El clima lluvioso era el adecuado para cazar pájaros, pero también un obstáculo para recorrer los senderos que atravesaban los campos, montar a caballo o realizar cualesquiera otras actividades que una señorita podía preferir antes que bordar o tejer piezas de encaje. Georgina necesitaba salir y respirar aire puro.
Tres días encerrada en el interior de su casa habían hecho que su estado de ánimo fuera todavía más pesaroso y, aunque era capaz de disfrutar de la costura, había alcanzado un punto en el que se aburría profundamente.
Se desplazó resuelta hasta el claro y vio el blanco que el guardabosque, el señor Alberts, había colocado allí, tal y como ella le había pedido. Los arcos y el resto del equipo estaban preparados también, esperándola. El rudo hombre siempre había sido amable con ella; cuando era pequeña, le había hecho bastantes favores y sabía cuánto le gustaba aquella actividad. Apreció sus esfuerzos, pues sabía lo atareado que estaba con los preparativos de la cacería.
En más de una ocasión había alejado de ella a lord Pellton cuando aquel individuo la perseguía en reuniones como esa. Tomó nota de todo ello y se propuso comprar un poco de aquel tabaco especial que a él tanto le gustaba fumar en su pipa.
Alzó la mano para protegerse de un faisán que apareció volando desde la maleza, frente a ella, y su corazón se aceleró. Esperaba que los hombres no se aventuraran a cazar en esa dirección. Estaba segura de que aquel pequeño claro entre los árboles estaba lo bastante alejado de la zona en que disparaban a los pájaros y que no la molestarían. Rodeado por viejos sicomoros, en la zona menos profunda del bosque, aquel era uno de sus lugares favoritos para practicar el tiro con arco. Pero ¿y si las aves habían huido a aquel tranquilo santuario y los cazadores decidían seguirlas? Entonces aquella zona ya no sería tan segura.
Se encogió de hombros y siguió su camino; el señor Alberts se acordaría de que ella había hecho preparativos para acudir allí y advertiría a los tiradores si veía que se encaminaban en esa dirección.
Un destello dorado brilló en el aire, seguido de un movimiento, en el punto al que se dirigía. Escuchó el silbido de una flecha surcando el aire y se dio cuenta de que no estaba sola. Por segunda vez en pocos minutos, su corazón se detuvo antes de acelerarse bruscamente. Sintió cada latido golpeando profundamente en el interior de su pecho y odió que cada sonido perdido, que cada movimiento inesperado, la hiciera saltar como un ratón asustado. ¿Sería así el resto de su vida?
Alguien la había precedido en su camino al claro. Frenó su enérgico avance y caminó con cautela, mirando a su alrededor.
Era un hombre y estaba usando su propio arco para disparar al blanco que el señor Alberts había dispuesto para ella. O al menos estaba intentándolo. La trayectoria de las flechas daba fe de que el individuo era un pésimo tirador.
Georgina se aproximó para descubrir quién había acudido allí sin ser invitado:
Jeremy Greymont. Con aquella chaqueta color castaño, que tenía el cuello de brillante tela verde, y el pelo despeinado, destacaba como un faro en el oscuro paisaje que lo rodeaba. Se detuvo para poder observarlo en plena actividad.
Cuando el señor Greymont alzó el arco, pensó que jamás había visto a nadie hacer aquello con tan poca gracia. Era tal el desastre que dudó del motivo por el que estaba allí. Debería encontrarse muy lejos, disparando con los demás hombres, ¿no?
—No es así como se coge un arco —dijo ella en voz alta.
Él giró bruscamente la cabeza y la luz que se filtraba entre las copas iluminó sus ojos azules.
—Lo hace de manera incorrecta —insistió. Notó que él se había ruborizado cuando se acercó.
—¿De veras?
—Sí, así es. Un arco inglés tan largo como ese debe apoyarse contra el hombro perpendicularmente. Además, debería usar una muñequera para estabilizar el brazo que lo sostiene.
—No soy un experto, desde luego. —Él hizo un gesto de saludo con la cabeza —. Señorita Georgina, deduzco que todo esto ha sido preparado para sus ejercicios de hoy y yo me he entrometido donde nadie me llama. —Le brindó una tímida sonrisa—. Le ruego que me perdone. Sin embargo, el tiro con arco siempre me ha parecido una actividad fascinante, aunque jamás he podido practicarlo ni aprender sus rudimentos… —Su voz se interrumpió y siguió un embarazoso silencio.
Ella se quedó inmóvil, presidiendo la escena.
El señor Greymont debió de verse compelido a cubrir el silencio porque, tras un momento, comenzó a justificar por qué estaba allí en lugar de encontrarse disparando a las aves con el resto de los hombres.
—Se me atascó la escopeta, así que tuve que renunciar a perseguir pájaros y, cuando regresaba, me topé con este claro donde estaban preparados el arco y el blanco. No pude evitar la tentación de probar. Antes de saber qué estaba haciendo, me encontré… Georgina terminó la frase por él.
