Georgina aspiró el aire puro, percibiendo el perfume sensual de la lluvia que se concentraba en las nubes. Se sentía aliviada por estar fuera de la casa. La sombría tristeza del interior de Oakfield solía resultar opresiva por sí misma, pero, además, verse obligada a estar recluida y recordar su vergüenza era más de lo que podía soportar en ese momento.
Su padre jamás le permitía olvidarla. Casarla con el primer hombre que había pedido su mano era su manera de reparar aquel mal. Sin embargo, ella no se lo tomaba así, sino como un castigo por algo que no fue culpa suya, que le había caído encima como una maldición. Sí, se sentía maldita. Era la única explicación. ¿Por qué, si no, le habría ocurrido aquello?
Le horrorizaba haberlo padecido. Todavía podía sentir aquellas manos recorriendo su cuerpo a tientas, la fetidez de su aliento jadeante, el sonido que produjo el vestido al ser desgarrado por esos dedos, el peso del hombre y el sabor del terror que le paralizaba la garganta. Pero lo peor habían sido las palabras, lo que él había dicho cuando… Se abrazó y se estremeció. Por lo menos cuando estaba al aire libre se sentía… limpia. El riachuelo corría caudaloso ante ella. La fresca corriente burbujeaba y saltaba suavemente sobre los guijarros y las rocas formando innumerables pequeñas cascadas. Se dio cuenta de que tendría que cruzar el río.
El pesado aire parecía formar remolinos premonitorios de la lluvia inminente cuando se sentó para quitarse las medias y los escarpines. Se preguntó si lograría regresar antes de que comenzaran a caer las primeras gotas. Le daba la impresión de que no sería posible.
« ¡Maldición! No es mi día de suerte» .
Su padre se disgustaría todavía más con ella si volvía a casa mojada y llena de barro, lo sabía. Sin embargo, no había manera de evitarlo. No quedaba otra alternativa. Se movió con rapidez, se recogió las faldas y vadeó la revoltosa corriente, alcanzando el otro lado sin contratiempo. Subió a la orilla y se sentó con idea de ponerse de nuevo las medias y las botas.
Jeremy miró en medio de un anonadado silencio entre los árboles. Habría dado a conocer su presencia si ella no se hubiera alzado las faldas y expuesto sus torneadas piernas justo en ese momento. No se consideraba un intelectual, pero sin duda poseía la inteligencia suficiente como para saber que si Georgina supiera que él estaba allí no mostraría toda aquella piel, y no quería perderse ese maravilloso despliegue por nada del mundo. De hecho, no podría apartar los ojos de la imagen ni aunque lo intentara; su erección recién despertada gruñiría si bajara la vista.
La escena era demasiado agradable: largo pelo rubio oscuro combinado con una figura voluptuosa que cualquier hombre ambicionaría. El color de sus ojos, sin embargo, no era visible. Desde aquella distancia no podía percibirlo y eso le molestaba. De repente sintió la necesidad de conocer el color de aquellas pupilas.
Sin duda, Georgina había crecido y los años habían sido muy amables con ella.
Poseía las curvas perfectas en los lugares adecuados. Curvas de las que él podría hacer buen uso; curvas que podría adorar. Se fijó en los pechos, generosos para lo esbelta que era. Resultaba alta para ser mujer, pero estaba elegantemente formada.
Aspiró cuando la vio alzar la pálida pierna para ponerse una media. Contuvo el aliento mientras la joven la aseguraba con una liga de color rosa, que colocó por encima de la rodilla. Por fin sucumbió a la necesidad de aire, pero respiró muy despacio para no perderse la función cuando ella repitió los movimientos con la otra pierna.
« ¡Oh, Dios, sí!» . Georgina Russell había crecido y se había convertido en un manjar. Ciertamente, tener un heredero con ella sería un trabajo agradable.
Esperaba que fuese una labor que requiriese mucho tiempo.
Se sentía muy atraído por ella, cosa que evidenciaba la dureza de su m*****o. Se cambió de posición para aliviar la incómoda tensión que suponía mantener el control de su cuerpo.
La fría lluvia de otoño comenzó a caer lentamente. El resonar de las gotas acompañó al trote de su caballo. Siguió adelante y esperó a que ella le saliera al paso en algún punto del camino.
