Capítulo 4: Sueño húmedo

3410 Words
Gianmarco Me acaba de despertar el timbre de mi móvil. Todavía estoy en la cama cuando el desgraciado comienza a timbrar e inmediatamente lo tomo de donde está. No esperaba recibir esa llamada tan temprano, sin embargo, cuando miro la pantalla veo que efectivamente se trata de quien imaginaba. No puedo evitar sentir la satisfacción que siento y una sonrisa ladina aparece en mi rostro, mientras acomodo la cabeza sobre la almohada y paso el brazo de la mano libre por detrás. Dejo que el teléfono repique unas cuantas veces y finalmente respondo: —¿Dígame? —todavía sonrío cuando lo hago. —¿Es Gianmarco De Angelis? —Reconozco la voz. —Mejor diga quién quiere hablar con él —finjo no saber de quién se trata. —Es Alessia Salvatore. ¿Me recuerda? Me pidió llamarle en la mañana. —¿Le pedí llamarme? ¿Está segura? Guarda silencio unos instantes como si dudara. —Bueno, no exactamente así. Me pidió llamarlo si quería contratar sus servicios y es justamente lo que voy a hacer. Quiero comenzar a recibir su protección hoy mismo. Ahora, si es que no tiene otros planes. Eso está mejor. —No tengo otros planes, pero creo que ahora en la mañana no podrá ser. Había tenido una noche de antro, intensa, y había despertado con resaca. En la noche, después de ultimar los detalles con Franco, decidí que tendría un poco de diversión y así fue, solo que al parecer ahora me estaba cobrando factura. —Si no tiene otros planes, ¿qué se lo impide? La niña me estaba saliendo preguntona. Algo sumamente desagradable para mí. —Señorita, Alessia —el sarcasmo era inminente—, pasé prácticamente toda la noche bebiendo y follando —fui sincero—. No tenía ni puta idea de que llamaría. No creí que lograría convencer a su señora madre —miento, sé perfectamente de lo que es capaz y nunca dudé que terminaría por salirse con la suya—. Si quiere que le brinde un óptimo servicio, será mejor que me deje descansar. —Como ya ve se equivocó —habla airosa—. Y descansar puede hacerlo aquí, en casa. Su habitación está lista y esperando por usted. Creí que mi confesión le ruborizaría, sin embargo, su respuesta me demuestra todo lo contrario. Aunque la chica ya tiene dieciocho años, es mayor de edad y no dudo para nada, que sepa a la perfección de lo que hablo. Posiblemente, ya lo esté ejercitando. —Puede traer sus cosas, si lo desea. Pienso que mientras más rápido se instale será mejor —me lo estaba pensando—. Solo si lo desea, ¡eh! Que le quede claro que no lo estoy condicionando a nada. Es libre de hacer lo que desee. Lo último me acabó de convencer. Es bueno que lo tenga claro. —Siempre ha sido y será así, pero me alegra que lo haya podido ver. El reconocimiento también es una virtud, ¿lo sabía? —Y no es que yo la posea mucho, pero sí, tengo claro que es una virtud. Aunque las mías sean otras totalmente diferentes. —Si son opuestas no son virtudes, son defectos... —Que tenemos todos, porque nadie es perfecto —me cortó y concluyó a su manera, pero tenía que admitir que no estaba del todo errada. Defectos tenemos todos y yo tenía muchos. No pude hacer más que sonreír. —Entonces, ¿se viene o no? —El tono en sus palabras dejaban al descubierto su intención y doble sentido. Era una cría atrevida, aunque no descartaba que luego saliera huyendo como cachorro asustado. —Me voy —respondí en el mismo tono de voz. Cualquiera que fuera su juego se lo seguiría solo con tal de estar donde quería—. En unos minutos estoy allá. —Bien, ya yo estoy fuera de la cama. La empleada le abrirá en cuanto llegue. Ya debe estar en