—¿Alzando mi arco? ¿Probando su puntería? —Sentía una extraña inclinación por rescatar al señor Greymont de su azoramiento. ¿Por qué razón le importaba que él se sintiera avergonzado? Daba lo mismo. No importaba la razón;
simplemente, le molestaba verlo luchar consigo mismo para aclarar la situación en que se encontraba.
—Sí. Y así es como me ha pillado, señorita Georgina.
Contuvo el impulso de reírse de él. El señor Greymont estaba en mitad del claro con las flechas esparcidas por todas partes, menos clavadas en las circunferencias de la diana, que era donde tendrían que haber estado; con la ropa algo arrugada, en perfecta armonía con aquella escena caótica. Le recordaba a un niño que tratara de esconder un dulce robado, con la prueba de la travesura plasmada en su cara. La idea fue demasiado graciosa y no pudo contener la sonrisa, primero, ni una risita después. Tuvo que cubrirse la boca con la mano para no perder el control. No quería resultar grosera.
—Ah, se ríe de mí.
—En este caso, señor, mucho me temo que sí. —Se mordió el interior del labio inferior para contener una carcajada.
El señor Greymont le respondió con una amplia sonrisa acompañada de una pícara mirada que decía que no le molestaba en absoluto que ella se divirtiera a su costa.
—Supongo que me lo merezco. Después de todo, tengo una puntería atroz, y las pruebas de ello se desparraman a mi alrededor. —Abrió los brazos—. Mi talento con el arco es nulo. Le aseguro que lo hago mucho mejor con un arma de fuego. —Meneó la cabeza lentamente, sin dejar de sonreír de oreja a oreja—.
Le ruego que tenga misericordia, señorita Georgina.
—Y misericordia tendré, señor Greymont. Jamás revelaré nada sobre sus habilidades como…, ejem…, arquero. —Alzó una ceja—. Pero quizá sea mejor que tome una breve lección sobre los rudimentos básicos para disparar de manera correcta. Tenga en cuenta que su curiosidad podría volver a vencerlo otra vez en alguna reunión campestre a la que asista en el futuro.
—Señorita Georgina, de buena gana acepto su oferta. ¿Cómo comenzamos?
—preguntó, hablando ya de manera más fluida.
—¿Quiere que lo instruya yo, señor Greymont? ¿Quién le dice que tiro con el arco mejor que usted?
—Me sentiré honrado de recibir cualquier retazo de sabiduría que quiera compartir, señorita Georgina. Y sé que es usted una experta porque recuerdo que disparaba con arco cuando todavía era una cría. Su puntería era envidiable ya entonces, y ha tenido años y años para perfeccionar su talento. Apuesto mi caballo a que es una tiradora de primera. Como mínimo, una lady Paramount con estatus de maestra. —Le guiñó un ojo.
El señor Greymont tenía, sin duda, una vena muy pícara. ¿A qué estaba jugando? ¿Podía un hombre de su clase ser tan inepto en aquel deporte? Lo dudaba, puesto que poseía conocimientos suficientes como para saber que « lady Paramount» era un título que se otorgaba a una mujer con categoría para presidir torneos y tener la última palabra. Parecía, en todo caso, un tanto ansioso por conocer su opinión. Lo vio esperar su respuesta con una sonrisa tan amable como la que le había dirigido antes de que ella conociera su oferta. Observó su mano tendida ante ella mientras la brisa sacudía con suavidad las hojas de los árboles por encima de sus cabezas.
—No es necesario que apueste su magnífico Sansón, señor Greymont. Le enseñaré.
Cruzó las manos en la espalda a propósito, decidiendo en ese instante que los dos podían participar del juego, sin importar de qué se tratara en el fondo. Por otra parte, disfrutar de su compañía no sería malo. Incluso consideró que era un cambio agradable disponer de un compañero mientras tiraba; Jeremy Greymont era seguro.
—Antes de empezar, debemos recoger todo esto —le dijo, mirando todas las flechas que se desparramaban a su alrededor.
Jeremy captó otra amplia sonrisa de diversión en los labios de Georgina.
¡Santo Dios! Esa mujer era un deleite para sus ojos. Con las manos entrelazadas a la espalda, sus exuberantes pechos se veían impulsados hacia delante como si dieran la bienvenida a su admiración. Esa mañana se había puesto un vestido de color tostado que se ceñía a cada una de sus curvas como chocolate derretido. Apostaría lo que fuera a que, si tuviera la oportunidad de deslizar la lengua por cualquier punto de su piel, ella sabría tan dulce como ese exquisito postre. El mero pensamiento de saborear un centímetro de su cuerpo conseguía que su m*****o comenzara a palpitar detrás de la bragueta.
Ciertamente, se sentía muy atraído por aquella mujer. La deseaba. Pero el deseo no era el único sentimiento que le inspiraba.
—Señor Greymont, ha dejado vacío el carcaj… y la diana —bromeó ella, inclinándose para recoger las flechas.
« Lo que me gustaría es vaciar tu mente de cualquier cosa que no fuera yo» .
