La mesera

1988 Words
​Con manos temblorosas, me acerqué un poco más. Mis dedos apenas rozaron la botella al tomarla. Era un cristal pesado, elegante, y el líquido ámbar en su interior parecía más denso que cualquier cosa que hubiera visto. Serví el whisky en dos copas, tratando de no derramar una sola gota. Sentí la intensa, casi dolorosa, mirada de Alistair en cada movimiento. Era como si mi ropa no existiera, como si él pudiera ver a través de mí. ​Cuando terminé, las manos me temblaban tanto que la bandeja bailó. Puse las copas frente a él y al hombre a su lado. El olor a whisky, tabaco y algo más, algo a peligro, me envolvió. ​—Gracias, pequeña —dijo una voz a mi derecha. Era el hombre que había estado riendo, un rubio cínico que me sonreía de forma descarada—. Eres nueva, ¿verdad? Nunca te había visto por aquí. ​Sentí un escalofrío. Debía responder. Mi voz, sin embargo, no quiso salir. La garganta estaba atascada con un nudo de nervios. ​—Es mi primera noche —logré balbucear, mis palabras sonando como un chirrido de ratón en el rugido del club. ​El hombre rubio abrió la boca para decir algo más, pero entonces, una voz que me hizo vibrar hasta los huesos resonó en el aire, profunda, ronca, y helada como un témpano. ​—Julian —la voz de Alistair no fue un grito, fue un susurro de autoridad que silenció a todos los presentes en la mesa. El rubio se encogió en su asiento. ​Alistair no me había mirado aún. Estaba mirando a su amigo, y en esa mirada había una promesa tácita de dolor si continuaba hablando. El silencio que siguió fue denso, pesado. Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones. ​Finalmente, Alistair giró su cabeza hacia mí. Sus ojos me atravesaron de nuevo. No había una pizca de amabilidad, solo una evaluación fría, como la de un depredador que examina a su presa. ​—¿Nombre? —Su voz. Dios mío. Era como si las palabras no salieran de su garganta, sino del fondo de la tierra. Un vibrato ronco que me hizo temblar. ​—Clara. Clara Meadows —apenas pude pronunciar mi apellido. ​Alistair asintió, lentamente, sin apartar los ojos de los míos. El escrutinio se prolongó tanto que sentí el calor subir a mis mejillas. Me sentía pequeña, patética, y con ganas de echar a correr. Pero no podía. Mis pies estaban clavados al suelo. ​—¿De dónde vienes, Clara Meadows? —Su pregunta no era una curiosidad casual. Era una interrogación. ​—De... de Churchill —respondí, mi voz aún temblorosa. Mencionar mi pueblo, tan lejos de este brillo falso, sonó ridículo. ​Un atisbo de algo, ¿interés? ¿amusement?, cruzó sus ojos. O quizás solo imaginé. ​—Churchill. Un largo camino para terminar aquí. ​No supe qué decir. ¿Debía explicarle mi vida entera? ¿Contarle de la fotocopiadora, de la renta, de mis padres y las vacas? Parecía absurdo. ​—La ciudad... es difícil —logré articular, sintiéndome estúpida al instante. ​Alistair inclinó ligeramente la cabeza, como si estuviera descifrando mis palabras. Entonces, sus labios se curvaron apenas en lo que podría haber sido una sonrisa, pero que se sintió más bien como la promesa de un depredador. ​—Lo es. Y para las inocentes, más. ​La forma en que dijo "inocentes" hizo que se me erizara el vello de los brazos. Sonó a advertencia, a juicio. ​El hombre rubio a su lado, Julian, carraspeó. Parecía incómodo. ​—Alistair, amigo, la chica está trabajando. No la asustes. ​Él ni se inmutó. Sus ojos seguían fijos en mí, ignorando a su amigo. ​—¿Disfrutas de tu trabajo, Clara? —La pregunta se sintió cargada, como si buscara algo más allá de una simple respuesta. ​—Es... diferente —dije, honestamente. Mis