Una semana e innumerables fantasías sensuales después, la habilidad con las cartas de Jeremy era la principal víctima de su estado de ánimo, francamente disperso. Su capacidad para dormir cada noche no había corrido mejor suerte en los días transcurridos, más que nada porque miles de lujuriosas imágenes ocupaban su mente cuando estaba solo en la cama, en la oscuridad nocturna.
Por supuesto, la causa de todo ello era la preciosa mujer que estaba en el otro extremo de la estancia, a la que llevaba observando media hora. Durante ese tiempo había notado que parecía que el padre de la bella mujer no era consciente de lo lascivo que resultaba Pellton.
Aquella misma mañana había sido testigo de un gesto muy reprobable por parte del barón. Cuando salía de su habitación, vio que una joven doncella abandonaba la de Pellton. La chica llevaba la ropa arrugada y lanzaba furtivas miradas a su alrededor mientras se pasaba una mano por el pelo para alisarlo;
pruebas irrefutables de lo que aquel lascivo había hecho con ella esa noche. En su opinión, aquel era un comportamiento de lo más reprobable. Servirse de las jóvenes criadas, sobre todo de las que trabajaban en casa de un anfitrión, era algo que sencillamente no se hacía. Y si además ese invitado estaba haciéndole la corte a la hija del anfitrión en cuestión, aparte de un claro gesto de infidelidad, era una atroz falta de educación.
Pellton siempre pedía a Georgina que lo acompañara a pasear por el jardín o que fuera su pareja en los juegos de cartas. Él se había esmerado en rescatarla de esas situaciones porque cada vez que veía a aquel hombre cerca de ella notaba la ira bullendo en el interior de la joven. El día anterior había estado, al parecer, especialmente oportuno durante una visita a la biblioteca, a la que había acudido en busca de algo que leer, lo que era muy inusual en él. Acababa de entrar en la biblioteca cuando… Jeremy sabía que esa noche necesitaría algún tipo de distracción si quería dormir algo. No podía seguir fantaseando con lo que le gustaría hacer con Georgina en su cama.
También sabía que la biblioteca de Oakfield estaba bien provista, por lo que confió en que podría encontrar algo que le interesara entre aquella vasta selección de volúmenes; pero, cuando entró, la sorpresa hizo que la idea de buscar un buen libro desapareciera de su mente. Georgina estaba allí, leyendo.
Le daba la espalda desde un sillón, donde se había acomodado con una pierna apoyada sobre el reposabrazos. Un escarpín rosado se mecía a poca distancia del suelo, dejando a la vista un tobillo precioso, y el borde de las enaguas.
—Gracias, Fannie, puedes dejarlo en la mesa —dijo Georgina sin levantar la mirada del libro.
—Me han llamado de muchas maneras a lo largo de los años, pero nunca así —repuso, incapaz de reprimir la broma.
Ella asomó la cabeza desde detrás del respaldo del sillón y bajó la pierna del reposabrazos con tanta rapidez que el libro cayó de su regazo con un ruido seco.
—¡Señor Greymont! Perdone. Pensé… Pensé que era mi doncella, con el té.
—Se inclinó para recoger el libro del suelo.
—Es evidente. —Esbozó una sonrisa—. No es necesario que se disculpe, señorita Georgina. Lamento no traerle el té. —Le mostró las manos vacías—. He venido a ver si encuentro un libro que me interese.
—Es evidente. —Solo acertó a repetir las palabras de Greymont, mientras le sonreía con un atisbo de picardía iluminando su mirada.
Bromeaban otra vez. Con ella era fácil. Le gustaba su compañía, hablar, compartir una comida, pasear al aire libre… Lo que fuera. Con ella todo era más fácil, no requería ningún esfuerzo. Debía obligarse a decir algo o se quedaría allí, de pie, mirándola como el idiota embobado que era en ese momento.
—Siento haberla interrumpido. Estaba tan absorta en su lectura… Por favor, continúe, señorita Georgina, no permita que mi presencia la distraiga. Voy a buscar en aquellas estanterías de allí. —Señaló un punto de la sala.