El chubasco creció en intensidad durante los minutos siguientes. Pudo distinguir perfectamente el momento en el que la muchacha lo vio. Georgina aminoró el paso como si se preguntara si debía continuar acercándose a él.
Detuvo el caballo y se bajó de la silla.
—Creo que es usted la señorita Georgina Russell. —La saludó con la cabeza inclinada—. ¿Me recuerda? Soy… —Lo recuerdo, señor —lo interrumpió mientras le dirigía una mirada glacial.
—Entonces, ¿cuál es mi nombre? —El deseo de aflojar la tensión lo impulsó a hacer esta pregunta.
—Es usted el señor Greymont, el amigo de mi hermano. —Clavó los ojos en él antes de bajar la vista, pero ese instante fue suficiente para que Greymont descubriera el color de sus pupilas. Eran doradas, resplandeciente ámbar líquido como el whisky escocés que tanto le agradaba degustar en una copa de cristal tallado.
—Muy bien, señorita Georgina. Me dirijo a su casa. Me han invitado para… —Para la cacería —lo interrumpió ella, volviendo a sostenerle la mirada con la misma solemnidad de antes. Era la segunda vez que le había dejado con la palabra en la boca. Aquella chica se le adelantaba, resultaba casi agresiva. Si no supiera que era imposible, diría que estaba asustada, que tenía miedo de él. Sin duda, ella se había convertido en una persona totalmente diferente de la que él recordaba; estaba muy cambiada. Había crecido y madurado, y además su carácter también se había visto alterado.
—Por favor, permítame llevarla a casa en mi caballo. Sansón es tan fuerte que ni siquiera notará que somos dos los que montamos en su grupa. —Alargó la mano para dar al enorme animal una palmadita cariñosa en el cuello—. Cuando hay damas presentes, es tan manso como un corderito.
—No, señor. —Meneó la cabeza con suavidad, haciendo que la fría lluvia goteara por su nariz respingona.
—Debo insistir. Esta lluvia tan jod… —Se aclaró la voz y volvió a intentarlo, maldiciéndose por ser tan malhablado—. Es decir, la lluvia es muy intensa en este momento. Supongo que se dará cuenta de que no debería someterse a esta humedad más tiempo del necesario. Piense en su salud.
La joven pareció ahora un poco indecisa. Se balanceó un poco allí, de pie, mientras evaluaba su oferta. Seguramente también estaba sopesando los riesgos de aceptar.
El hombre sintió la incontrolable urgencia de convencerla.
—Tengo intención de resguardarme de la lluvia, señorita Georgina, y no puedo hacerlo si no viene conmigo. No pienso abandonarla en medio del camino bajo un aguacero —aseguró resueltamente—. Venga conmigo. —Le tendió la mano—. Sabe quién soy, todo está bien, no hay nada que temer.
La joven clavó en él los ojos, pero apartó la mirada con rapidez, como si estuviera dudando entre confiar en él o salir corriendo de vuelta al bosque, igual que una potrilla nerviosa. La vio morderse el labio inferior, presa de la indecisión;
estaba seguro de que no tenía ni idea de lo encantadora que resultaba su actitud.
Sus labios eran rosados y exuberantes y se fruncían en el punto donde los dientes habían apresado la carne. Era un gesto precioso. ¿Cómo sabrían esos labios?
¿Llegaría a probarlos alguna vez? Sin duda, quería saberlo… Sonrió con amabilidad y le tendió otra vez la mano.
—Conmigo está a salvo, de verdad.
Al parecer, aquellas fueron las palabras mágicas.
La joven dio un paso adelante.
Buena chica. Cuando puso la temblorosa palma sobre la de él, sintió que el calor de su mano atravesaba el guante de cuero. Se recreó en la manera en que aquellos elegantes huesos se amoldaban a los de su mano.
—Voy a ayudarla a subir —la avisó, antes de tomarla por la cintura. Notó que se estremecía levemente cuando la agarró para alzarla. Conociéndola, y sabiendo, por tanto, que era una amazona consumada, asumió que se sentaría adecuadamente; sin embargo, ella se aproximó al borrén delantero y se sentó al estilo de las damas, con las dos piernas a un lado.
—Me temo que no voy a ir demasiado segura —se quejó ella.
