Mis mejillas ardían tanto que juraría que podía encender una cerilla en ellas. El recuerdo visual se me había quedado grabado a fuego en la retina: su anatomía era... intimidante. No pude evitar que mi mente, en un arrebato de pánico y curiosidad involuntaria, catalogara lo que acababa de ver. Era imponente, de una tonalidad clara, gruesa y marcada por venas que hablaban de una potencia física que me hacía sentir más pequeña que nunca. Mi estimación interna, entre el terror y el asco propio por estar midiendo "eso", me decía que superaba los dieciocho centímetros con facilidad. —¿Qué tengo qué? —La voz de Alistair cambió. Ya no sonaba asustado por mi grito, sino divertido. Escuché el sonido de la cama hundiéndose bajo su peso mientras se sentaba cerca de mis pies—. Oh, vamos, Clara. No me

