Capítulo 3: ¿Te gusta?

3059 Words
Alessandra —Alessia, estoy hablando contigo. Estoy cansada de decirte que cuando lo haga no me des la espalda —reclamé a la malcriada y rebelde de mi hija. ¡Sí! Ya sé que aparentábamos ser dos desconocidas o quizás enemigas, pero era mi hija. Aunque muchas veces pienso que hubiera sido mejor no haberla tenido. Ahora no estaría pagando las consecuencias de mi infortunio. —No tengo nada más que hablar contigo, Alessandra. Así me nombraba. Jamás nos llamamos como lo hace una hija con su madre o viceversa. —¡Pero yo sí! —exclamé subiendo el tono. Casi fuera de mis cabales. Me enervaba en demasía que tuviera esa actitud despectiva cuando intentaba hablar de algún tema serio con ella. No estaba de acuerdo con la decisión que había tomado por su cuenta. No podía meter a ese hombre al apartamento. Ese desgraciado se me había atravesado en medio de la garganta, como lo hace una pequeña espina de pescado. Desafiarme no era una buena opción, y claramente él lo había hecho. Quien trabaja para mí se somete a mis órdenes y él se rehusó. Me dejó en ridículo frente a mi secretaria y dio vuelta a la situación para conseguir lo que deseaba, creyendo que se saldría con la suya. Eso sin contar que desde que lo vi algo sucedió en mí. No lo sabría explicar, pero así es. Su imagen pasaba por mi mente más de lo normal, haciéndome pasar saliva, y no continuaría alimentando eso, porque obviamente su presencia dentro de la casa lo haría. No iba a permitir verme forzada a convivir con el enemigo, porque ese demonio claramente lo era. —No meterás a ese hombre a este apartamento, Alessia, porque como bien dijiste es de ambas, y una sola no puede tomar decisiones sobre algo que afectaría a la otra. —¿Ah, no? —Se dio la vuelta, dejándome ver ese brillo peculiar en sus ojos azules. Un azul exactamente igual a los míos y que sé lo que guardan. Cada vez que me miraba de esa manera sabía que sus palabras venían cargadas de veneno. —¡No! —¿Y por qué demonios, si lo demás también es nuestro, solo tú decides? ¿Por qué solo tú tomas decisiones sobre cosas que me afectan directamente? Se refería las empresas. Cuando Favio murió, yo ya tenía en mi poder el cincuenta por ciento de las acciones. Era una empresa familiar en la que mis padres invirtieron la mitad del capital, con la condición de que fuera así. Luego, como viuda, se añadieron a esas el veinticinco por ciento de las de él. Era la socia mayoritaria con el setenta y cinco por ciento. El CEO de la empresa. No había usurpado nada. Todo lo que tenía era porque me correspondía por derecho. —No es lo mismo, Alessia. No hagas comparaciones. El puesto que ocupo lo adquirí por derecho. —Un derecho que también pudo ser mío. ¿O acaso no soy tu hija? —el brillo en el azul de sus ojos aumentó. Sus palabras debían haber provocado algún efecto en mí, sin embargo, no lo hicieron. Era incapaz de sentir emociones a causa de esa palabra. ¿Hija? No, aquello en mí no despertaba absolutamente nada. —No tiene nada que ver. Soy la accionista mayoritaria. Legalmente, eso me coloca a la cabeza... —Ni siquiera eres capaz de responder a mi pregunta. No tienes corazón, Alessandra. ¡Eres un maldito témpano de hielo! —espetó, cortando mis palabras. —Alessia... —traté de detenerla. —Deberías convivir en la Antártida. Te aseguro que allí serías más feliz —hizo una mueca de desagrado—. No vengas a pedirme nada que no estés dispuesta a darme. Ese hombre, como lo llamas, estará en esta casa mientras esté trabajando para mí, y ojalá y sea para siempre —se puso en marcha y se dirigió a la cocina, conmigo detrás—. ¡Si tanto te molesta que esté aquí, vete de la casa! Escucha mi consejo y lárgate a cualquier otro lugar tan frío como tú. Una madre se sentiría herida con esas palabras, lo sé, sin embargo, seguí sin sentir absolutamente nada. Quizás ella tenía razón y dentro de mi pecho solo había un foso oscuro. —No me iré a ningún lado. Este es el apartamento familiar... —¿Y eso qué? —Me interrumpió—. ¿Qué importancia tiene que sea el