casa. No escucho nada más. Ni siquiera termino la llamada. Lanzo el móvil sobre la cama y me meto al baño. El dormir completamente desnudo me facilita el proceso. Soy bastante práctico. Después de prepararme y de ya estar casi listo, tomo las cosas que necesito para meterlas a una mochila y me voy a la cocina a prepararme un café. Lo necesito con urgencia. Dejo lista la máquina y estoy regresando a la habitación cuando siento el timbre de la puerta. —¿Quién demonios será a estas horas? Me cuestiono mientras camino en dirección de donde vino el sonido. Al parecer el visitante tiene prisa, pues el dedo se le ha pegado del maldito timbre. Antes de abrir hago lo de siempre. Observo por la mirilla para ver de quién se trata. Son costumbres que se adquieren con esta profesión. Un hombre precavido vale por dos. «¿Y esto qué es? ¿Mataré al maldito que le dio esta dirección?». Pienso, al tiempo que arrugo el ceño. No estoy de humor para esto. Odio que invadan mi privacidad. Que invadan mi espacio. Que dé gracias que no la dejo esperando y cuando salga pase por su lado como si no hubiera nadie. Llevo una mano a mi rostro y después de barrerlo, abro la puerta, pero me quedo en medio. La chica sonríe y cuando viene sobre mí, le doy la espalda, y me meto al apartamento. Escucho cómo viene detrás. —¿Quién te dijo dónde encontrarme? —cuestiono mientras camino en dirección a la cocina por el bendito café, ya que la máquina debe haber terminado. —Gian, ¿ahora me tratarás así? —¡Responde a mi pregunta! —Me la dio Franco. —¡Hijo de puta! —ese no había sido un pensamiento. —Gian, ¿tan mal te ha sentado mi visita? No respondo. Estoy bebiendo mi café, aunque ya ni siquiera lo estoy disfrutando. Lo bebo de un trago y me voy directamente a la habitación. Nana debe llegar más tarde para ocuparse de la limpieza. —¿Ahora me dejarás hablando sola? ¡Gian! —Me toma del brazo. —¡Suelta, Natalia! —hago un movimiento brusco —. Te dije que no me buscaras. Te lo advertí, pero te valió madres mi advertencia. Te dije que yo te buscaría, pero la culpa la tiene Franco. Ya verá cuando lo tenga en frente. —Franco no tiene la culpa. Casi le rogué para que me diera la dirección. Le mentí para que lo hiciera. No la tomes con él que la culpable soy yo. En silencio, comienzo a recoger las demás cosas que voy a necesitar y las meto a la mochila. Luego mandaré a uno de mis chicos por lo demás. —¿Vas de viaje? —No respondo—. Gian, por favor. No es necesario que seas tan duro conmigo. —Odio que me cuestionen. —No lo estoy haciendo, Gian. Solo estoy preguntando si vas a viajar. Es simple curiosidad. —La curiosidad mató al gato y eso ya lo sabías. —Gian, por favor —casi implora. Cosa que no me agrada cuando es fuera de una cama, así que finalmente respondo: —Sí. —¿A dónde?, si es que se puede saber. ¿Será por mucho tiempo? —Natalia, ya te dije que no me gustan los cuestionamientos —dejo lo que hago y la miro—. No lo sabías porque no te he dejado saber nada de mí. Solo sabes que soy seguridad personal. ¿Ya te preguntaste por qué es que no te he dado acceso a mi vida? —Porque eres así. Eres un hombre reservado. —Te equivocas, Natalia. Siempre se le da entrada a la mujer que se ama. No importa cuan reservado seas... —Gian —sus ojos muestran tristeza, pero eso no me impedirá continuar. —En mi vida eso solo pasará con la mujer que ame. Las demás siempre se quedarán fuera —no estaba sintiendo ni el más mínimo remordimiento al pronunciar mis palabras. —Gian, por favor, me estás lastimando. ¿Cómo es que puedes ser tan cruel conmigo? ¡No soy tu