Capítulo 7: La Amargura de Gabriel

1649 Words
Las semanas pasaron lentamente en la mansión Rothschild, y la amargura de Gabriel parecía intensificarse con cada día que pasaba. Aunque Vanessa intentaba ser un faro de luz en su vida, Gabriel se aferraba a su dolor y resentimiento como un escudo, protegiéndose de cualquier posibilidad de ser lastimado de nuevo. Gabriel había ordenado a los sirvientes que no lo molestaran a menos que fuera absolutamente necesario. Cada interacción con ellos era una oportunidad para desahogar su ira contenida. No importaba cuán trivial fuera la tarea, Gabriel encontraba siempre una razón para criticar, gritar o humillar. Una mañana, mientras desayunaba solo en el comedor, el mayordomo, Thomas, se acercó con una bandeja de cartas. "Señor Rothschild, aquí tiene su correspondencia." Gabriel levantó la mirada, sus ojos fríos como el hielo. "¿Qué demonios es esto, Thomas ¿No ves que estoy ocupado?" Thomas tragó saliva, tratando de mantener la compostura. "Perdón, señor. Pensé que querría revisar sus cartas." Gabriel arrojó su servilleta sobre la mesa con desdén. "¿Qué te hace pensar que me importa lo que piensas? Eres un sirviente, tu trabajo es hacer lo que te digo, no interrumpirme con tonterías." Thomas hizo una ligera reverencia y se retiró rápidamente, dejando las cartas sobre la mesa. Vanessa, que había estado observando desde la puerta, entró en el comedor, sintiendo una mezcla de tristeza y frustración. "Gabriel, no puedes seguir tratándolos así. No se merecen este tipo de trato," dijo ella suavemente, acercándose a la mesa. Gabriel la miró con dureza. "¿Y qué sugieres, Vanessa? ¿Que les pida disculpas? No entiendes nada. No estoy aquí para hacer amigos." Vanessa suspiró, sentándose frente a él. "No se trata de hacer amigos. Se trata de ser humano. ¿Qué te ha pasado, Gabriel? Antes del accidente, dicen que eras diferente." Gabriel se inclinó hacia adelante, sus ojos oscuros brillando con una ira contenida. "No conociste al hombre que era antes del accidente, Vanessa. No hables de cosas que no comprendes. Tenía una vida, un futuro. Ahora, estoy atrapado en este maldito cuerpo inútil, y lo único que me queda es mi orgullo. Si pierdo eso, no soy nada." Vanessa lo miró con tristeza. "Te queda mucho más de lo que crees, Gabriel. Tienes a personas que se preocupan por ti. Tienes la capacidad de ser feliz, si tan solo permitieras que alguien te ayudara." Gabriel se recostó en su silla de ruedas, sus ojos aún llenos de furia. "No necesito ayuda. Lo único que necesito es que todos me dejen en paz. Incluyéndote a ti." Vanessa sintió como una daga en el corazón, pero se negó a rendirse. "No te dejaré en paz, Gabriel. Porque sé que, en el fondo, eres mejor que esto. No voy a rendirme contigo, por mucho que intentes alejarme." Esa noche, la tormenta que se desataba fuera de la mansión parecía reflejar la tormenta interna de Gabriel. Mientras se movía por la casa, su ira lo seguía como una sombra. Los sirvientes evitaban cruzarse en su camino, temerosos de sus estallidos de furia. En la biblioteca, Gabriel encontró a uno de los jardineros, Marcos, revisando unos documentos de mantenimiento. "¿Qué haces aquí? ¿No tienes trabajo que hacer fuera?" Marcos levantó la vista, sorprendido por la aparición de Gabriel. "Señor Rothschild, estoy revisando los planes de jardinería para la próxima semana. Pensé que sería mejor hacerlo ahora debido a la tormenta." Gabriel lo miró con desprecio. "¿Crees que me importa tu maldita jardinería? Deberías estar allá afuera, haciendo lo que se supone que debes hacer, no perdiendo el tiempo aquí dentro." Marcos se tensó, pero intentó mantener la calma. "Lo siento, señor. Solo estaba tratando de ser eficiente." "Si realmente fueras eficiente, no tendrías que justificarte," replicó Gabriel, su voz cargada de veneno. "Ahora, lárgate de mi vista." Marcos se apresuró a salir, dejando a Gabriel solo en la biblioteca. La ira seguía ardiendo en su interior, alimentada por la frustración y el resentimiento. Gabriel sabía que estaba lastimando a todos a su alrededor, pero no podía detenerse. La amargura era todo lo que conocía ahora. Más tarde, esa misma noche, Vanessa lo encontró sentado en la sala de música, mirando fijamente el piano. Se acercó a él, colocando una mano suavemente en su hombro. "Gabriel, por favor. No tienes que pasar por esto solo. Déjame ayudarte." Gabriel cerró los ojos, sintiendo una oleada de emociones que amenazaban con desbordarse. "No sé cómo," murmuró, su voz apenas un susurro. Vanessa se arrodilló a su lado, mirándolo con ternura. "Solo déjame estar aquí. No tienes que ser fuerte todo el tiempo. Puedes apoyarte en mí." Gabriel abrió los ojos, encontrando el rostro de Vanessa tan cerca del suyo. Por un instante, dejó caer su fachada de dureza y permitió que la calidez de su presencia lo envolviera. Tal vez, pensó, solo tal vez, había esperanza para él después de todo. Al día siguiente, la tormenta había amainado, pero la atmósfera en la mansión Rothschild