apartamento familiar? ¿Acaso somos una familia? —cuestionó mientras me veía con actitud desafiante—. Y no vengas a decirme que estás aquí por el recuerdo de mi padre, porque sé de sobra que te importó una mierda. No tienes corazón en esa cavidad torácica, Alessandra, así que no me jodas, porque harás que cometa una locura —la dejé desahogarse. Sacar todo le haría bien, aunque ni siquiera sabía si su bienestar me importaba—. Me conoces. Sabes perfectamente de lo que soy capaz. Mi agente de seguridad vendrá para esta casa mañana mismo. Ya lo llamé y le pedí venir a primera hora de la mañana. Alessia estaba herida. Y era una herida que yo no podía sanar. Lamentablemente, no podía hacer nada para solucionar eso, así que para no dañar más las cosas, decidí ceder. No era algo a lo que estaba acostumbrada, sin embargo, decidí hacerlo. Estaba intentando huir de algo con lo que sabía que podía lidiar. ¿De qué exactamente estaba huyendo? Aquel no sería más que un agente de seguridad. Un empleado más de la casa al cual no debía dar la más mínima importancia. Y si estaba dentro de ella, a pesar de su arrogancia, también tendría que acatar mis órdenes, así que por mí todo estaría bien. —Vendrá solo con una condición. Tampoco es que fuera estúpida. Había nacido bastante lista. Lo suficientemente como para no dejar a nadie jugar conmigo. —No aceptaré condiciones, Alessandra —replicó. —Todo el tiempo que esté fuera de su habitación, estará correctamente vestido—capté su atención—. No andará por aquí como si fuera el macho de esta casa, porque no lo es. Su comportamiento aquí será absolutamente profesional. Que cumpla con esa regla y no tendremos problemas. De lo contrario se irá. ¿Lo tomas o lo dejas? ¡Es eso o nada! Y ya sabes que si me pongo terca no entra. Pensó por un momento, y por el simple hecho de hacerlo supe que aceptaría. No era nada del otro mundo, a fin de cuentas no estaba pidiendo nada que aquel demonio no tuviera que hacer. Solo que aquello era un arma de doble filo y tarde o temprano terminaría actuando a mi favor. En muy poco tiempo lo tendría fuera de la casa. A ese demonio le costaba acatar órdenes y me lo había dejado bien claro. Eso jugaría a mi favor. —Ok, pero que conste que solo lo hago para no tenerte detrás de mí todo el maldito día. No me interesa si está correctamente vestido fuera de la habitación, después de todo es un profesional y para mi fortuna en lo que hace es el mejor —comenzó a beber la leche que había tomado del refrigerador —. Donde quiero que esté desnudo es dentro. ¿Qué? ¿En serio esas eran las intenciones de Alessia, o solo lo estaba haciendo para incomodarme? Aunque, ¿por qué razón algo como eso me molestaría? —¿Estás hablando en serio? —Por supuesto que sí —aseguró después de beber un sorbo—. ¿Tienes algún problema con eso? —interrogó alzando una ceja. Aquel cuestionamiento tenía un doble sentido y no me haría caer en su juego. —Pues no —fingí no darle importancia—. Eres libre de hacer lo que te plazca con tu cuerpo, siempre y cuando no perjudiques mi nombre ni el de la empresa. —Perfecto. Una vez más pones por encima de tus deberes de madre, tu buen nombre y el de la empresa. ¡Bravo por ti, Alessandra! Cumples a la perfección tu papel. —No discutiré contigo, Alessia. Ya sabes lo que tienes que hacer. Infórmale a... tu agente —iba a decir otra cosa, no muy agradable—. Al primer incumplimiento se larga y que cumpla con su servicio desde fuera, como lo hacen todos. —¿Te gusta? —el vaso con agua que tenía en la mano y que hacía un momento había tomado del refrigerador, casi cae al suelo. Definitivamente, la pregunta me había tomado por sorpresa. —¿Gustarme qué? —Me hice la tonta. —Él, Alessandra, Gianmarco De Angelis. ¿Te gusta? Sus ojos me observaron como si quisieran ver a través de mi alma, y mi estómago se contrajo al escucharla pronunciar el nombre. ¡No! No me gustaba. Fue lo que me repetí en milésima de segundo, sin embargo, estaba sintiendo esa sensación extraña, como cuando haces o planeas hacer algo indebido y eres