—Vete, Clara. Mejor vete ya —repitió Alistair, su voz cortando el aire con esa autoridad que no admitía réplicas, como si cada segundo que yo permanecía en su presencia fuera un gasto innecesario de su valioso tiempo. —Voy por mi bolso —atiné a decir, sintiendo que las piernas me flaqueaban. Justo cuando mis dedos rozaron el cuero gastado, mi teléfono empezó a vibrar con una insistencia frenética. El sonido era estridente, casi violento en medio de aquel silencio sepulcral de mármol y cristal. Saqué el aparato de la bolsa y vi el nombre en la pantalla. Sentí un vuelco en el estómago, una mezcla de esperanza y terror puro. —Es mamá —susurré, girándome hacia él. Necesitaba su permiso incluso para respirar, o al menos así me hacía sentir su mirada. Alistair se cruzó de brazos, apoyando su