—No se preocupe, yo la sujetaré. —Montó y se sentó detrás de ella, fuera de la silla, aproximándola a su cuerpo para equilibrar la carga del caballo. La chica se puso tensa cuando rozó su cuerpo. Por fin, sostuvo las riendas colocando ambos brazos alrededor de la joven, rozándole los pechos. Chasqueó la lengua y Sansón se puso en marcha. No parecía molesto por el pasajero adicional.
Aspiró profundamente por la nariz, percibiendo el olor a rosas silvestres que flotaba en el ambiente, procedente del cuello de Georgina. El suave perfume fue directo a su cerebro y, desde allí, a su pene.
« ¡No, ahora no, idiota! Notar la erección presionando sus nalgas no te hará merecedor de ningún favor» .
¡Ay, Dios santo! Su mente decidió perderse en fantasías sobre el precioso derrière que ocultaban las faldas y su m*****o alcanzó mayor tamaño, como si estuviera ansioso por abandonar su prisión.
¡Que Dios lo ayudara!
Tuvo que contenerse para no poner los labios en aquella deliciosa nuca; y fue más fácil pensarlo que hacerlo. Oh, cómo la deseaba. La imagen de ella, sentada, poniéndose las medias, todavía bailoteaba en su mente. Recordó las largas y bien formadas piernas. Quería volver a verlas. Quería que aquellas piernas le rodearan las caderas mientras enterraba su pene en… « ¡Piensa en otra cosa, en lo que sea, menos en eso!» .
—Qué extraño me resulta encontrarla sin su caballo, señorita Georgina. — Realmente necesitaba buscar acomodo para su entrepierna.
—¿Por qué lo dice, señor Greymont?
—La recuerdo como una amazona ávida de aventuras. ¿Acaso me equivoco al pensar que no le gustaba ir andando allá donde podía ir a caballo?
—Su memoria no le engaña, señor. —Notó que suspiraba antes de continuar —. Lo cierto es que, si hubiera tenido la posibilidad de hacerlo, hoy habría salido con una montura.
—¿Su caballo no estaba disponible?
—No, no se trata de eso. Mi yegua está en los establos preguntándose por qué no la ensillo.
Parecía nerviosa. Sabía muy bien que no debía seguir presionándola. Esperó a que fuera ella la que se explicara.
—Mi padre me ha privado de la equitación. Trata de retirarme las actividades que aprecio con la esperanza de doblegarme. Quiere que acceda a algo en lo que ni siquiera puedo soportar pensar… Conque imagínese consentirlo… —Ah, se trata de una disputa doméstica. He aprendido en carne propia que resulta mucho más conveniente no enredarse en tales preocupaciones con la familia, en especial cuando se trata de algún ultimátum. —Pero esa era precisamente la razón por la que estaba allí, ¿no? Su abuelo le había dado un ultimátum.
—Es usted inusualmente sabio, señor Greymont, se lo aseguro. —Ahora hablaba con cierto retintín—. De hecho, debo pedirle un favor que será de gran interés para usted también.
—Me intriga, señorita Georgina. —Se inclinó hacia delante para hablarle al oído y tragó saliva con tanta fuerza que estuvo seguro de que ella lo había oído—.
¿De qué favor se trata?
—Debe dejar que desmonte antes de llegar a la casa. Mi padre se enfadará muchísimo cuando sepa que me he escapado para dar un paseo, y todavía le parecerá peor saber que me pilló una tormenta. Créame si le digo que no le gustaría verse envuelto en este asunto, señor Greymont.
« Claro que me gustaría» , se dijo el caballero. Decidió negociar.
—Podría dejarme convencer para concederle ese favor, si me da algo a cambio.
—¿Qué quiere?
« Tenerla desnuda en una cama bajo mi cuerpo» .
—Por ahora me conformaré con la promesa de que me deberá un favor.
Pero, cuando le reclame el pago, deberá concedérmelo sin dilación —respondió con voz alegre.
—Siempre y cuando sea una prenda que se encuentre dentro de lo razonable, señor Greymont —susurró ella, poniéndose rígida.
—Por supuesto, señorita Georgina. Procuro comportarme como un caballero cuando estoy en presencia de una dama. No se preocupe por eso. —Se dijo a sí mismo que era sincero al asegurar que procuraría esforzarse en ser un caballero.
Al menos sincero en parte, porque en ese momento saboreaba la idea de las posibles prendas que podría obtener de ella.
