—No... no sé qué decir, Roxy —balbuceé, sintiendo que las paredes de la cocina se inclinaban hacia mí. El frío del suelo, mezclado con la leche derramada, me calaba los huesos—. No te imaginas lo que pasó cuando estaba con él. Lo mandé al diablo. Fui orgullosa, fui... fui yo misma. ¿Cómo se supone que regrese ahora? ¿Cómo me ofrezco? No quiero ser una puta, Roxy. No soy eso. Las palabras salieron cargadas de una bilis amarga. La sola idea de ponerle precio a mi cuerpo, a esa parte de mí que había guardado con tanto celo en Churchill, me revolvía el estómago. Roxy soltó un bufido cargado de sarcasmo y me tomó de los hombros con una fuerza que me obligó a enderezarme. —¡Deja de decir tonterías, Clara! —me espetó, y su voz resonó en el pequeño apartamento como un látigo—. ¡Reacciona! Piens

