Jeremy sintió que se quedaba sin aliento. Le costaba respirar. El dolor que provocaba en lo más profundo de su ser aquella pérdida era insoportable. Los ojos enrojecidos y llenos de tristeza de Georgina brillaban a pesar de la oscuridad. Nunca olvidaría su mirada. Ni su aspecto. Era como una princesa; tan suave y atractiva con aquella bata, con el pelo trenzado sobre los hombros… Una princesa trágica, pero exquisita ante sus ojos. Antes de que ella dijera las palabras que le rompieron definitivamente el corazón, ya había sentido un gélido temor que amenazó con detenerle el pulso. Notó que se volvía frágil y, cuando ella pronunció aquellas terribles frases, el dolor lo desgarró del todo; el corazón se le hizo pedazos y fue como si nunca, en ningún momento, hubiera sido de una sola pieza.

