El ambiente en la mansión Rothschild seguía tenso. Vanessa había intentado, una vez más, aliviar la amarga carga de Gabriel, pero sus esfuerzos parecían insuficientes. Sin embargo, un malentendido estaba a punto de llevar su relación a un nuevo nivel de tensión.
Era una tarde nublada cuando Vanessa decidió salir al jardín para tomar un respiro. Mientras caminaba entre los setos bien cuidados, escuchó una conversación en la distancia. Se detuvo al reconocer la voz de Thomas, el mayordomo, hablando con uno de los jardineros.
"No sé cuánto tiempo más pueda soportar el señor Rothschild en este estado," decía Thomas, su tono preocupado. "Vanessa ha sido una bendición, pero parece que incluso ella no puede romper las barreras que él ha erigido."
Vanessa suspiró, sintiendo el peso de sus palabras. Se giró para regresar a la mansión cuando vio a Gabriel en su silla de ruedas, observándola desde una ventana del segundo piso. Al parecer, había visto la interacción y malinterpretado la situación.
Más tarde esa noche, Vanessa entró en la sala de música, esperando encontrar un poco de paz tocando el piano. Gabriel estaba allí, sus ojos ardían con una mezcla de ira y dolor.
"¿Qué estabas haciendo en el jardín hoy?" preguntó con un tono gélido.
Vanessa se detuvo, sorprendida por su agresividad. "Solo estaba tomando un poco de aire fresco."
"¿Y hablando a espaldas de los demás con Thomas? ¿Es eso parte de tu aire fresco?" La voz de Gabriel se elevó, sus manos temblaban de rabia.
Vanessa frunció el ceño, tratando de entender. "Gabriel, no estaba hablando mal de ti. Solo los escuché por casualidad."
"¿Por casualidad? ¿De verdad esperas que te crea?" Gabriel rodó su silla de ruedas hacia ella, su expresión oscura. "¡Estoy harto de tus mentiras y de tu fingida amabilidad!"
Las palabras de Gabriel golpearon a Vanessa como una bofetada. "No estoy fingiendo, Gabriel. Estoy aquí porque me importas, aunque no puedas verlo."
"¿Importarme? Lo único que haces es hacerme sentir aún más patético. No necesito tu compasión," escupió Gabriel, sus ojos llenos de desprecio.
Vanessa sintió cómo las lágrimas comenzaban a llenar sus ojos, pero se mantuvo firme. "No es compasión, Gabriel. Es agradecimiento y... aprecio. No tienes idea de cuánto te debo."
"Entonces págame y vete," respondió Gabriel con dureza. "No quiero ni necesito tu agradecimiento."
Vanessa tragó saliva, tratando de controlar sus emociones. "Si eso es lo que realmente quieres, me iré. Pero no creo que eso te haga feliz, Gabriel."
Gabriel giró su silla y se dirigió hacia la puerta, su voz apenas un susurro. "Nada puede hacerme feliz."
Esa noche, la mansión se sumió en un silencio aún más profundo. Gabriel se encerró en su despacho, la amargura y el resentimiento burbujeaban en su interior. Cada palabra que había intercambiado con Vanessa se repetía en su mente, alimentando su ira y su dolor.
Mientras tanto, Vanessa se retiró a su habitación, su corazón dolía por la dureza de Gabriel. Sabía que su amargura era una barrera, pero también sabía que había algo más allá de esa dureza. Algo que valía la pena luchar.
Al amanecer, la mansión Rothschild estaba envuelta en un silencio tenso. Gabriel no había dormido, su mente era un torbellino de pensamientos oscuros y amargos. Mientras el sol se levantaba, decidió tomar una decisión drástica.
Vanessa, por otro lado, había pasado la noche inquieta. Aunque las palabras de Gabriel la habían herido profundamente, su determinación no flaqueó. Sabía que su agradecimiento y aprecio por él eran reales, y no iba a rendirse tan fácilmente.
Después del desayuno, Gabriel llamó a Thomas a su despacho. "Necesito que prepares un sobre con una suma considerable de dinero. Voy a resolver esto de una vez por todas."
Thomas lo miró con preocupación, pero no dijo nada. Minutos después, el sobre estaba listo. Gabriel lo tomó y rodó su silla de ruedas hacia la sala de música, donde Vanessa estaba practicando.
Al entrar, la música se detuvo abruptamente. Vanessa lo miró con una mezcla de sorpresa y aprehensión.
"Vanessa," dijo Gabriel con una frialdad calculada. "He tomado una decisión."
Ella frunció el ceño, esperando lo peor. "¿Qué decisión?"
Gabriel extendió el sobre hacia ella. "Quiero que te vayas. Aquí tienes suficiente dinero para empezar de nuevo en otro lugar. No quiero ni necesito tu agradecimiento."
Vanessa miró el sobre y luego a Gabriel, sus ojos se llenaron de incredulidad. "¿De verdad crees que esto es lo que quiero? ¿Que todo se reduce a dinero?"
"Es lo mejor para ambos," respondió Gabriel con dureza. "Estoy cansado de que intentes salvarme. No necesito ser salvado."
Vanessa apretó los labios, sintiendo la ira y la tristeza burbujear dentro de ella. "No estoy aquí para salvarte, Gabriel. Estoy aquí porque te debo mucho, y porque creo que hay algo más en ti que esta amargura."