—¿De veras? ¿Cuántas flechas contiene un carcaj? —Se mantuvo serio mientras hacía la pregunta, aunque conocía la respuesta. Estaba disfrutando demasiado de aquel inocente juego con Georgina Russell como para confesarle que su habilidad en el tiro con arco no era tan desastrosa como parecía. No estaba siendo demasiado sincero, pero ¿qué mal hacía? Su arma se había atascado de verdad y había dado con aquel campo de tiro con arco por casualidad. Eso sí, enseguida se percató de quién iba a usarlo. ¿De qué otra manera podría conseguir conocer mejor a esa mujer que permitiendo que le enseñara a mejorar su técnica del tiro con arco?
Así que había esperado en aquel claro hasta que ella llegó. Podría haberse sentado en la hierba mientras la aguardaba, pero había decidido disparar las flechas para pasar el tiempo mientras ella aparecía. El blanco era muy pequeño y hacía mucho que no practicaba. Al no acertar con la primera flecha se le ocurrió que podía fallar los demás tiros adrede y esperar a que Georgina lo ayudara, colocándose muy cerca, dándole la oportunidad de aspirar su incomparable perfume otra vez. Quizá así pudiera recuperar con rapidez sus habilidades como arquero.
Todo iba bien. Ese era el primer día que veía a Georgina alegre y feliz. Nada más darse cuenta, decidió con rapidez que una Georgina sonriente y contenta valía cualquier esfuerzo por su parte.
—¿No sabe cuántas flechas hay en un carcaj? Dos docenas, ni una más ni una menos —canturreó ella.
La risa que había estado conteniendo hasta ese momento se escapó con un evidente gozo, y flotó en el aire otoñal que inundaba el claro del bosque. Supo que ella había estado conteniendo la carcajada para no reírse de él, pues era algo impropio de una dama, pero el feliz sonido era tan hermoso que se sintió agradecido por haber sido el responsable de que se produjera. De repente se sintió encantado por la certeza de que aquella risa era un regalo. Fue un momento único y extraño. Tras disfrutarlo unos instantes, se dispuso a recuperar las flechas.
—Señorita Georgina, creo que mi falta de puntería es para usted una gran fuente de júbilo. Y le aseguro que yo disparé bien, han sido las flechas las que no han tenido la amabilidad de clavarse en el blanco… y han preferido quedarse desparramadas por el suelo.
—Ah, bueno, hay un nombre para ese fenómeno. Se llama… —¡Déjeme adivinarlo! —la interrumpió con la mano en alto para detenerla —. Se llama « flecha resbalada» .
—No, no es una flecha resbalada. —Ella meneó la cabeza de un lado al otro.
—Cruzada, entonces.
—Inténtelo otra vez, señor Greymont. —Otra vez estaba al borde de la carcajada.
—¿Escurrida? Por favor, señorita Georgina, dígame que es una flecha escurrida. —Estaba disfrutando demasiado para detenerse ahora.
—Bueno, sin duda es usted un hombre lleno de ideas creativas. Eso es todo lo que puedo decirle, señor Greymont, porque mucho me temo que se equivoca. El término correcto es « flecha rebotada» .
—Ah, rebotada… En efecto. Se llama rebotado cuando el disparo se hace en la dirección debida pero la flecha da en el blanco sin clavarse. De acuerdo.
Ella le dirigió una mirada que solo podía ser descrita como paciente.
—Entonces, si evaluamos su trayectoria hasta este momento, podríamos decir que ha conseguido unas cuantas flechas rebotadas y ningún acierto.
« Estoy aquí, a solas contigo, así que diría que he acertado de pleno» .
—Pero no se lo dirá a nadie, ¿verdad? —Estaba seguro de que aquel sería otro secreto que compartirían.
—No. Como ya le he dicho, no lo delataré —aseguró ella mirando la hierba.
—¿Por qué no lo hará? —No sabía por qué le preguntaba tal cosa, pero sí que quería algo de ella, una palabra esperanzadora, una frase amable, tal vez.
Ella se sonrojó antes de contestar, y a Jeremy le pareció incluso más hermosa.
—Porque creo que usted… Georgina hizo una pausa y alzó los ojos buscando su mirada. Él se puso tenso mientras esperaba que terminara la frase. El chasquido de una rama quebrada entre las copas mecidas por el viento llenó el silencio.
—Creo que necesita mi ayuda desesperadamente, señor Greymont.
Y entonces, la hermosa Georgina se rio. No fue de un modo estridente ni jactancioso, sino suave, dulce y tierno, y él sintió aquella risa como si fuera una caricia en el cuello que se deslizara directamente a su corazón, para calentarlo y hacer que de inmediato diera un vuelco.
« Tienes razón, Georgina Russell, necesito desesperadamente tu ayuda» .
Él se inclinó con una ceremoniosa reverencia antes de adelantarse un paso para recoger la última flecha.
—Esta es la última. Ya estoy preparado para mi lección.
Se aseguró de rozar su mano cuando le tendió la flecha. El lugar donde sus dedos se tocaron hormigueó bajo el guante de cuero. Cuando se entregó a las delicias del tiro con arco, se sintió realmente sorprendido; estaba disfrutando, como si hubiera sido alcanzado por una explosión de felicidad, un deleite infinito —o algo así— que resultaba inmensamente agradable. Se sintió maravillado por primera vez desde hacía mucho tiempo.