Capítulo 3

2172 Words
Georgina se estremeció. Tenía el vestido mojado y pegado a la piel. Todo su cuerpo hormigueaba y notó que respiraba más rápido de lo que debiera. Lo había reconocido en el mismo momento en que lo vio en el camino. Era Jeremy Greymont. Estaba, pues, en Oakfield. ¿Por qué había acudido allí? Hacía años que no los visitaba. Notó una opresión extraña en el pecho y contuvo la respiración durante un segundo antes de soltar el aire. Era un hombre tan fascinante como lo recordaba, e igual de guapo. Pero la suya no era una belleza según los estándares de la moda; parecía demasiado rudo para que le cuadrara tal distinción. Era recio desde la intensidad de su mirada a la sombra de la barba incipiente. Sus ojos azul claro mostraban que, bajo una fachada de afabilidad masculina, se escondía un hombre misterioso, oscuro, algo salvaje y, sin duda, de profundas pasiones. Llevaba el pelo, del color de la arena, más largo de lo que solía llevarlo antaño, y caía despeinado sobre su frente, complementando a la perfección el maravilloso cuadro de aquellos ojos claros. En cuanto a modales y ropa, tenía cierto aire de vividor, que surgía con naturalidad en cada uno de sus gestos. El poder y la fuerza masculina que emanaban por cada uno de sus poros iban acompañados por una gran estatura, anchos hombros y músculos marcados. ¡Y cómo hablaba! Su voz tenía un tono viril y algo irreverente que delataba una evidente actitud temeraria. Pero lograba refrenarla de alguna manera, para que no resultara irrespetuosa. Encontraba su tono agradable, seductor. Seguramente, demasiado fascinante para el bien de ella. Hizo sonar la campanilla para pedir un baño y estudió con atención los vestidos que tenía en el armario. Los acarició y detuvo los dedos sobre un tembloroso tafetán de seda verdemar. No se lo había puesto todavía. Lo había encargado antes de que ocurriera aquello, aunque se lo trajeron después: lo recordaba perfectamente. Ahora lo clasificaba todo en si había ocurrido « antes de» o « después de» . Parecía como si cada acontecimiento de su vida se midiera por el baremo de aquella única experiencia. Depositó el vestido sobre la cama. El color era precioso, acuoso, tranquilizador, como la lluvia que ese mismo día les había empapado a los dos. Sacudió la cabeza para hacer desaparecer la inquietante imagen de su mente, para no volver a pensar en Jeremy Greymont. Tenía que combatir el deseo de hacerlo constantemente. No quería evocar su indudable encanto. Pero no se lo quitaba de la cabeza. Pensándolo bien, ese hombre no necesitaba desplegar su encanto. Sin él también despertaba la admiración femenina. No, ese tipo no necesitaba utilizar el encanto. Tendría a una miríada de pletóricas admiradoras desmayándose a su paso sin que siquiera tuviera que abrir la boca, porque Jeremy Greymont era un regalo para la vista. Había pensado que a esas alturas ya tendría que estar casado, debido a su riqueza y al título que heredaría. Seguro que tenía que apartar a las mujeres con una vara. Montar con él había supuesto una dura lucha. El ensordecedor silencio sobre la silla, el repique de las pezuñas de Sansón, el suave susurro de la lluvia… Había sentido que cada una de sus emociones se intensificaba al estar tan cerca de él. Su cuerpo era duro como el mármol, pero ardiente. Y olía muy bien. Sin embargo, sentada en la silla de montar junto a Jeremy Greymont, se había sentido segura; como si estando allí, con él, no pudiera ocurrirle nada malo. —Su abrigo está hecho un desastre, señor. —El ayuda de cámara tomó la prenda al tiempo que hacía una mueca. —Por favor, Myers, no sigas quejándote —rogó Jeremy—. Los dos sabemos que vives para la felicidad que te supone mantener mi ropa impoluta. —Se desabrochó el chaleco y la camisa blanca, quitándose ambas prendas a la vez para dejarlas caer al suelo—. ¿Qué tal el viaje? No tuvo en consideración el suspiro que Myers soltó mientras rescataba la ropa del suelo. —Satisfactorio, señor. Si nos hubiera acompañado en el carruaje, no habría padecido las consecuencias de la lluvia. —Ah, es posible, pero me siento muy feliz de no haber ido en el