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CEO ¡SEA MI DUEÑO!

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intro-logo
Blurb

Clara Meadows solo sabía lavar, planchar y ser una "buena chica". Toronto se encargó de demostrarle que eso no paga la renta.

Pequeña, rubia y con una inocencia que parece un chiste en la gran ciudad, Clara termina haciendo lo impensable: ponerle precio a su virginidad en el club más oscuro de Canadá. Lo que no esperaba era que su comprador fuera Alistair Vaughan-Sinclair, un CEO gigante de voz ronca que no busca una empleada, sino una posesión.

Alistair es posesivo, dominante y tiene el control de todo, menos de las ganas de devorar a la pequeña intrusa que ahora vive bajo su techo. El contrato es claro, pero las reglas las dicta él en la oscuridad de su habitación.

Ella quería una vida mejor. Él solo quería ser su dueño.

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Introducción
+CLARA+ El espejo del baño del "The Velvet Eclipse" estaba demasiado limpio. Tanto, que podía ver cada gota de sudor nervioso en mi frente y el temblor de mis manos mientras intentaba abrocharme el corsé. Si mi madre me viera ahora mismo, se persignaría tres veces y me mandaría de regreso a la granja en el primer tren hacia el norte de Churchill. —Clara, deja de pelear con el encaje. Si aprietas más, te vas a desmayar antes de servir la primera bandeja de champán —la voz de Roxy resonó en el pequeño baño, seguida de una nube de perfume caro y humo de vapeador. Me miré. Dios mío, parecía una muñeca de porcelana que alguien había intentado vestir de pecadora. Mi cabello rubio, ese que mi padre decía que parecía hilos de sol, caía en ondas sobre mis hombros, contrastando con el n***o satinado de un uniforme de mesera que, honestamente, era más "lencería" que "ropa de trabajo". Soy pequeña de tamaño, 1.55, lo sé; mi estatura siempre ha hecho que la gente quiera darme una palmada en la cabeza, pero este traje resaltaba curvas que yo ni siquiera sabía que tenía. —Es que... es muy corto, Roxy. Siento que si estornudo, todo Toronto se va a enterar de qué color es mi ropa interior —susurré, tirando de la tela hacia abajo en un gesto inútil. —Cariño, en este club, si alguien te mira las bragas es porque te va a dar una propina de quinientos dólares. Así que estornuda todo lo que quieras —Roxy me guiñó un ojo, ajustándose sus medias de red. Me apoyé contra la pared fría, cerrando los ojos un segundo. ¿Cómo demonios había llegado a esto? Hace apenas tres meses, estaba en mi pueblo, rodeada de nieve hasta las rodillas, pinos gigantes y el olor a pan recién horneado. Mis padres, benditos sean, vendieron lo que pudieron para que yo viniera a la ciudad. "Busca una vida mejor, Clara. Tú no naciste para ordeñar vacas bajo cero", me dijo papá. Y yo, con mi maleta llena de sueños y mi ingenuidad nivel experto, creí que Toronto me recibiría con los brazos abiertos. Qué mentira. Llegué a la Union Station con los ojos como platos, mirando los rascacielos como si fueran naves espaciales. Pero la ciudad no es dulce. Es de acero, es ruidosa y es terriblemente cara. A las dos semanas, descubrí que mis ahorros se esfumaban solo en pagar el aire que respiraba. Como no tengo un título universitario y mis habilidades se resumen en lavar, planchar y cocinar para diez hombres hambrientos en la granja, terminé en una oficina de mala muerte sacando fotocopias. Ocho horas al día frente a una máquina que me odiaba. El tóner me manchaba la cara, el jefe me gritaba y el sueldo... bueno, el sueldo apenas me alcanzaba para comprar una caja de cereal y compartir un cuarto del tamaño de un armario con Roxy. Conocí a Roxy en una lavandería automática. Yo estaba llorando porque se me había encogido mi único suéter de lana y ella me ofreció un cigarrillo (que rechacé) y un consejo: "Niña, en esta ciudad, o muerdes o te comen". Ella me llevó a su apartamento, aceptó que pagara una miseria de renta y se convirtió en mi guía de supervivencia. —La fotocopiadora no paga las cuentas, Clara —me había dicho ayer, cuando me vio contando monedas para el bus—. Y tú eres demasiado linda para estar oliendo a tinta barata. Hay una vacante de mesera en el Eclipse. Solo llevas tragos, sonríes y te vas a casa con el triple de lo que ganas en un mes. Y aquí estaba. Dejé el trabajo de las copias esta mañana (mandé a volar la máquina después de que se trabara por décima vez) y ahora era una "mesera de élite". —¿Clara? Tierra llamando a la rubia —Roxy pasó una mano frente a mi cara—. Estás en blanco otra vez. —Es que... me siento una impostora —admití, mirando mis pies. Me habían puesto unos tacones tan altos que sentía que estaba caminando sobre zancos—. Yo solo sé lavar platos y planchar camisas. No sé cómo moverme en un lugar donde las botellas cuestan más que la casa de mis padres. —No tienes que saber nada. Solo camina derecha, no tires la bandeja sobre algún millonario y, sobre todo, no hables demasiado. Tu mirada de "ciervo asustado" es lo que vuelve locos a estos tipos. Tienes esa pureza que aquí