La mansión estaba sumida en un silencio tenso cuando Alexander regresó del encuentro con el mensajero de la Cosa Nostra. Su rostro era una máscara impenetrable, pero Emma podía sentir la tormenta que se agitaba bajo la superficie. Sabía que algo había cambiado, que el mensaje traído por aquel hombre significaba un nuevo giro en el peligroso juego en el que ambos estaban inmersos.Alexander entró en la habitación donde Emma lo esperaba, cerrando la puerta tras él con un gesto firme. Su mirada se encontró con la de ella, y durante un breve momento, la intensidad de sus ojos la hizo sentir vulnerable, como si él pudiera ver cada uno de sus miedos y deseos.—¿Qué sucedió? —preguntó Emma, su voz apenas un susurro en la quietud de la habitación.Alexander caminó hacia la ventana, donde se quedó mir