mejillas ardían. ​Alistair soltó una risa seca, un sonido áspero que hizo eco en el silencio momentáneo de su mesa. ​—"Diferente". Me gusta eso. ​Se levantó de repente. Era alto. Mucho más alto de lo que parecía sentado. Su cuerpo musculoso bajo el traje irradiaba una fuerza contenida. Tuve que inclinar la cabeza hacia atrás para mantener el contacto visual. Él me miró desde arriba, con una intensidad que me hizo sentir aún más minúscula. ​Entonces, sin previo aviso, extendió una mano y rozó mi mejilla. El toque fue leve, apenas un roce, pero me hizo sentir como si una descarga eléctrica me hubiera atravesado. Su piel estaba fría al principio, pero luego se sintió extrañamente cálida. Retuve el aliento. Sus dedos se detuvieron justo debajo de mi ojo, donde mi piel estaba más pálida. ​—Tienes algo aquí, Clara Meadows —dijo, su voz más baja aún, casi un murmullo que solo yo podía escuchar. ​Era mentira. No tenía nada. Pero el pretexto era irrelevante. Su mano se quedó allí, su pulgar acariciando suavemente mi piel. La cercanía me aturdió. Podía oler su colonia, una fragancia masculina, limpia, y a la vez algo oscuro. Podía ver la textura de su piel, la sombra de su barba perfecta. ​Mi mente estaba en blanco. No podía pensar, no podía moverme. Solo podía sentir su toque, y el poder que emanaba de él. ​Finalmente, Alistair retiró su mano. El aire a su alrededor parecía más frío sin su contacto. Se giró hacia el barman, que apareció de la nada, con una botella de champán de etiqueta dorada. ​—Otra botella para la mesa —ordenó, su voz volviendo a ese tono imperativo—. Y asegúrate de que ella la sirva. ​El barman asintió y se retiró. ​Alistair volvió a mirarme, su mirada más penetrante que antes. ​—Ahora vete, Clara Meadows. Y sé una buena chica. ​La orden fue clara. Mi cuerpo reaccionó antes de que mi cerebro lo procesara. Me di la vuelta, tropezando ligeramente con mis propios pies. Caminé lo más rápido que pude, sintiendo su mirada en mi espalda, hasta que la seguridad del bullicio del salón me envolvió de nuevo. ​Roxy me esperaba a un lado, con los ojos como platos. ​—¿Qué fue eso? ¿Te tocó? ¿Qué te dijo? ¡Se te pusieron los ojos como los de un Bambi! ​Yo no podía hablar. Mi corazón seguía latiendo como un tambor de guerra. Solo pude tragar saliva, intentando asimilar lo que acababa de pasar. ​Alistair. Él no era como los hombres de mi pueblo. Era peligroso. Y por alguna razón, mi instinto me decía que no quería alejarme de él, sino todo lo contrario. ​La botella de champán llegó, deslumbrante. El barman me la entregó con una sonrisa forzada. ​—Dice el señor Vaughan-Sinclair que esta es la tuya —dijo, y me empujó de nuevo hacia el corazón del depredador. ​Volví al nido del león. Con la botella fría en mis manos y el estómago revuelto. El camino de regreso a la mesa de Alistair se sintió como caminar hacia mi propia ejecución, solo que mi verdugo vestía un traje de tres piezas que probablemente costaba más que toda la maquinaria agrícola de mi padre. Sostenía la botella de champán con ambas manos. Estaba tan helada que me entumecía los dedos, pero no me atrevía a soltarla. Alistair no había dejado de mirarme ni un segundo mientras me acercaba. Julian, su amigo rubio, parecía divertirse con mi incomodidad, pero bajo la mirada de Alistair, incluso su sonrisa parecía comedida. —Llegas tarde, Clara Meadows —dijo él cuando me detuve frente a su mesa. Su voz ronca cortó el aire como un látigo—. No me gusta esperar por lo que es mío. Mis mejillas se encendieron. —L-lo siento, señor. Había mucha gente en el pasillo... —Alistair —me