontraron en el Palacio. Al principio, se miraron con sorpresa. Luego, una sonrisa nostálgica apareció.
—Ana, no puedo creer que seas tú —dijo Richard.
—Richard, ha pasado tanto tiempo —respondió Ana, abrazándolo.
Conversaron sobre sus vidas. Ana habló de su familia y su felicidad con Carlos. Richard, aunque melancólico, se alegró por ella.
—Me alegra verte feliz —dijo Richard.
—Y a mí me alegra verte a ti. Espero que encuentres la paz que buscas —respondió Ana.
Pero una sombra cruzó la mente de Richard al ver a Sofía. El parecido era inquietante. ¿Podría ser su hija?
En Kos, la visita al Asclepeion y las playas de Kefalos ofrecieron descanso. Valentina y los gemelos participaron en un tour por la ciudad y disfrutaron del submarinismo en los arrecifes.
En Bodrum, Turquía, los pasajeros visitaron el Castillo de San Pedro y el Museo de Arqueología Submarina. El buceo en restos de naufragios añadió historia y misterio.
En Patmos, la visita al Monasterio de San Juan y la Cueva del Apocalipsis ofrecieron espiritualidad. Valentina y los gemelos disfrutaron de las playas y del submarinismo.
En Naxos, los pasajeros exploraron el Templo de Apolo y las playas de Agios Prokopios. Valentina, aunque inicialmente distante, comenzó a abrirse más con los gemelos. Theo, en especial, parecía tocar algo en ella que ni ella misma entendía.
Durante una cena, Richard y Ana se encontraron nuevamente. Richard no pudo evitar preguntar por Sofía. Ana, tras una pausa, admitió que era posible que él fuera el padre. Richard quedó impactado, pero decidió no presionar.
Elena, mientras tanto, seguía recibiendo grandes sumas de dinero de Valentina por cada pequeño inconveniente. Las guardaba en una caja fuerte, con la intención de devolverlas al final del viaje.
El crucero continuó su travesía por las islas griegas, cada una con su magia. Valentina, aunque seguía siendo difícil, mostraba signos de cambio. Sus silencios eran menos defensivos. Sus miradas, más abiertas.
Hasta el día 20 del viaje, los pasajeros disfrutaron de diversas actividades y exploraciones. Las islas ofrecían paisajes cambiantes, sabores nuevos y momentos que comenzaban a dejar huella. Valentina, aunque aún mostraba destellos de arrogancia, comenzaba a abrirse a la experiencia. Sus interacciones con los gemelos se volvían más frecuentes, y Theo, con su mirada paciente y su forma de hablar pausada, parecía tocar fibras que ella no sabía que tenía.
Sofía, cada vez más cercana a Richard, lo buscaba para contarle historias, mostrarle dibujos o simplemente sentarse a su lado en silencio. Richard, por su parte, comenzaba a observarla con una mezcla de ternura y duda. Ana lo notaba, pero no decía nada. Carlos, ajeno a la tensión, se mostraba entusiasmado con cada excursión, cada vino nuevo, cada fotografía familiar.
Elena, desde su rol de contención, observaba todo con atención. Sabía leer los silencios, los gestos, las ausencias. Guardaba cada billete que Valentina le entregaba por caprichos resueltos, no como pago, sino como promesa de devolución. Sabía que esa joven difícil estaba buscando algo más que privilegios: buscaba una g****a por donde respirar.
Al amanecer del día 21, el cielo amaneció gris. Una lluvia persistente comenzó a caer, obligando a todos a permanecer a bordo. Las actividades se limitaron a espacios cerrados: clases de cocina, juegos de mesa, lectura, conversaciones en los salones. La atmósfera cambió. El mar, antes espejo de libertad, se volvió frontera.
Valentina se encerró en su camarote por horas. Theo la buscó, tocó la puerta, esperó. Finalmente, ella abrió. No dijo nada. Solo lo dejó entrar.
Richard, desde la cubierta cubierta, observaba el horizonte. La lluvia caía suave, pero constante. Sofía se acercó con una manta y se la puso sobre los hombros.
—¿Estás triste? —preguntó.
Richard la miró.
—No. Solo estoy… pensando.
—¿En mamá?
Richard sonrió, pero no respondió.
Elena, al final del día, anotó en su cuaderno: Día 21. La lluvia no detuvo el viaje. Solo lo volvió más íntimo.
Y mientras el Isabella Dream’s se deslizaba por aguas grises, algo comenzaba a cambiar. No en el itinerario, sino en los vínculos. En los silencios. En lo que aún no se había dicho.
> Porque a veces, el verdadero viaje comienza cuando