Comía con una voracidad animal, como si los cereales pudieran llenar el hueco n***o que el miedo estaba cavando en mi pecho. Introducía las cucharadas una tras otra, sin apenas masticar, sintiendo el frío de la leche bajando por mi garganta. Era una escena patética: la mujer que valía una hipoteca y una cirugía de corazón, comiendo sobras en pijama, con el cabello aún húmedo y la mirada perdida en la pared descascarada. De pronto, la pantalla de mi celular, bocabajo sobre la encimera, se iluminó con un destello azul. Un solo mensaje. "Puedes abrir la puerta." El impacto fue físico. El aire se me quedó atascado en los pulmones y, en un acto reflejo de puro pánico, la leche y el cereal salieron disparados de mi boca. Escupí todo sobre la encimera y, para mi horror, una cascada blanca y v