enemiga! —Y tampoco la mujer que amo —sentencié y de inmediato la vi llorar—. Natalia, ¿qué prefieres? ¿Que sean sincero contigo o que te mientan? Guarda silencio. No habla. —Creo que prefieres que te mientan, pero yo no voy a mentir y menos para complacerte. Este soy yo, y nunca te lo había dejado ver porque hasta hoy jamás te metiste donde no te llamaron. Lo intentaste, pero no te lo permití. —Me estás haciendo daño, Gian. —El daño te lo estás haciendo tú. Aunque por lo visto la sinceridad te sienta mal cuando no se trata de lo que quieres escuchar, pero en fin, esto era algo que ya sabías. Lo que te he dicho no es nada nuevo para ti. Y por favor ya basta de llorar —hice gesto de fastidio—. Odio cuando una mujer llora en mi presencia. Seguí recogiendo las pocas cosas que me faltaban, ya que me había detenido para hablarle. —¿Al menos me dirás a dónde vas? ¿Te volveré a ver? —¿Después de lo que te he dicho quieres verme? —Le dediqué otra mirada. —Claro que sí, Gian. Siempre voy a querer verte —retiré la mochila y fui por unas cosas al baño, pero no sin antes dejar algo en claro: —Siempre y cuando te mantengas al margen de mi vida personal y te ubiques en el sitio que sabes te corresponde, podremos vernos —sonrío de lado mientras la miro retirar el indicio de lágrimas—. Follarte siempre será bueno —concluí. Aunque lo que expresa su rostro no es la máxima expresión de felicidad, sonríe. Sé que debe ser duro para ella, porque al parecer Natalia siempre tuvo una idea equivocada de lo que serían las cosas conmigo, sin embargo, con no verla llorar ya es suficiente para mí. Si quiere hacerlo que lo haga lejos de mi presencia. Voy al baño a lo que iba y vuelvo a entrar a la habitación. —Me verás en el club, siempre y cuando vaya y quiera verte. Así como lo hemos hecho siempre, Natalia. No cambiará nada. Tomo las cosas. Camino hasta quedar frente a ella y me inclino hasta quedar a su altura, para poder hablar en su oído. —La próxima vez que te vea llorar quiero que sea porque no soportas mi tamaño, así como lo haces cuando te clavo el culo, y con tus súplicas, en vez de detenerme te embisto con más fuerza. La siento gemir. —Te estaré esperando —habla mientras mi mano agarra su mentón, y mi dedo pulgar rueda por su boca hasta lograr que la abra. Se cuela dentro y trago grueso cuando lo chupa. El roce de su lengua caliente despierta en mí unos deseos inmensos de follarle la boca, y se me escapa un gruñido. —Natalia... —hablo cuando la veo descender hasta quedar de rodillas, justo a la altura de mi m*****o. Pero esta vez, por su desobediencia, no le voy a dar de comer. La imagen hace que el muy maldito quiera brincar fuera. Es lo único ante lo cual no brinda resistencia. Una buena mamada siempre es bienvenida. —Quiero hacerlo, Gian —susurró mientras se apoderaba de la bragueta del pantalón y en menos de nada lo dejó afuera. Apenas tuve tiempo de pensar. Su boca era rápida y yo amaba esa rapidez. Era lo único que amaba de ella. Sin embargo, las ganas no podían ser mi debilidad. Tenía que ser capaz de resistir para demostrarle quien era el que tenía el poder. La dejé hacer. Se apoderó de mi glande cual ladrona en la noche y engulló hasta el último centímetro, una y otra vez. Su boca se deslizó ágil por toda mi extensión y mientras yo gruñía, ella se empeñaba en propiciar mi derrame. Dejé que lo disfrutara por un minuto más hasta que se dio cuenta de que lo que buscaba, no pasaría. —¿Por qué no llegas, Gian? ¿Por qué no consigo hacer que te vengas? —cuestionó alzando el rostro para buscar el mío. —No