Capítulo 4

1680 Words
Dorados y amarillos, con un leve matiz de vibrante rojo anaranjado, los rayos de sol bailaban sobre su cabeza. Una débil brisa se filtraba entre las hojas de los árboles haciendo que estos comenzaran a revelar sus colores otoñales. Era una hermosa vista, pero Georgina no era capaz de apreciar nada. Ni la maravillosa tarde de finales de septiembre ni el glorioso abanico de colores que flotaba entre las ramas. Se sentía horriblemente mal y no encontraba la manera de escapar de sus problemas. La discusión que había mantenido con su padre esa mañana la había dejado muy preocupada. Al parecer, él no renunciaba a convencerla de que aceptara la oferta de matrimonio del repulsivo lord Pellton. « Un par del reino te está pidiendo matrimonio, Georgina. Eso supone ostentar un título, un estatus, y disfrutar de seguridad. Sin embargo, estás dispuesta a renunciar a todo eso y quedarte para vestir santos en el campo. ¿Por qué? ¡No pienso permitirlo, hija mía! Esta casa no será origen de escandalosos chismorreos. ¡Jamás!» . Su padre se avergonzaba de ella y apenas era capaz de mirarla a los ojos. Por supuesto…, ¿cómo iba a hacerlo? Había llevado la vergüenza a su familia. Casarla era la manera más sencilla de deshacerse de ella. Si con un buen matrimonio pudiera barrer bajo la alfombra lo ocurrido, el nombre de Russell seguiría ostentando toda su antigua dignidad. Pero casarse con lord Pellton no era la solución. Para ella sería, en todo caso, una pesadilla. Su padre le había dicho esa misma mañana que Pellton comenzaba a hastiarse, que estaba harto de sus reticencias y seguramente retiraría su oferta si ella no le daba algún aliciente. Ella repuso que retirarse sería lo más inteligente que él podía hacer. Desde luego, no estaba dispuesta a animarlo ni en esa vida ni en otra. Como castigo por no doblegarse a sus dictados, su padre le había vuelto a prohibir que montara a caballo, así que tenía que conformarse con pasear por los senderos. Georgina no pretendía ser una joven difícil ni crear problemas, pero no podía ceder ante aquello. Lord Pellton era un sátiro. Odiaba la manera en que la miraba, como si estuviera imaginándola desnuda… y vulnerable. Estaba segura de que no sería un marido amable, ni mucho menos. Se estremeció de pies a cabeza. Sabía que el sátiro imaginaba todas las maneras en que podría poseerla. Ella tendría que someterse: él necesitaba un heredero y ejercer sus derechos carnales era la manera de conseguirlo. Estaba segura de que no la dejaría en paz hasta que se quedase embarazada. Solo pensar en vivir con él y en que tendría que llamarlo marido hacía que quisiera agredirlo físicamente. Si era sincera consigo misma, debía reconocer que el tipo la asustaba. Había algo en él que le hacía acordarse del otro y la llevaba de vuelta a un horror que no recordaba del todo, pero que tampoco lograba olvidar plenamente, aunque eso, borrarlo de su memoria, era lo único que deseaba hacer. Lord Pellton no la veía como una persona. Era evidente por la manera en que la trataba y la miraba. Para él solo era un objeto que usaría hasta que le proporcionase lo que necesitaba. ¡No podía hacerlo! Simplemente no podía hacerlo. Y, de todas maneras, ya estaba arruinada. No era tonta y se conocía muy bien a sí misma: si consentía en casarse con un hombre como Pellton…, se mataría. No escuchó el sonido de unas botas en el camino… hasta que fue demasiado tarde. Estaba ensimismada en aquellos turbios pensamientos, ideas angustiosas que no se aligeraban por mucho que discutiese consigo misma. ¡Santo Dios! Jeremy la vio de espaldas y supo que tenía problemas. Es más, si seguía en ese estado, acabaría convirtiéndose en un pelele. Georgina estaba sentada en el columpio que parecía llevar largos años colgando de las ramas de aquel enorme roble. La bella joven se mecía distraídamente de un lado a otro, usando un pie como ancla. Había querido domar su pelo dorado oscuro en un apretado moño, pero algunos rizos rebeldes habían escapado de cualquier intento de contención. Quiso despojarla de las horquillas que retenían sus cabellos; deseaba ver cómo caían sobre su espalda, cómo le enmarcaban el rostro. Entonces podría tomar un rizo y llevárselo a la nariz para embriagarse con el suave aroma de rosas salvajes. Después enroscaría el mechón en torno a su mano y lo acercaría a sus labios, utilizando ese gesto para hacerla caer en sus brazos. En ese momento se apoderaría de aquella boca exuberante y usaría la lengua para saborear y reclamar sus dulces profundidades. Al representarse esa imagen en su mente, se excitó. Ahora veía su m*****o rodeado por aquellos suaves labios. Fantaseó imaginando cómo se acercaban a su glande y cómo los separaba para deslizar su erección hasta el fondo de la suave garganta y cómo empezaba a succionar… Ella giró la cabeza y lo miró. —¿Señor Greymont? ¡Me