+ El estruendo de la puerta al cerrarse todavía vibraba en los cristales de las ventanas cuando mis rodillas cedieron por completo. No fue una caída elegante; mis articulaciones simplemente se desconectaron, y mi cuerpo colapsó contra el suelo de madera, produciendo un golpe seco que resonó en el vacío de la estancia. Me quedé allí, ovillada sobre el piso frío, con la toalla blanca desparramada a mi alrededor y los pulmones ardiéndome como si hubiera corrido un maratón. Mi respiración era un desastre: jadeos cortos, erráticos, que apenas lograban oxigenar mi cerebro. ¿Qué acababa de pasar? Las palabras de Alistair, esas promesas brutales, directas, desprovistas de cualquier barniz de cortesía, daban vueltas en mi cabeza como una calesita de pesadilla. “Quiero follarte tan duro que olvide