—De acuerdo, señor Greymont. —Le hizo un gesto con la cabeza antes de volver a concentrarse en su libro.
Ahora, por desgracia para él, mantuvo la pierna en la posición correcta, con el pie apoyado en el suelo, así que Jeremy desapareció entre dos librerías y comenzó a buscar algo que leer. Unos minutos después, escuchó que llegaba la criada con el té que esperaba Georgina. La joven empleada dejó el refrigerio y cerró la puerta cuando se marchó.
Jeremy tomó un grueso volumen y lo abrió: El último mohicano, del escritor americano James Fenimore Cooper. Había oído hablar de esa obra. Leyó el año de publicación en la cubierta: una novela que transcurre en 1757. La historia había causado un gran revuelo en Europa desde que se imprimió por primera vez. Sabía que la trama se desarrollaba durante la Guerra de los Siete Años, cuando Francia e Inglaterra luchaban por hacerse con el control de las colonias del norte de América y los franceses habían reclutado hombres entre las tribus nativas para enfrentarse a los ingleses. La novela estaba narrada desde la perspectiva de un héroe indio, y esa técnica narrativa era lo que había causado gran conmoción entre los firmes defensores del orden establecido. Repasó las páginas hasta que llegó a una ilustración, que estudió con los ojos muy abiertos.
Mostraba a un hombre y a una mujer, al fondo, observando a un guerrero indio que forcejeaba con un enorme oso que se erguía sobre sus patas traseras. Aquel era el libro indicado para él. Su poco convencional mente se interesaba siempre por cualquier tema inusitado. Supo que esa novela la satisfaría plenamente.
Con la elección hecha, se puso el volumen bajo el brazo y se dispuso a salir.
En ese momento la puerta volvió a abrirse.
—Ajá. He estado buscándote por todas partes, querida. Cuando vi salir a la doncella, me imaginé que podías estar aquí —dijo el recién llegado.
La voz era como un siseo, repulsiva. Supo a quién pertenecía en cuanto la oyó. Pellton, el buitre.
—¿Qué estás leyendo, querida Georgina? —preguntó el barón.
—Poemas. Leo poesía, milord —replicó ella con la voz seca.
Greymont se mantuvo detrás de una alta estantería, escuchando atentamente.
Percibió que Pellton se sentaba.
—Léeme uno de los poemas de tu libro. Me encanta oír tu voz, querida Georgina.
—Señor, no debería hablarme de una manera tan familiar.
—Pero ¿por qué no voy a hablarte así? Voy a casarme contigo, y cuanto antes aceptes ese hecho, mejor.
—No, señor. Ya he respondido y ha sido… —Tu rechazo no me preocupa demasiado —aseguró Pellton—. Sé que acabaremos llegando a un acuerdo. Hasta donde sé, mi preciosa Georgina, no tienes otros pretendientes. No hay nadie aparte de mí. Y tu padre quiere que te cases conmigo, ¿verdad?
—¡No!
—Sí, claro que sí. De hecho, parece que está muy ansioso por perderte de vista. Sé que no me equivoco. Solo hay algo que haría que esta experiencia resultara más gratificante: que tu querida madre estuviera aquí para verte convertida en mi esposa.
—¡No la mencione! Lord Pellton, si mi madre estuviera viva, yo no estaría ahora en esta situación; ella jamás me habría obligado a casarme contra mi voluntad, cualesquiera que fueran las circunstancias en que me encontrara. — Georgina estaba casi fuera de sí.
—Oh, las circunstancias… Sí, las circunstancias son las que lo cambian todo, ¿verdad? Te pareces tanto a tu madre, Georgina… —susurró Pellton, con la voz casi inaudible.
Greymont seguía al acecho. De pronto, unos agudos susurros resonaron en el aire. El ruido lo alertó y lo impulsó a asomar la cabeza para observar qué ofensa había perpetrado ahora el barón.
—Suélteme de inmediato, señor. —Georgina, estaba intentando zafarse de la mano con que Pellton la retenía.