descubierta. Tragué grueso. —¡Por supuesto que no! —exclamé, mientras intentaba retomar la compostura. ¿Y por qué diablos la había perdido? Algo estaba mal—. Ya me has faltado el respeto muchas veces, pero no permitiré que me lo faltes de esta manera. —¿Tienes algún delito? —preguntó burlona y enarqué una ceja. —¿Perdón? —Sí, porque con mi pregunta no te estoy faltando el respeto. Todavía eres una mujer joven, y además eres libre. Puedes perfectamente sentir deseos por alguien. Aunque sería solo eso, porque ya sabemos que eres incapaz de sentir amor. —Si no siento amor es porque así lo he decidido. Además, jamás podría sentir amor por alguien como él. —¿Ah, no? ¿Y eso por qué? —ahora fue ella quien alzó una ceja—. Gian es un hombre sumamente atractivo y encantador. Con un poco de mal carácter por lo que vi. El hombre te puso en tu lugar —rodé los ojos ante la rabia que me provocaba aquel hecho—, pero por lo menos sabemos que no es un flojo y eso pudo haber llamado tu atención. —Ya te dije que no sentiría absolutamente nada por alguien como él —dije depositando el vaso sobre la mesa. —Alessandra, por favor, ya basta. No sé si estás sintiendo cosas por él y tampoco me importa, lo que sí sé es que en los sentimientos del corazón nadie manda. Es una de las pocas cosas que a pesar de tener tanto poder y dinero no puedes controlar, así que ya deja de decir que has decidido no sentir amor. Si no lo has sentido es porque tienes el corazón seco o simplemente porque no ha llegado el indicado, ¿o sí? —inquirió, molestándome. —Ya deja de intentar joderme con eso, Alessia. No voy a caer en tus provocaciones. —¿Y quién dice que te estoy provocando? Solo digo lo que pienso —se encogió de hombros. —Últimamente estás pensando demasiado, cuando en lo único que tienes que pensar es en mejorar tus calificaciones. —Como si te importaran. Mi vida no te importa, Alessandra. Ni siquiera te ha interesado que a mis dieciocho años ya esté follando. —¿Lo estás haciendo? —pregunté deteniéndo mis pasos. Había comenzado a salir de la cocina. Ya había cenado. Teníamos por costumbre comer temprano. Por lo menos yo, ya que después de que ella alcanzó la mayoría de edad salía y no tenía hora de regreso. Muchas veces dejaba pasar la hora de la cena, y cuando eso pasaba, le tocaba hacer lo que ahora, calentarla o prepararse algo por su cuenta. Las empleadas tenían la autorización para irse a descansar una vez terminadas sus labores, así que a más tardar a las diez de la noche, ya no quedaba nadie del servicio. —¿No creo que te importe? —¿Y entonces por qué me lo dices? Ya eres mayor de edad y libre de hacer lo que quieras. ¿Me hubieras hecho caso si te hubiera dicho que no lo hicieras? —Me moví hasta quedar frente a ella. Todavía permanecía sentada en la silla, al pie de la mesa. —Desde luego que no. Soy mayor de edad, puedo elegir. —¡Perfecto! —exclamé más que satisfecha con su respuesta. Ella solo buscaba la atención que siempre se había negado a recibir de mí, y aunque admito que no era mucha, alguna sí le mostré—. ¿Ves cómo me das la razón? Eres mayor de edad, cariño. Hace mucho que querías ser libre e independiente, ¿o ya olvidaste las batallas que teníamos cuando querías hacer algo y no te lo permitía? Guardó silencio. —Pues bien, ya eres mayor de edad y libre para decidir en tus cosas, entre ellas tu virginidad. Si hasta ahora me lo dices es porque nunca antes te interesó que lo supiera, pero en fin, tú sabrás. Le di la espalda y me dispuse a salir. Ya estaba casi bajo el marco de la puerta, cuando habló: —Alessandra —no miré, solo me detuve y ladeé el rostro—. Todavía soy virgen —susurró en un tono de voz que ya no la mostraba a la defensiva, y asumí que quizás quería hablar sobre el tema, así que me di la vuelta para verle. —¿Quieres hablar? —¿Contigo? —Alessia... —No —respondió, cortando toda intención de hablar que había tenido—. Solo voy a decirte que me alegra muchísimo el que tus ojos no se hayan posado sobre Gian. —¿Ahora lo llamarás así? —¿Y por qué no? ¿Te molesta? —No sigas