coche — aseguró con aire satisfecho. —¿Cómo dice, señor? —preguntó Myers, concentrado en aquellas prendas que tan necesitadas parecían de sus atenciones y, aun así, respondiéndole con la lealtad acostumbrada. —Nada, Myers, no te preocupes. Ocúpate de que me preparen un baño caliente y ten mi ropa a punto para esta noche. Hay aquí una dama a la que tengo deseos de impresionar. Myers lo ignoró. De hecho, estaba seguro de que ni siquiera había escuchado sus palabras. No importaba. Su ayuda de cámara conseguiría que su aspecto fuera impecable, incluso bajo una lluvia de barro en el país de los brezales. —¡Georgie, ven a ver quién ha venido a visitarnos! —Tom Russell llamó a Georgina para que se acercara a ellos—. Sin duda te acordarás de mi amigo Jeremy Greymont, de Hallborough Park —le recordó su hermano—. Ha acudido a la cacería. —Tom miró a Jeremy—. Greymont, mi hermana Georgina. Como observarás, ya ha crecido. Jeremy se inclinó para hacerle una reverencia. —Señorita Georgina, ¿cómo se encuentra? —Incapaz de contener cierto tono provocativo en la voz, prosiguió—: Debo añadir que no la había reconocido, está muy diferente de la última vez que nos vimos. Si había pensado que estaba preciosa cubierta de brillantes gotas de lluvia, con aquel vestido verde le dejaba sin respiración. El corpiño se ceñía a sus pechos de la misma manera que querían hacerlo sus manos. El perfume de rosas flotó hasta su nariz, relajante y seductor a la vez. —Señor Greymont… —Ella hizo también una reverencia—. Bienvenido a Oakfield. —Alzó la cara hacia él, agradeciéndole con una elocuente mirada que mantuviera silencio sobre el encuentro de aquella tarde. Él le guiñó un ojo para que supiera que su secreto estaba a salvo. Notó una oleada de felicidad… Le encantaba la idea de tener secretos con Georgina, y le gustó aún más la hermosa sonrisa que ella le devolvió. —Gracias por la bienvenida. Espero que el aire del campo sea reconstituyente. Londres tiene muchas cualidades, pero creo que estará de acuerdo conmigo en que el aire vivificante no es una de ellas. —¿Vive ahora en Londres, señor Greymont? —Reparto mi tiempo entre la ciudad y mi hacienda, Hallborough, en la costa oeste de Somerset. —¿Se ve el mar desde su casa? —Claro. La vista es realmente impresionante, algunas veces incluso se atisba la costa galesa, al otro lado del canal, si el día está claro. Está bastante cerca. Los artistas locales consideran esa estampa como una de sus favoritas, siempre la plasman en sus cuadros. Le agradó que Georgina pareciera tan interesada en su hogar. De pronto, una imagen de ella en el balcón del segundo piso, mirando fijamente al mar, estalló en su cabeza. Ella tenía el vestido pegado a sus piernas y su larga cabellera se ondulaba al compás de la brisa del océano. Resultaba absolutamente natural en el balcón en aquella escena imaginaria, como si fuera su ámbito habitual. Tomó un sorbo de vino, más que nada para hacer algo, pues, de repente, sintió que sus palabras y sus movimientos carecían de naturalidad. —Bien, suena muy bien, señor Greymont. Mi imaginación esboza una estampa muy hermosa de su casa. —¿Todavía dibuja, señorita Georgina? Recuerdo que le gustaba mucho pintar. Ella sonrió. No fue una sonrisa exagerada, pero sí cálida y genuina. De hecho emitía tanto calor que incluso lo sintió. Aquella sonrisa le calentó por completo. —Tiene usted una buena memoria, señor. Sí, todavía lo hago. El precioso calor del que disfrutaba se disipó con rapidez una vez que anunciaron la cena. Uno de los invitados se adelantó y reclamó el honor de escoltar a Georgina a la mesa. A ella no le quedó otro remedio que aceptar. Lord Edgar Pellton, barón de algún lugar perdido de Avon, era otro de los invitados que olisqueaba el rastro de la señorita Georgina Russell, esperando que se convirtiera en su próxima baronesa. Era un hombre rico, con un título que necesitaba un heredero. Había estado casado con anterioridad, pero perdió a su esposa en el parto, junto con el bebé, una niña. Se decía que Pellton no lloró la pérdida de su esposa ni siquiera un día; enfurecido porque no le hubiera dado un varón, regresó de