—Ese es un buen lugar para bajarme. —Le señaló una pequeña arboleda con la cabeza—. Iré a pie desde aquí y, si me da algo de tiempo para llegar, se lo agradeceré eternamente. —Notó que ella se tensaba otra vez, desasosegada, mientras esperaba que hiciera lo que le pedía.
Tiró de las riendas de Sansón para detenerle.
—Déjeme ayudarla. —Se bajó del caballo y le tendió los brazos. Ella vaciló, bajando la dorada mirada antes de apoyarse en sus manos firmes. Le envolvió firmemente la cintura con los dedos para dejarla en el suelo. Odió tener que soltarla. Le hubiera gustado poder bajar las palmas hasta las caderas y acercarla hasta sentirla contra su cuerpo. Pero, si lo hiciera, ella percibiría mucho más de lo que sería conveniente para una joven inocente. Y atentar contra la sensibilidad propia de una virgen tampoco le haría ganarse su favor.
Sabía que tenía que aprender mucho sobre vírgenes y sería mejor que empezara ya. Pensó con ironía que nunca en su vida hubiera imaginado que serían necesarias tales lecciones.
Bajó la mirada hacia ella, deseando que lo mirara para poder leer en sus ojos lo que pensaba. Sin embargo, ella mantuvo la vista baja, con las largas pestañas curvándose discretamente sobre los pómulos mojados por las gotas de lluvia.
« Sin duda, encantadora» .
En el pómulo izquierdo tenía una pequeña cicatriz que trazaba una leve curva hasta el ojo. No era muy marcada ni resultaba horrible, pero se veía con claridad; casi servía para hacer más humana aquella piel perfecta. Algo le había hecho daño y había sangrado como el resto de los mortales; y, cuando la piel sanó, quedó una huella como recuerdo. Era una deliciosa marca que indicaba a todo el mundo que era de carne y hueso como los demás.
Alzó la mano, preso de la repentina necesidad de tocar el punto donde había padecido aquel dolor, para secar la lluvia que mojaba su piel. ¿Qué sentiría si lo hiciera? Se contuvo justo a tiempo, conmocionado al darse cuenta de lo cerca que había estado de acariciarla.
—Será mejor que se apresure. No me gustaría que cayera enferma a causa de la lluvia. —Le costó trabajo pronunciar esas palabras. Ella asintió con la cabeza lentamente—. Nos veremos más tarde, señorita Georgina. —Esperaba que ese « más tarde» no se demorara demasiado.
Ella le hizo una elegante reverencia antes de mirarlo.
—Señor Greymont, gracias por su ayuda y por el favor. —La vio mirar a Sansón y alargar la mano hacia él. Cuando el animal aceptó las caricias, ella pasó los dedos por el aterciopelado hocico gris—. Y gracias a ti también, noble Sansón, por traerme a casa.
Cuando por fin clavó en él aquellos preciosos ojos, él se perdió. Lo supo en ese mismo momento. Fue incapaz de hablar; solo pudo permanecer allí, viéndola hablar con su caballo, atrapado en aquellos maravillosos estanques de oro brillante.
—Estoy en deuda… —Se dio la vuelta repentinamente y huyó entre los árboles, directa hacia la entrada trasera de la casa.
Jeremy no sabía si esa última frase era para él o para Sansón, pero no le importaba. Su voz también era fascinante. Tenía un leve tono ronco y una sensualidad pura, inocente. Su musicalidad lo encandilaba. En aquel momento hubiera querido sentarse y escucharla hablar durante horas. No quería perderla de vista todavía.
Contuvo la respiración como si le clavaran un puñal mientras la veía alejarse.
En el aire mojado que ocupaba el lugar donde ella acababa de estar, todavía se podía oler el aroma a flores silvestres.
Georgina era preciosa, atractiva, perfecta. Se había sentido encandilado por ella, pero había algo que no parecía encajar en aquella situación. Tenía claro que Georgina Russell no era como él la recordaba. Ya no tenía aquel espíritu libre del que hacía gala cuando era adolescente. Ahora parecía cargar con algún peso. Si tuviera que describirla en ese momento, diría que le había parecido que estaba angustiada; sí, era una belleza angustiada, estaba seguro. Alguna sombra se cernía sobre ella. No se trataba de imaginaciones suyas.
—Tendremos que enterarnos de qué es lo que molesta a esta señorita tan guapa, ¿verdad, Sansón? —le dijo a su caballo.
El animal pareció mostrar su conformidad empujándole el hombro con el hocico.