interrumpió—. Para ti, solo Alistair. Me quedé helada. ¿Llamarlo por su nombre de pila? Eso iba en contra de todas las reglas del manual del empleado que Roxy me había obligado a leer (y que yo había intentado memorizar en el metro). —No creo que esté permitido... —susurré, intentando descorchar la botella. Mis manos, aún temblorosas, resbalaron sobre el cuello de cristal. El miedo a que el corcho saliera volando y golpeara la lámpara de araña de un millón de dólares me estaba paralizando. De repente, sentí una presencia abrumadora detrás de mí. Un calor intenso me envolvió la espalda antes de que sus manos, grandes y firmes, se posaran sobre las mías. Alistair se había levantado. Estaba tan cerca que podía sentir su respiración en mi coronilla. Sus manos cubrieron las mías por completo, rodeándome en una especie de abrazo protector y posesivo al mismo tiempo. —Déjame ayudarte —murmuró cerca de mi oído. Su voz vibró directamente en mi columna vertebral—. Eres tan pequeña que la botella parece que va a ganarte la batalla. Con una facilidad pasmosa, sus dedos guiaron los míos. Se escuchó un pop sordo y elegante. No hubo espuma desperdiciada, ni desorden. Solo el aroma a uvas caras y poder. Él no soltó mis manos de inmediato. Se quedó allí, manteniendo la presión, asegurándose de que yo sintiera la diferencia de fuerza entre nosotros. —Sirve —ordenó, soltándome lentamente. Llené su copa. Mi mano flaqueó un poco, y una gota rebelde resbaló por el costado del cristal. Antes de que pudiera reaccionar, Alistair tomó la copa, pero no para beber. Me miró fijamente a los ojos, llevó la copa a sus labios y luego, con una lentitud tortuosa, usó su pulgar para limpiar la gota que yo había dejado escapar. —En mi mundo, Clara, los detalles lo son todo —dijo, lamiendo la gota de champán de su propio dedo sin apartar la vista de la mía—. Si algo no es perfecto, lo descarto. Pero tú... tú tienes un tipo de imperfección que resulta fascinante. —Solo soy una mesera, señor... Alistair —corregí rápido al ver cómo sus ojos se oscurecían. —No —sentenció él, dejando la copa en la mesa con un golpe seco que me hizo dar un saltito—. Esta noche eres mi mesera. De nadie más. Si algún otro hombre en este club intenta llamarte, si alguien intenta ponerte una mano encima o incluso si te piden que les sirvas agua, vendrás a mí. ¿Entendido? Me quedé sin aliento. —Pero... tengo otras mesas. Roxy dijo que... Alistair sacó una tarjeta negra de su billetera y la lanzó sobre la mesa de cristal. Ni siquiera miró a Julian, que observaba la escena con una ceja levantada. —Acabo de comprar tu tiempo por el resto de la noche. Y si me complaces, quizás compre mucho más que eso. El nudo en mi estómago se apretó. No entendía si era miedo o una emoción prohibida que nunca había sentido en Churchill. Él no me estaba pidiendo permiso; estaba dictando los términos de una rendición que yo ni siquiera sabía que había firmado. —¿Qué significa "complacerlo"? —pregunté, con una ingenuidad que hizo que Julian soltara una risita. Alistair se inclinó hacia delante, invadiendo mi espacio personal hasta que nuestras narices casi se rozaron. Sus ojos azul acero eran ahora un océano profundo en el que me estaba ahogando. —Significa que a partir de este momento, tus ojos solo me miran a mí. Tus oídos solo escuchan mi voz. Y cuando yo diga "ven", tú no preguntarás por qué. Solo vendrás. Extendió la mano y, con un movimiento posesivo, tomó un mechón de mi cabello rubio, enroscándolo en su dedo índice. —Eres demasiado pura para este lugar, Clara.
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