Capítulo dos: Rutina rota

896 Words
A la mañana siguiente me desperté con una sensación rara en el pecho. Me quedé un rato más en la cama, mirando el techo de mi pequeño apartamento, hasta que Fitz, mi gato saltó sobre mi estómago exigiendo desayuno. —Está bien, ya voy —murmuré. Bajé, abrí la librería a las diez en punto y me sumergí en la rutina, café, ordenar estantes, revisar pedidos. El día fue relativamente tranquilo hasta las cuatro y media de la tarde. La campanita sonó. Levanté la vista y allí estaba otra vez Jax, con las dos muletas, el yeso enorme en la pierna izquierda. Se movía con dificultad, pero entraba con esa presencia que parecía llenar toda la librería. Traía una gorra baja y una sudadera oscura. Fitz se escondió detrás del mostrador. Jax se detuvo frente a mí, apoyado en las muletas. —Vine a pagar mi deuda —dijo sin preámbulos. Suspiré. —Te dije que no era necesario. —Siempre pago lo que debo. Miró alrededor un momento y luego se dirigió hacia una de las mesas del fondo, la misma donde se había escondido el día anterior. Se sentó con esfuerzo, dejando las muletas a un lado. Durante los siguientes veinte minutos se dedicó a recorrer los estantes cercanos, cojeando con una muleta mientras sostenía la otra. Tomaba libros, los miraba, y los iba apilando sobre la mesa. Me acerqué con los brazos cruzados. —¿Vas a comprar toda la sección? Él se encogió de hombros y siguió revisando. —Tal vez. Cuando finalmente llegó al mostrador, traía una pila bastante alta y variada, una biografía de un general de guerra, una novela negra, un libro de historia de Nueva York, un thriller psicológico, hasta un libro de cocina italiana y otro sobre mitología griega. Pasé los libros uno por uno, arqueando una ceja. —¿Lees de todo esto? Jax se apoyó en el mostrador, claramente cansado por el esfuerzo de moverse con las muletas. —No realmente —admitió con honestidad—. La lectura nunca fue lo mío. En el colegio me obligaban y en la universidad solo leía los manuales de jugadas. Lo miré un segundo, sorprendida por la respuesta sincera. —Entonces… ¿por qué compras todo esto? —Porque no sé qué me gusta —respondió encogiéndose de hombros—. Pensé que era un buen momento para averiguarlo. Me quedé callada. No esperaba esa respuesta. Terminé de pasar los libros y le di el total. Pagó con la misma tarjeta Centurion sin pestañear. Mientras metía los libros en dos bolsas grandes, no pude evitar comentarle —Si quieres, te puedo recomendar algunos que sean para empezar. Jax me miró con esos ojos verdes intensos. —Te escucho. Dudé un segundo, pero terminé recomendándole tres libros de la pila y agregando dos más que saqué de los estantes, una novela contemporánea bien escrita y un libro de relatos cortos. —Estos pueden ser un buen comienzo —dije, tratando de sonar profesional—. No son densos, pero tampoco te insultan la inteligencia. Él asintió con seriedad, como si realmente estuviera tomando nota. —Gracias. Se quedó sentado un rato más en la mesa del fondo, abrió uno de los libros que le recomendé y empezó a leer. O al menos lo intentó. Lo vi pasar páginas con el ceño fruncido, como si estuviera esforzándose más de lo que quería admitir. Yo seguí trabajando, pero era imposible no ser consciente de su presencia. Un famoso de 1.95 m, con yeso y muletas, sentado en mi librería intentando leer. A las seis y media, cuando ya estaba por cerrar, se levantó con dificultad. —Creo que por hoy es suficiente —dijo. —¿Encontraste algo que te gustara? —pregunté por cortesía. —Todavía no —admitió—. Pero no me rindo tan fácil. Me miró un segundo más de lo necesario. —Gracias por las recomendaciones, Sloane. —No hay de qué. Salió cojeando con sus dos bolsas llenas de libros y las muletas. Cuando la puerta se cerró, solté el aire. Después de que Jax se fuera, me puse a ordenar los estantes que había revuelto con su enorme pila de libros. Fitz me seguía de cerca, saltando entre las mesas. Mientras colocaba los títulos en su lugar, mis dedos se detuvieron en un libro de la estantería de ficción contemporánea. Ese libro. Una oleada de repulsión me subió por el pecho. Lo agarré con dos dedos, como si me diera asco tocarlo. El simple hecho de verlo ahí me provocaba náuseas. Lo empujé con fuerza al fondo del estante, detrás de varios libros más gruesos, donde no tuviera que verlo nunca más. —Basura —murmuré con rabia contenida. Fitz maulló desde el suelo, como si aprobara mi reacción. Terminé de cerrar caja, apagué las luces principales y subí las escaleras hacia mi apartamento. El olor a vainilla de la vela me recibió, pero el mal sabor de boca seguía ahí. Me serví una copa de vino, me quité los zapatos y me senté en el sillón junto a la ventana. Desde ahí observé la calle tranquila. Apagué la vela, me metí en la cama y abracé la almohada con fuerza. Fitz se acomodó a mis pies. Hoy la nostalgia pesaba más de lo normal. Mañana volvería a estar bien. O eso esperaba.
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