lo sé —hice una mueca con la boca—. Será que estás perdiendo potencial y ya no consigues ni siquiera eso en mí —su rostro se contrajo. Movía levemente las mandíbulas tratando de disipar el dolor. Su empeño solo provocó eso—. ¿O será que anda molesto contigo por lo que hiciste? —Gian, basta ya por favor. Lo que hice no volverá a ocurrir. Yo... —Claro que no habrá una segunda vez, Natalia —tomé mi m*****o y con dificultad lo introduje en el bóxer. Estaba siendo molesto, ya que todavía estaba duro, pero solo era cuestión de pocos minutos para que volviera a la normalidad. Ella me observaba todavía de rodillas y me moví hasta la cama para tomar mi móvil. —Levántate —ordené de espalda. —¿En serio me dejarás así? —Hoy no tendrás lo que buscas. Como tampoco hoy he obtenido lo que buscaba de ti. —Gian... —Buscaba obediencia, Natalia. ¿En serio pensaste que lo dejaría pasar? —Enarqué una ceja—. Si lo pensaste es porque no me conoces bien y eso ya lo sabía. No me conoces en lo absoluto. La veo ponerse de pie. —Necesito irme. Se me hace tarde y sabes perfectamente que odio las impuntualidades. Más de una vez has visto cómo me follo a otra solo por hacerme esperar un minuto demás. Salgo de la habitación. No la veo, pero sé que viene detrás de mí. La puedo sentir. —¿Mi niño hermoso a dónde va? —pregunta nana al verme bajar las escaleras. La veo hacer un gesto como si se preguntara quién es Natalia. No está acostumbrada a ver chicas en el apartamento. Jamás traje a nadie. Solo mis compañeros de trabajo vinieron aquí. Al llegar abajo la abrazo y le doy un beso en la frente. Rosa o nana como le llamo me ha cuidado desde siempre. Mis padres se mantuvieron viajando u ocupados con sus trabajos. Ella es lo más cercano para mí a una madre. Con la biológica jamás creé el vínculo afectivo que tengo con ella. —Estaré fuera un tiempo, nana. Después te explico —le dejo ver con los ojos que no quiero dar más datos frente a Natalia. —¿No me dirás quién es la chica? —preguntó con una ceja en alto. —Mucho gusto, soy... —Natalia, una amiga —me adelanto por si pensaba dar otra respuesta. —¿Una amiga de esas con las que follas? —Miré a Natalia y pude ver cómo su rostro se contrajo. Una vez más mi nana dejaba al descubierto su falta de pelos en la lengua. —Nana... —Está bien, me callo —le dio una mirada rápida a Natalia y abotonó el cuello de mi camisa—, pero a mí no me engañas —susurró y le hice un guiño. Yo quedaba de espaldas a Natalia, así que no podía verme. —¿Pretendes ahogarme? —cuestioné mientras deshacía lo que había hecho. Volví a dejar nuevamente parte de mi pecho afuera. Jamás uso la camisa cerrada hasta el cuello como ella pretende que la lleve. —Llámame más tarde, mi niño. Y ya deja de usar la camisa de esa manera que tu profesión requiere que andes presentable. Así pareces un mamarracho —caminé hasta la puerta. —Sí, nana. Como tú digas. Más tarde te llamo —no estaba de humor para replicar, además eso sería significaría dilatar la conversación y por consiguiente mi retirada. Natalia caminó fuera del apartamento y aproveché para cerrar la puerta, después de aventar un último beso a la señora que me quería como si fuera su hijo, e igual la quería yo a ella, como a una madre. —¿Me llevarás a casa? —No —respondo sin verla, después de abrir la puerta del coche, desde la distancia. —Pensé que lo harías. —Últimamente andas pensando demasiado, Natalia. Viniste sola y sola te irás. Ya he dicho que ando de prisa. Y aunque no lo estuviera, tampoco lo haría. Nosotros no tenemos ningún tipo de relación. Lo que nos