"Bueno, estás equivocada," dijo Gabriel, su voz apenas un susurro lleno de veneno. "No hay nada más. Solo esta oscuridad."
Vanessa tomó el sobre, pero en lugar de salir corriendo como Gabriel esperaba, lo lanzó sobre el piano. "No puedes comprarme, Gabriel. Y no puedes decidir por mí lo que es mejor para ambos. Estoy aquí porque quiero estar aquí, no porque me sienta obligada."
Gabriel la miró, su corazón latía con fuerza, pero su expresión permaneció dura. "Entonces eres más tonta de lo que pensaba."
Vanessa se acercó a él, su rostro lleno de determinación. "Quizás. Pero no voy a dejar que te destruyas a ti mismo sin pelear. Si realmente quieres que me vaya, tendrás que hacerlo tú mismo."
Gabriel la miró fijamente, sus emociones eran un caos interno. Parte de él quería que ella se fuera, para que no viera más su debilidad. Pero otra parte, una parte más profunda y escondida, quería que se quedara. Quería creer que aún había esperanza.
Sin decir una palabra más, Gabriel giró su silla de ruedas y salió de la sala de música, dejando a Vanessa sola. Pero esta vez, el dolor en su pecho no desapareció con la distancia. En cambio, se hizo más fuerte, recordándole que a pesar de su dureza y amargura, todavía había algo más en juego.
Vanessa se quedó en la sala de música, mirando el sobre con el dinero. Sabía que el camino sería largo y lleno de desafíos, pero estaba dispuesta a enfrentarlos. Porque a pesar de todo, creía en Gabriel. Creía que él era capaz de más que solo amargura y dolor.
Y estaba dispuesta a demostrarle que no estaba sola en esta lucha, sin importar cuán difícil se volviera.
Vanessa se quedó en la sala de música, mirando el sobre con el dinero. La decisión de Gabriel había sido clara, y aunque su corazón se resistía, entendió que no podía forzar su presencia en la mansión si él no la quería allí. Con un suspiro, recogió el sobre del piano y se dirigió a su habitación.
Una vez en su cuarto, abrió la maleta roja que había traído consigo al llegar. Meticulosamente, comenzó a empacar sus pertenencias, sus manos temblaban ligeramente con cada prenda que doblaba. Su mente estaba en una vorágine de emociones: tristeza, frustración, y un profundo sentido de pérdida.
Mientras guardaba sus cosas, pensaba en las semanas que había pasado en la mansión Rothschild. Había llegado con la esperanza de traer un poco de luz a la vida de Gabriel, pero ahora se daba cuenta de que quizás su presencia solo había agravado su amargura.
Finalmente, cuando todo estuvo empacado, se dirigió al despacho de Gabriel. La puerta estaba entreabierta, y pudo verlo sentado detrás de su escritorio, su expresión era un reflejo de su habitual dureza. Vanessa entró, sosteniendo el sobre en su mano.
"Gabriel," dijo, su voz firme pero cargada de emoción. "He recogido mis cosas y estoy lista para irme. Pero no puedo aceptar este dinero."
Gabriel levantó la vista, sus ojos encontrándose con los de ella. "Es para tu propio bien, Vanessa. Tómalo y empieza de nuevo en otro lugar."
Vanessa colocó el sobre sobre el escritorio frente a él. "No necesito tu dinero. Lo que quería era ayudarte, pero está claro que no deseas eso. Espero que encuentres la paz que buscas, aunque sea lejos de mí."
Gabriel la miró en silencio, su rostro imperturbable, pero sus ojos traicionaban una chispa de emoción. "No entiendo por qué insistes en hacer esto tan difícil."
"Porque no eres solo un hombre amargado y roto," respondió Vanessa con un tono suave. "Eres más que eso, Gabriel. Pero no puedo hacer nada si no estás dispuesto a ver más allá de tu dolor."
Sin decir una palabra más, Vanessa se dio la vuelta y salió del despacho. Gabriel observó cómo se alejaba, sintiendo una mezcla de alivio y una profunda sensación de pérdida. Parte de él sabía que había cometido un error, pero su orgullo y su miedo lo mantenían en silencio.
Vanessa caminó hacia la puerta principal, su maleta roja en la mano. Thomas, el mayordomo, estaba allí, su expresión llena de tristeza.
"Señorita Vanessa," dijo Thomas en voz baja. "Lamento mucho que esto haya terminado así."
Vanessa le sonrió tristemente. "No es tu culpa, Thomas. Gracias por todo. Espero que Gabriel encuentre lo que necesita."
Thomas asintió, incapaz de decir algo más. Vanessa salió de la mansión y se dirigió hacia el coche que la esperaba. Mientras se alejaba, echó un último vistazo a la imponente estructura, sabiendo que dejaba atrás no solo un lugar, sino una parte de su corazón.
En el despacho, Gabriel miraba el sobre sobre su escritorio, sintiendo el peso de su decisión. Sabía que había empujado a la única persona que realmente se había preocupado por él. Pero en su mente, era mejor así. Mejor mantener a todos a distancia que arriesgarse a más dolor.
Pero mientras la mansión Rothschild volvía a sumirse en su habitual silencio, una pequeña parte de Gabriel se preguntaba si alguna vez podría encontrar la redención que Vanessa había visto en él.