inmediato a sus notorias costumbres y volvió a participar en las orgiásticas reuniones de los seguidores de Baco. En su opinión, un comportamiento ridículo en un hombre que rondaba los cincuenta años. Poco después de llegar había descubierto que lord Pellton también participaba en la cacería. « ¡Maldito libidinoso!» . Observó que Pellton se acercaba a grandes zancadas a Georgina, reventando casi los botones del chaleco con la prominente barriga. Sus vulgares rasgos mostraban una expresión bien definida, como la de una rata a punto de asaltar una despensa, con la intención de colarse en un lugar que no le correspondía para tomar algo que no merecía. Pellton, sin duda alguna, no se merecía a una mujer tan hermosa como Georgina Russell. Querría gritarlo desde las cimas de las montañas sin temor a equivocarse. Estuvo seguro de detectar un estremecimiento de repugnancia en Georgina cuando Pellton le ofreció su brazo. No alcanzaba a imaginar cómo el padre de la joven se planteaba condenarla a una existencia compartida con semejante bestia. También estaba más allá de su entendimiento cómo era posible que esos dos hombres llevaran tantos años siendo amigos. Se estiró los puños de la camisa y apretó los dientes mientras unos incómodos celos se enroscaban en su interior. Ni siquiera se relajó cuando se sentaron para cenar, a pesar del tiempo que había dedicado a prepararse para el evento y los redoblados esfuerzos de Myers con el excelente traje que llevaba puesto. Verse sentado junto a Georgina resultó un pequeño premio de consolación. Admiró las manos de la joven, exquisitas y gráciles, y recordó la sensación que le produjo sostener una entre las suyas. Cuando ella se adelantó un paso y le agradeció que la dejara cerca de la casa, había reconocido una sorprendente fortaleza en aquellas manos de dama elegante. —Confío en que no se haya resentido tras el húmedo paseo de esta tarde. Sin duda no lo parece —aseguró él con tono de admiración—. ¿Pudo ponerse a salvo sin que la descubrieran? —Pasé desapercibida, señor Greymont, así que, al menos…, logré evitar… un problema…, de momento. —Dirigió su mirada hacia el otro lado, todavía abatida, al invitado que era su compañero de cena y que no era otro que lord Pellton, quien, en ese preciso momento, clavaba sus espeluznantes ojos de una manera calenturienta en el corpiño del precioso vestido de seda verde. Encontró tan ofensiva la forma en que Pellton la miraba que pensó que sería un milagro que lograra pasar las dos semanas que duraba la reunión para la cacería sin darle una patada en el culo a aquel idiota. —Señorita Georgina, me alegro mucho de haberle sido de ayuda hoy — comentó, deseando que ella lo mirara a los ojos. Cuando por fin lo hizo, bajó el tono de voz—. Algo que, por otra parte, me sentiré honrado de volver a hacer cuando surja la ocasión. Ella le respondió con una leve inclinación de cabeza antes de bajar de nuevo aquellos ojos como el ámbar. —Gracias. Es usted un caballero muy amable. —Se quedó callada antes de continuar—. Su caballo, Sansón, es una hermosa criatura. « Tú también» . —La próxima vez que lo vea, le contaré lo que usted ha dicho —repuso. —¿Habla usted con su caballo, señor Greymont? —Todo el tiempo, señorita Georgina. Lo considero el ser más sensato de todos cuantos conozco. —Entiendo lo que quiere decir. —La joven le dirigió la más breve de sus sonrisas antes de volver a callarse. Greymont pensó que parecía muy triste mientras decía aquellas palabras y se preguntó qué le habría sucedido para que se sintiera de esa manera. Admitía que encontraba a Georgina Russell muy atractiva y estaba más que dispuesto a acostarse con ella, pero por extraño que resultara quería algo más que un revolcón. De repente se moría por hacerla sonreír, por ver cómo sus ojos dorados ardían a fuego lento, provocándole. Quería que ella fuera feliz. Quería ser quien la hiciera feliz, y eso era sorprendente, porque jamás se había preocupado antes por nadie. En cualquier caso, había algo de lo que estaba seguro: Georgina Russell no albergaba felicidad en su corazón.
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