+ El coche se detuvo con una suavidad eléctrica frente a una mole de cristal y acero que parecía perforar las nubes de Toronto. Me quedé helada dentro del vehículo, observando hacia arriba a través del techo panorámico. En letras de platino, un nombre dominaba la estructura: SINCLAIR GLOBAL MARKETING. No era solo una oficina; era el epicentro de un imperio de marketing internacional, un monstruo publicitario que dictaba lo que el mundo debía consumir desde Londres hasta Tokio. Alistair salió primero, estirando sus 1.95 metros con una naturalidad que me hacía sentir que el asfalto le pertenecía. Yo bajé después, tambaleándome sobre esos tacones de aguja que me hacían sentir como si caminara sobre cáscaras de huevo. Al entrar en el vestíbulo, el aire acondicionado me golpeó el rostro, carg