—¿Algún problema? —Su voz resonó con fuerza cuando apareció de pronto en medio de la estancia.
Tanto Pellton como Georgina volvieron la cabeza hacia el lugar del que procedía la voz. No estaba seguro de que ella recordara que se encontraba en la biblioteca, pero sí tuvo muy claro que Pellton se quedó muy sorprendido al verlo.
Greymont clavó los ojos en el punto por el que el hombre la sujetaba con firmeza. Pellton, al darse cuenta de la dirección de su mirada, hizo una mueca de desdén, como la comadreja que era. Georgina aprovechó para tirar bruscamente de su mano y liberarse al tiempo que lanzaba a su agresor una mirada llena de furia.
—¿Pregunta usted si hay algún problema? Sí, tengo un problema; de repente me siento enferma. ¡Discúlpenme! —Sin mediar palabra se dio la vuelta y salió de la estancia.
Miró al desagradable individuo con las cejas levantadas.
—Menuda hazaña, Pellton. Ha conseguido que la señorita Russell se sienta enferma.
El barón lo miró de reojo y soltó un viperino comentario, muy propio de él.
—Oh, vete al infierno, Greymont. ¡Valiente santurrón! —Dicho esto, salió de la biblioteca.
La estancia volvió a recuperar la paz.
Él se dirigió al lugar donde había estado sentada Georgina. El libro reposaba sobre una mesita, todavía abierto en la página que la joven leía antes de la interrupción. Lo cogió y leyó el pasaje… Aquel incidente había provocado que la irritación de Jeremy creciera como la espuma, lo cual no era demasiado difícil cuando Edgar Pellton estaba involucrado. Pero esta vez el enfado iba más lejos, le molestaba incluso que aquel ridículo sapo respirara, sobre todo cuando perseguía a Georgina de la manera en que lo hacía. Y la escena que en esos momentos tenía lugar ante sus ojos parecía una repetición exacta de la que había presenciado la tarde anterior en la biblioteca.
Pellton acorralaba a Georgina en el diván donde ella trataba de leer otro libro.
Observó que ella daba la espalda a aquel zoquete, expresándole así, sin palabras, su parecer después de que él hubiera tratado de comprometerla de nuevo, comenzando, sin duda, una conversación inapropiada.
« Bien hecho» , pensó cuando la vio rechazarlo. La línea que dibujaba el cuello de la joven le pareció muy elegante allí, de perfil, manteniéndose lejos de su acosador. Pero esta vez Greymont no había sido el único testigo de lo sucedido.
El señor Russell también estaba observando a su hija, y la reprendió por lo que estaba haciendo.
Su padre le dijo que lo acompañara y la arrinconó en una esquina, donde comenzó a recriminarla por insultar a un invitado.
En la distancia, Greymont notó que la expresión de Georgina se volvía más afligida por el desagrado de su progenitor. Tras unos momentos, la vio llevarse la mano a la boca y huir de la estancia hecha un mar de lágrimas. El señor Russell parecía a punto de sufrir una apoplejía, pero se calmó y se recuperó sirviéndose un whisky doble. Quien parecía más feliz era Pellton, que esbozaba una afectada sonrisa, llena de un rencor visible, en su rostro de serpiente.
Jeremy no podía creer lo que veían sus ojos. El sufrimiento de Georgina era notorio, tanto como la depravación de aquel sátiro. ¿Por qué demonios querría un padre casar a su única hija con aquel monstruo? Pellton la maltrataría. Todo el mundo estaba al tanto de los rumores sobre sus depravadas inclinaciones. Quizá el señor Russell no las conociera; sabía que John Russell prefería participar en cacerías o fiestas en sus propiedades rurales, antes que en actividades sociales en Londres. Especuló con esa posibilidad y llegó a la conclusión de que era muy posible que el padre de Georgina no conociera las ofensivas predilecciones de Pellton.
Jugó cinco minutos más a las cartas antes de excusarse. Y pasaron otros diez hasta que pudo encontrarla.
