El corazón me golpeaba contra la garganta con una violencia que me hacía dudar de si mis costillas aguantarían mucho más. Apoyada contra la madera de la puerta del baño, escuchaba mi propia respiración: un jadeo entrecortado, húmedo, el sonido de una presa que sabe que el cazador ya ha entrado en la madriguera. Mis dedos, todavía torpes y gélidos, tiraron de la tela de la pijama empapada. El pijama se pegaba a mi piel con la frialdad de un sudario. Estaba a mitad de camino, con la camisa a la altura de los hombros, cuando el sonido de dos nudillos golpeando la puerta me dejó paralizada, como si un rayo me hubiera atravesado el espinazo. Toc. Toc. —¿Qué pasa, Clara? ¿Te has ahogado en tu propia vergüenza? —Su voz llegó desde el otro lado, filtrándose por las rendijas, cargada de ese barí