ha asustado! No sabía que estaba ahí. La indignada reprimenda de Georgina hizo desaparecer la excitante fantasía erótica y lo arrastró bruscamente a la helada realidad. « ¡Te ha pillado in fraganti, estúpido idiota! Venga, ahora es cuando te conviertes en un pelele» . —Esto… Regresaba de la cacería cuando la vi —improvisaba—. Parecía muy perdida en sus pensamientos mientras se balanceaba en el columpio. — Carraspeó para aclararse la voz—. No quise… No quise molestarla. —« Justo como estás haciendo ahora, ¡imbécil!» . Ella lo miró fijamente sin decir nada—. Señorita Georgina —se inclinó para hacer una reverencia—, me disculpo ante usted por haberla asustado. Por favor, perdóneme. Sacudió la cabeza brevemente, esperando que de esa manera pudiera deshacerse de todos aquellos lujuriosos pensamientos, pero el truco no funcionó. Aquellas pícaras fantasías no eran tan fáciles de olvidar. —Es un mal menor, señor. Considérese perdonado. —Ella volvió a adoptar la posición que tenía antes, dándole la espalda. Sí… Aquel adorable trasero suyo, aposentado de manera deliciosa sobre el asiento del columpio, era perfecto para ser acariciado por sus manos. Estas se apoderarían de las nalgas y la alzaría para… —Señor Greymont… —Se dirigió a él con voz admonitoria—. ¿Sigue usted ahí? Su desenfrenada imaginación fue interrumpida por segunda vez e hizo una mueca para sus adentros. « ¡Santo Dios, hombre, contente un poco!» . —Sí…, ya… Estaba a punto de preguntarle si puedo escoltarla de regreso a la casa, señorita Georgina. No es demasiado seguro que esté vagando por aquí fuera mientras se hacen prácticas de tiro. ¿Me acompaña? Por favor…, permítame. —Se colocó ante el columpio y le ofreció su brazo. Ella lo miró fijamente. Probablemente estaría preguntándose qué le ponía tan nervioso y por qué tartamudeaba como si fuera estúpido. ¡Oh, Dios!, si supiera la verdad, no lo consideraría un igual ni un caballero. Seguramente, le propinaría una bofetada de las buenas. La idea de que ella intentara golpearlo le produjo una sonrisa y más fantasías eróticas…, imaginando ahora cómo la atraparía de espaldas entre sus brazos y cómo la doblegaría para poder tomarla desde atrás… « ¡Basta! Eres un auténtico bastardo» . Gracias a Dios, la dulce Georgina no pudo leer sus lujuriosos pensamientos, lo que estaba claro porque le brindó una sonrisa. Aunque no fue realmente una sonrisa en condiciones, sino una especie de expresión de pesar. Comenzaba a darse cuenta de que eso era un rasgo distintivo en aquella nueva Georgina. Cada vez que lo honraba curvando los labios, lo que esbozaba era en realidad una sonrisa a medias, que por lo demás resultaba condenadamente excitante. De hecho, todo lo que concernía a Georgina le excitaba. Esa mujer le turbaba profundamente. Su cuerpo se ponía en tensión al verla, se endurecía; su lengua se volvía de trapo y resultaba muy molesta para desgranar un discurso coherente. Pero no podía mantenerse alejado de ella ni siquiera sabiendo que en su presencia parecía un tonto redomado. Era como una abeja revoloteando en torno a una dulce flor. —Bien, señor. Ya he disfrutado de este rato y no puedo esperar más para recibir el castigo que mi padre tendrá pensado aplicarme por haberme escapado. —Se bajó del columpio y aceptó el brazo del caballero. Él tragó saliva y se aclaró de nuevo la voz. —Bueno, no creo que sea su intención castigarla, señorita Georgina. Es probable que su padre solo quiera evitar que le ocurra algo, ¿no le parece? Adoró sentirla a su lado, tan suave. Además, se vio envuelto en su aroma, y una vez más aquel perfume lo afectó de una manera visceral, provocando que su m*****o erecto se revolviera con inquietud en el estrecho espacio que le dejaba la bragueta. —Las cosas no son siempre lo que parecen, señor Greymont —fue la cáustica respuesta de ella—. Recuérdelo. —Esas palabras han sonado muy inquietantes, señorita Georgina. —Lo son. Tiene razón, señor. Pero, aun así, debería tenerlas en cuenta por su propio bien. —Entonces me considero debidamente advertido. —Sonrió de oreja a oreja con descaro—. ¿Sabe qué creo? Que está tratando de ahuyentarme, pero debo avisarla de que no me asusto con facilidad, en especial cuando mi mente está alerta. —Lo que usted diga, señor Greymont. —Le hizo una venia—. Gracias por haberme escoltado. —Se dio la vuelta y se alejó deprisa. Él la observó mientras se marchaba, incapaz de apartar los ojos de su figura. La ancestral cadencia que adoptaron sus espléndidas caderas bajo el vestido hizo que su m*****o palpitara como si quisiera salir en su persecución. Lo que era cierto, por supuesto. Mientras se acomodaba para poder caminar sin quedar en evidencia, pensó en lo que ella había dicho. « Las cosas no son siempre lo que parecen» . Sin duda era la frase más apropiada para ese día.
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