se vende como el oro, nena. Sentí un nudo en el estómago. Pureza. —Roxy... lo que me dijiste antes... sobre... ya sabes. ¿Es verdad que hay gente que paga por... eso? —Mi voz salió pequeña, casi un hilo. Roxy se detuvo, dejando el rímel de lado. Me miró a través del espejo con una mezcla de lástima y honestidad. —Clara, eres virgen. En este mundo de lobos, eso es como tener un boleto de lotería premiado que no has cobrado. Hay hombres allá afuera, tipos que lo tienen todo, que darían millones por ser los primeros. Por ser los dueños de algo que nadie más ha tocado. Un escalofrío me recorrió la columna. No era de frío, era algo más profundo. Una mezcla de miedo y una extraña curiosidad que me quemaba las mejillas. —Yo no podría... —comencé a decir, pero Roxy me interrumpió con suavidad. —No tienes que hacerlo hoy. Solo sirve los tragos. Pero mira a tu alrededor esta noche, mira el dinero que fluye. Si quieres dejar de comer arroz con agua y quieres mandarles a tus padres el dinero que necesitan para la hipoteca de la granja... piénsalo. Tu virginidad es tuya, pero en Toronto, todo tiene un precio. Me puse de pie, tambaleándome un poco sobre los tacones. Me miré una última vez. Labios pintados de rojo, pestañas largas, y ese uniforme que me hacía sentir desnuda pero extrañamente poderosa. —Bien. Vamos a servir ese champán —dije, tratando de sonar valiente aunque mis rodillas chocaran entre sí. Salimos del baño y el estruendo del club me golpeó como una ola de calor. Luces bajas, olor a tabaco de lujo, cuero y perfumes de diseñador. El "The Velvet Eclipse" no era una discoteca normal; era un templo para los que tenían el mundo a sus pies. Caminé con la bandeja de plata pegada al pecho, tratando de recordar las instrucciones. No mires a los ojos por mucho tiempo. Sonríe. Sé discreta. Pero mientras cruzaba el salón principal hacia la zona VIP, sentí algo. No fue un ruido, fue una presión en el aire, como si el oxígeno se hubiera vuelto más pesado. Dejé de mirar mis pies y levanté la vista hacia el nivel superior, donde las sombras eran más densas y los sofás más grandes. Ahí, sentado en el centro de todo, había un hombre. Incluso desde la distancia, su presencia era aplastante. Era enorme, ocupaba más espacio del que le correspondía. Tenía el cabello n***o y unos ojos que, incluso en la penumbra, brillaban con una intensidad gélida, como el hielo de los lagos de mi pueblo en enero. Me quedé congelada a mitad del pasillo. El mundo a mi alrededor pareció desvanecerse; la música se volvió un zumbido lejano. Él no estaba mirando a las bailarinas. No estaba bebiendo. Me estaba mirando a mí. Sus ojos recorrieron mi cuerpo de arriba abajo, deteniéndose en mi cuello, en mis manos temblorosas y, finalmente, clavándose en los míos. Sentí que me desnudaba, que leía cada uno de mis secretos, que sabía exactamente que yo no pertenecía a este lugar. —Ese es él —susurró Roxy a mi lado, aunque apenas pude oírla—. Alistair Vaughan-Sinclair. El dueño de media ciudad. Ten cuidado con él, Clara. Dicen que no tiene corazón, solo una cuenta bancaria y hambre de poder. Alistair levantó su vaso de cristal, haciendo un gesto casi imperceptible con la cabeza. No fue una invitación, fue una orden. Quería que yo fuera hacia allá. Mi corazón martilleó contra mis costillas. Mi instinto me decía que corriera de regreso a la granja, que me escondiera bajo las mantas de mi madre. Pero mis pies, traicioneros y curiosos, dieron el primer paso hacia la oscuridad del VIP. + ​Mis pies se movieron solos, un paso tras otro, como si estuvieran magnetizados por la mirada de Alistair Vaughan-Sinclair. Cada zancada con esos tacones imposibles me acercaba a la zona VIP, un santuario de terciopelo oscuro y poder donde las sombras jugaban con los rostros de hombres que parecían dueños del mundo. La bandeja en mis manos se sentía cada vez más pesada, y el tintineo de las copas en ella era el único sonido que escuchaba sobre el estruendo distante del club. ​Cuando estuve lo suficientemente cerca, uno de los gorilas de seguridad, que parecía tallado en roca, me hizo una señal para que me detuviera. Miré a Alistair. Él estaba reclinado en un sofá de cuero, con una postura tan relajada que contrastaba brutalmente con la tensión que irradiaba su cuerpo. Había otros hombres en su mesa, todos en trajes impecables, riendo con una arrogancia que nunca había visto en mi vida. Pero él no se reía. Sus ojos estaban fijos en mí. ​Mi garganta se secó. Recordé las palabras de Roxy: "No mires a los ojos por mucho tiempo. Sonríe. Sé discreta." ​Tragué saliva y forcejeé por forzar una sonrisa en mis labios, que se sentían rígidos. Era la sonrisa de una tortuga asustada, lo sé. Bajé la mirada hacia la bandeja, esperando que me diera una orden. ​Pero Alistair no habló. Simplemente extendió una mano, con un gesto lento y autoritario, hacia una botella de whisky que había sobre la mesa. No me miraba a los ojos, sino a la bandeja que sostenía. Había varias copas vacías alrededor. Entendí.

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