Georgina estaba sentada en el invernadero, en un banco escondido entre las hojas de unas plantas tropicales que jamás podrían sobrevivir sometidas al clima inglés si se vieran expuestas a los elementos de la naturaleza. Había dejado de llorar, aunque parecía triste y derrotada. Pero, incluso sumida en el sufrimiento, seguía siendo la más hermosa para él. Esa noche lucía un vestido azul plateado y el brillo de la tela resplandecía bajo la luz de la lámpara.
—¿No está disfrutando esta noche, señorita Georgina? —Habló bajito, para no sobresaltarla—. La vi salir. —Se acercó—. Parecía estar muy afligida. —Tomó asiento junto a ella en el banco.
La joven guardó silencio al principio. Permanecieron sentados uno junto a otro, perdidos cada cual en sus pensamientos y envueltos en la tranquilidad que transmitían las exóticas plantas que los rodeaban, con su olor intenso y fresco.
Le pareció que pasaba un siglo antes de que ella respondiera.
—¿No lo estaría usted también…? —Sus ojos dorados mostraban una triste mirada cuando se alzaron hacia los del joven, brillando con intensidad. Él ladeó la cabeza, vacilante—. ¿No lo estaría si se viera a merced del cazador, como un pájaro, presto a recibir un acertado disparo? Pues en este caso el « acertado disparo» me resulta repulsivo. ¡Lo odio!
—¿Qué es lo que odia? ¿Verse expuesta o la calidad del individuo al que llama « acertado disparo» ?
—Solo hay un candidato y mi padre no tiene en cuenta mis sentimientos al respecto.
—¿Ha accedido usted a algo?
—No, y no entra en mis planes hacerlo, pero mucho me temo que mi padre acabará encontrando la manera de forzarme. —En ese momento perdió por completo la compostura y volvió a llorar—. No podré soportar que me entregue en matrimonio a lord Pellton… No lo dudó más y al fin la rodeó con sus brazos. La estrechó con fuerza hasta sentir a través de la ropa los estremecimientos que sacudían su cuerpo, que se transmitieron directamente a su corazón. ¡Santo Dios, ella era perfecta! En ese instante lo constataba.
« Ella es perfecta» .
Todo lo que concernía a Georgina era perfecto para él y quería que fuera suya. Ansiaba besarla, acariciarla por todas partes. Necesitaba tenerla desnuda bajo su cuerpo y sentir su piel cálida y suave. Quería que gimiera pronunciando su nombre cuando hiciera el amor con ella. Sí, quería todas esas cosas… y aún más; necesitaba protegerla y consolarla. Le dolía el corazón al verla tan perturbada.
—No lo hará, no la entregará —le murmuró al oído.
Georgina se puso rígida por la sorpresa que le produjo verse envuelta por los brazos de aquel hombre apuesto, pero se relajó casi al momento, y enseguida decidió disfrutar de la maravillosa sensación que suponía perderse en el abrazo de Jeremy Greymont. Allí se sentía segura y a salvo, era un grato momento, un instante irrepetible que parecía suspendido en el tiempo.
Se quedó quieta y permitió que la estrechara. Jeremy olía maravillosamente.
El suyo era un aroma levemente dulce, de clavo y jabón de afeitar. Le gustaba la manera en que apoyaba la barbilla en su cabeza, cómo deslizaba la mano de arriba abajo por su espalda. Notó que comenzaba a sentir una cálida emoción en el pecho y, por primera vez desde hacía años, se sintió realmente apreciada por otra persona.
Le llevó algunos momentos darse cuenta cabal de dónde estaban y lo que hacían, y de lo impropio que resultaba todo ello. Se apartó e inmediatamente echó de menos el calor de sus brazos. No obstante, la fuerza de Jeremy parecía flotar en el aire nocturno, donde se combinaba con el exótico aroma de las plantas.
—¿Se siente un poco mejor? Por favor, dígame que sí. No soporto verla triste.
—Sacó el pañuelo y se lo pasó por la cara—. ¿Me permite?