con lo mismo, Alessia. —Aunque, no me hubiera importado que lo hubieras hecho. No le habría dado la más mínima importancia. —No seguiré hablando sobre algo tan absurdo. No voy a pelear contigo la posesión de un hombre que no pertenece a ninguna de las dos. Y menos cuando esa persona no me interesa. ¿Te queda claro? Otra vez el silencio. Solo una mueca despectiva se dibujó en su rostro. —Puedes hacer lo que te plazca. Yo me voy a la cama. Buenas noches. Salí de la cocina y me largué a mi habitación. Ya estaba lista para dormir, pero por alguna razón no podía conciliar el sueño. Comencé a dar vueltas en la cama mientras la imagen de cierta persona rondaba mi mente. La puerta de la habitación estaba cerrada, sin embargo, en ese momento sentí como si hubiera sido abierta, y abrí los ojos. Efectivamente, alguien estaba dentro de la habitación. En medio de la oscuridad y de la luz que se filtraba a través de la abertura de la puerta, divisé una silueta. No parecía la figura de Alessia, ya que las proporciones eran completamente distintas, pero solo ella y yo estábamos en la casa. Por otro lado, Alessia jamás entraba a mi habitación. Me resultó extraño, pero deseché la idea de que pudiera tratarse de alguien más. La casa era más que segura y, estaba llena de alarmas y cámaras de seguridad. Eso sin contar que también disponía de vigilancia y el condominio era uno de los más seguros de toda Italia. A esas horas de la noche el guardia de vigilancia no le permitía la entrada a ningún desconocido. Solo los residentes podían entrar. —¿Alessia, eres tú? —hice la pregunta y me incorporé en la cama. Quedé sentada y reclinada del espaldar. Mi habitación era inmensa y desde mi posición no lograba ver bien. —Alessia, si es una broma es de muy mal gusto. ¿Eres tú? La imagen comenzó a moverse en mi dirección y mi corazón se despotricó. No latía, brincaba queriendo salir de mi pecho como si hubiera corrido una maratón. Rápidamente hice un brazo a un lado de la cama, y sin dejar de mirar la silueta, busqué encender la lámpara de noche que yacía sobre el gavetero. Mi mano tropezó con todo lo que había y varias cosas cayeron al suelo, pero logré encenderla. —¿¡Tú!? —exclamé atónita al ver de quién se trataba. La imagen del hombre quedó descubierta ante mí, haciéndome tragar grueso. Mi corazón latía con el mismo frenesí. —¿Qué estás haciendo en mi habitación? Busqué ver la hora, pero fue inútil. El móvil estaba en el suelo. —Te hice una pregunta —repetí ante su silencio. Se había detenido frente a la cama y me observó con un brillo perverso en sus ojos. Tenía el torso desnudo y solo una toalla cubría sus caderas. Mi boca se entreabrió al divisar esas proporciones tan bien formadas, cubierta por toda esa musculatura. De repente comencé a sentir un calor asfixiante y mi espalda se pegó más al espaldar. —¿Estoy soñando? —cuestioné al ver que se mantenía en silencio. Sacudí el rostro varias veces, y pasé una mano por él en un intento fallido por despertar. «¡Dios! Esto tiene que ser un sueño. ¿Qué hora es? Acabo de acostarme. No pude haber dormido tanto. Todavía no es de mañana». Todas esas preguntas y más se debatían en mi mente, mientras él parecía disfrutar de mi estado. —¡Voy a gritar! —exclamé, presionando más la espalda contra el espaldar—. Si no sale ahora mismo de mi habitación, voy a gritar. —Sssh —siseó mientras cruzaba sus labios con el índice—. No te esfuerces más en mentir. Lo último que quieres es que salga de esta habitación. No me quieres fuera, Alessandra. Ya deja de ser hipócrita. Me quieres dentro, muy dentro de ti. Su voz gruesa e imponente me hizo estremecer. Sus manos se aferraron a la toalla y después de soltar el agarre, la dejó caer al suelo. Me resistí a mirar en esa dirección, pero mi instinto me traicionó. Mis ojos fueron directamente hasta su m*****o y no pude evitar relamerme los labios al ver lo bien dotado que estaba. ¿Qué era lo que estaba pasando conmigo? ¿Por qué demonios no estaba gritando?
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