ha unido hasta el momento es solo sexo y nada más. Entro al auto y después de lanzar la mochila en la parte trasera, me pongo en marcha. En menos de media hora estoy frente al lujoso edificio en el que está el apartamento de las empresarias, después de haberme identificado en la entrada del condominio. Aparco en el amplio garaje y entro. Después de mostrar mi identificación al colega que guarda la entrada, otro más, pues el lugar tiene más seguridad que la casa presidencial, me dirijo al ascensor y en muy poco tiempo estoy frente a la puerta del Penthouse. Acciono el timbre varias veces y cuando estoy por hacerlo una vez más, la puerta se abre y me deja ver a una señora de unos cincuenta y tanto de años. La imagen me recuerda a mi nana. —Buenos días, caballero —saluda y se hace a un lado—. Pase, la señorita Alessia lo está esperando. —Buenos días —paso por su lado y me detengo en medio de la amplia sala. —Puede subir. Esas fueron sus órdenes —la miré con una ceja en alto. ¿Órdenes para quién? —Disculpe mi expresión, caballero. Las órdenes fueron para mí —bviamente interpretó mi mirada—. La señorita dijo que podía subir directamente a su habitación. Ya está lista. Es la tercera a la derecha. La habitación del frente es la de la señorita Alessia. ¿Necesita que lo acompañe? Preguntó y la observé de arriba a abajo. Hacerla subir esas escaleras sería como cometer asesinato. —Descuide, entendí perfectamente. La vi asentir con un movimiento de cabeza y de inmediato caminé hasta las escaleras. Subí hasta el pasillo que deja ver varias habitaciones, alineadas una frente a otra. Comienzo a moverme hasta la que había mencionado la empleada, pero cuando paso por la primera me percato de que la puerta está abierta. Esta debe ser la habitación de la señora Alessandra. Mi mano llega hasta la perilla de la puerta. Siento unos deseos inmensos de meterme, sin embargo, tengo claro que no puedo sobrepasar ciertos límites. O al menos es lo que pienso antes de escuchar lo que escucho. Ya me estaba retirando cuando siento que alguien pronuncia mi nombre dentro de la habitación. «¿Será que alguien con mi nombre se la está follando? No lo creo». Doy un paso atrás y poco a poco abro la puerta. No se ve mucho. Ya es de mañana, pero las cortinas de la habitación hacen que haya ausencia de luz. Camino con cuidado hasta situarme frente a la amplia cama donde yace una persona. Sin dudas es Alessandra. —Gianmarco... Mis labios se curvan en una sonrisa ladina al comprender lo que está pasando. «Está soñando conmigo». —Gianmarco, ¡que rico! Me quedo unos minutos disfrutando de la imagen que me brinda. Alessandra gime y se retuerce sobre la cama mientras pronuncia mi nombre. Obviamente en su sueño y conociéndome como me conozco, la tengo clavada hasta la garganta. Todavía no me ve en acción y ya está teniendo este tipo de sueños conmigo. «Traviesa que eres, pero como no es real y yo no lo estoy disfrutando, tampoco lo harás tú. No más de lo que ya lo hiciste». Pensé en sacudirla para despertarla, o mejor que eso, quiero tirar de sus pies hasta dejarla a medias fuera de la cama, pero pienso en que quizás está desnuda, así que camino hasta la amplia cortina que cubre una de las ventanas de cristal, y tiro de ella. La luz del sol inmediatamente irrumpe en medio del lugar. —¡Vamos, señora Alessandra! —exclamo mientras sonrío, imaginando su rostro al verme—. Ya es tarde para estar disfrutando de sueños húmedos, y menos a escondidas del protagonista. ¡Es hora de despertar!
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