Aquel amable gesto desató nuevas lágrimas que se deslizaron por sus mejillas como silenciosos riachuelos.
Sin decir nada más, él comenzó a secárselas. Primero una mejilla y luego la otra. Cuando terminó, le puso el pañuelo en las manos al tiempo que apretaba los labios contra su frente.
—Así… —susurró.
Los labios del señor Greymont eran suaves. Notó la excitante caricia de la barba incipiente cuando le rozó la piel. La besó con una devoción tan tierna que ella temió derretirse en aquel mismo instante.
« Es más de lo que mereces» .
Se dijo entonces que no debía permitirle hacer eso, que todo se complicaría aún más si se lo permitía… Se alejó y lo miró. Los ojos de él ardían mientras la observaba con una voracidad abrasadora, evidente incluso en la tenue luz del invernadero. Estaban clavados en su boca.
Notó una inquietante llamarada en el vientre. No podía continuar por aquel camino, tenía que marcharse. Las atenciones del señor Greymont eran demasiado intensas para enfrentarse a ellas en ese momento. Sin duda era bueno y sincero, no le cabía duda, pero sentía que de todas formas aquel hombre arrebatador estaba conteniéndose de alguna manera. Percibía cierto peligro.
Tenía que huir, ¡ya!
—Por favor, señor Greymont, discúlpeme. Ya estoy mucho mejor, gracias a usted. Jamás olvidaré la bondad que ha mostrado esta noche. —Se puso en pie bruscamente—. Pero ahora debo marcharme.
—¡No se vaya! ¿Por qué no se queda? ¿Por qué no habla conmigo? — murmuró él, tomándola de la mano.
—Debo marcharme porque estoy muy cansada y no soy buena compañía.
—Clavó la mirada en la mano masculina que sujetaba la de ella. Ardía.
—Sí que lo es. La suya es siempre la mejor compañía. —Pese a estas palabras, la soltó y pareció un poco culpable cuando se puso en pie y le hizo una reverencia—. Sus deseos son órdenes para mí, señorita Georgina, pero quiero que acceda a reunirse mañana conmigo… en el columpio del roble. ¿Le parece bien a las dos? Me gustaría hablar con usted otra vez. ¿Acudirá?
A la joven le resultó imposible negarse a tan cortés petición. De todas formas, aunque algo le decía que estaba en peligro, confiaba en él… A pesar de la tensión que vibraba ahora entre ellos, sabía que estaría a salvo en su compañía.
—Muy bien. —Asintió con la cabeza—. Buenas noches, señor Greymont.
Se alejó dejándolo solo en el invernadero y cerró la mano que él había sujetado con fuerza. Le hormigueaba, de la misma manera que le hormigueaba la frente, justo en el lugar en el que la había besado.
No recordó sus palabras hasta que estuvo en la cama. « No lo hará» , había dicho el señor Greymont, refiriéndose al empecinamiento de su padre con respecto a casarla con lord Pellton. Pero ¿cómo podía estar tan seguro?
Desvelada, mientras daba vueltas y más vueltas en la cama, sopesó con cuidado una y otra vez la misteriosa frase pronunciada por Jeremy Greymont.
Recordó lo fácil que le había parecido todo cuando estaba envuelta en su aroma, cuando sentía sus duros músculos sosteniéndola, cuando le acariciaba suavemente la espalda.
Para su sorpresa, la cercanía de ese hombre no la asustaba, sino todo lo contrario. La sensación de paz, comodidad y seguridad que ofrecía se mezclaba con algo más tentador que no entendía demasiado bien, pero que resultaba muy agradable. Y se aferró a esa sensación sin saber siquiera lo que estaba haciendo.
Todavía conservaba su pañuelo, que olía a él —su perfume, su intenso aroma viril—. Esa fragancia flotó en su cabeza hasta que la reclamó el sueño. Un último pensamiento dio vueltas en su mente antes de quedarse dormida: ¿de qué deseaba hablar Jeremy Greymont con ella?