seguía siendo tensa. Gabriel se encontraba en su despacho, sumido en pensamientos oscuros, cuando Vanessa entró con una bandeja de té. "Pensé que podrías necesitar un descanso," dijo ella, colocando la bandeja en el escritorio. Gabriel apenas levantó la vista. "No necesito un descanso, Vanessa. Estoy ocupado." Vanessa se sentó en una silla frente a él, decidida a no dejarse intimidar por su actitud. "Gabriel, no puedes seguir así. Estás empujando a todos lejos, y eso no te hará ningún bien." Gabriel cerró los ojos, tratando de contener su ira. "¿Y qué sugieres que haga, Vanessa? ¿Que finja que todo está bien? No entiendes lo que es vivir así." "Tal vez no lo entienda completamente," admitió Vanessa. "Pero sé que no estás solo. Tienes a personas que se preocupan por ti. Y aunque no me conocías antes del accidente, estoy aquí ahora. Quiero ayudarte." Gabriel abrió los ojos, mirándola con una mezcla de resentimiento y dolor. "No necesito tu lástima." "No es lástima," replicó Vanessa, su voz firme. "Es agradecimiento. Sé que hiciste mucho por mí al pedirme que viniera aquí. Y aunque seas duro conmigo, sé que, en el fondo, no eres tan insensible como quieres aparentar." Gabriel desvió la mirada, incapaz de enfrentarse a la intensidad de sus palabras. La verdad era que la presencia de Vanessa en su vida había comenzado a despertar sentimientos que creía muertos, pero no sabía cómo manejarlos. En lugar de admitir su vulnerabilidad, se refugió en su amargura. Esa noche, después de que Vanessa se retirara a su habitación, Gabriel se quedó solo en la sala de música. Sus dedos acariciaron las teclas del piano, recordándole los tiempos en que podía tocar con libertad. Pero ahora, incluso esa pasión parecía lejana e inalcanzable. Mientras miraba las partituras, sintió una oleada de frustración. Golpeó las teclas con fuerza, produciendo un sonido disonante que resonó en la habitación vacía. Se dejó caer en la silla, su respiración pesada y su mente un torbellino de emociones. Al día siguiente, durante el desayuno, los sirvientes notaron el cambio en Gabriel. Su amargura parecía más pronunciada, y cualquier intento de conversación era recibido con respuestas cortantes. Vanessa intentó animarlo, pero sus esfuerzos parecían en vano. "Gabriel, tienes que dejar que alguien te ayude," dijo ella, su voz llena de preocupación. Gabriel la miró con una expresión dura. "¿Ayudarme? ¿Cómo? No hay nada que puedas hacer, Vanessa. Este es mi destino." "No tienes que hacerlo todo solo," respondió Vanessa, su voz temblando ligeramente. "Estamos juntos en esto, pero tienes que dejarme entrar." Gabriel se levantó abruptamente, su silla de ruedas rodando hacia atrás. "He vivido toda mi vida dependiendo de mí mismo. No necesito que vengas a decirme cómo vivir." Vanessa sintió que las lágrimas amenazaban con brotar, pero se mantuvo firme. "No estoy aquí para decirte cómo vivir, Gabriel. Estoy aquí porque te debo mucho. Y no voy a rendirme, sin importar lo que digas." Gabriel la miró fijamente, su corazón latiendo con fuerza. Parte de él quería creer en sus palabras, pero el miedo y la amargura seguían siendo barreras insuperables. Sin una palabra más, giró su silla y salió de la habitación, dejando a Vanessa sola con su dolor. Más tarde esa misma noche, Gabriel estaba en su estudio cuando escuchó una suave melodía proveniente de la sala de música. Se acercó sigilosamente y vio a Vanessa tocando el piano. Su música era una mezcla de tristeza y esperanza, reflejando sus propios sentimientos. Gabriel sintió una punzada en su pecho. La música de Vanessa era como un bálsamo para su alma herida, pero también le recordaba todo lo que había perdido. Entró en la sala de música, y Vanessa levantó la vista, sorprendida. "Gabriel, no sabía que estabas ahí," dijo ella, deteniendo su interpretación. "No pares," dijo Gabriel, su voz más suave de lo habitual. "Continúa tocando." Vanessa sonrió tímidamente y continuó tocando, la música llenando la habitación. Gabriel se acercó lentamente, sintiendo cómo la amargura en su corazón comenzaba a disolverse, aunque solo fuera por un momento. Sentado en su silla de ruedas, escuchó la melodía que Vanessa había creado para él. Por primera vez en mucho tiempo, sintió una chispa de esperanza. Quizás, pensó, todavía había un camino hacia la redención, pero necesitaría mucho más que música para encontrarlo. Cuando la última nota resonó en la sala, Vanessa miró a Gabriel con una mezcla de esperanza y determinación. "No estoy aquí para cambiarte, Gabriel. Estoy aquí para apoyarte. Pero necesitas querer cambiar." Gabriel asintió lentamente, comprendiendo que el primer paso hacia la sanación era aceptar la ayuda que se le ofrecía. "Lo intentaré, Vanessa. Por ti, lo intentaré." Vanessa sonrió, sabiendo que aunque el camino sería difícil, estaba dispuesta a caminarlo junto a él. Juntos, podían enfrentar cualquier desafío, incluso la amargura que había consumido a Gabriel durante tanto tiempo.
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