Capítulo uno: El inicio de todo
Páginas & Refugio no era solo mi librería. Era mi refugio, mi sueño hecho realidad y, francamente, lo único que tenía. Vivía entre sus paredes, dormía en el pequeño apartamento del piso de arriba y solo la cerraba cuando el cuerpo me obligaba a descansar.
Aquel día, Brooklyn parecía haberse vuelto loco. Fotógrafos y reporteros pululaban por la calle como buitres, espantando a los clientes y rompiendo la tranquilidad que tanto me costaba mantener.
Katherine, mi clienta más fiel, entró refunfuñando por el alboroto. Pero en cuanto cruzó los estantes, su ceño se suavizó y desapareció entre las novedades con la misma devoción de siempre.
Yo estaba ordenando una mesa cuando vi a un chico desconocido sentado al fondo, con la cara prácticamente enterrada en un libro. Por un segundo dudé si lo estaba leyendo… o inhalando el deliciosa aroma de un libro nuevo. Sonreí. Yo también era de las que olía los libros nuevos como si fueran una droga.
Me acerqué y carraspeé suavemente.
—Hola, ¿necesitas ayuda con algo?
—No —respondió una voz ronca y grave, sin levantar la vista.
Fruncí el ceño.
—Si sigues apretándolo así, vas a dañar el lomo. Y luego tendrás que comprarlo.
Solo entonces levantó la cabeza.
Unos ojos verde intensos, penetrantes y con un toque de arrogancia, se clavaron en los míos.
—Lo pagaré —dijo con rapidez—. Lo prometo.
—Perfecto. La caja está allá. Yo misma te atenderé. Después podrás seguir oliéndolo como si fuera cocaína.
Sus ojos se abrieron con sorpresa y luego entrecerró la mirada.
—No deberías bromear con eso —murmuró, frunciendo el ceño.
En ese momento, un grupo de fotógrafos pasó corriendo frente al escaparate, gritando y empujándose. El chico se hundió de nuevo en el asiento, ocultando la cara tras el libro.
Ahí lo entendí todo, lo entendí, lo buscaban a él y él se ocultaba en mi librería.
—¿Te están buscando a ti?
Él dudó un segundo antes de responder con voz baja.
—Sí.
Suspiré.
—Mira, una librería no es el mejor lugar para esconderse. Perturbas la paz del sitio. Deberías irte.
—Por favor… —su voz bajó aún más, casi suplicante, aunque intentaba disimularlo con orgullo—. Compraré media librería si es necesario. Solo… no me eches.
—No te estoy echando —aclaré, más suave esta vez—. Solo digo que aquí no nos gusta el ruido.
—Lo pagaré —dijo, sacando su billetera y tendiéndome una tarjeta American Express Centurion.
Puse los ojos en blanco.
«Claro. Porque el dinero lo arregla todo.»
Señalé hacia el mostrador.
—Tienes que ir allá para pagar.
Él suspiró, claramente molesto por tener que moverse. Tomó un par de muletas que hasta ese momento no había notado y se levantó con dificultad. Cojeaba notablemente. Llevaba un yeso enorme en la pierna izquierda. Aun así, su complexión era imponente, alto, hombros anchos, la típica postura de alguien acostumbrado a dominar cualquier espacio.
Llegó al mostrador y dejó el libro con más cuidado del que esperaba. Era una edición especial del Gran Gatsby.
—Solo este —dijo, seco.
Pasé el libro y cobré. Cuando le devolví la tarjeta, nuestros dedos se rozaron. Los suyos estaban fríos.
—¿Estás bien? —pregunté, aunque me arrepentí al instante.
Él levantó una ceja, esa mirada arrogante regresando por un segundo.
—¿Te parezco bien? —respondió con humor seco, señalando las muletas.
Antes de que pudiera contestar, otro revuelo en la calle hizo que se tensara. Dos fotógrafos se detuvieron justo frente al escaparate, mirando hacia dentro.
—Mierda… —murmuró.
Suspiré, debatiéndome internamente. No me gustaba meterme en problemas ajenos, pero tampoco quería que convirtieran mi librería en un circo.
—Hay una puerta trasera que da al callejón —dije en voz baja—. Nadie te verá salir por ahí.
El me miró durante varios segundos, evaluándome. Como si no estuviera acostumbrado a que alguien le ofreciera ayuda sin pedir algo a cambio.
—¿Por qué lo harías?
—Porque si se quedan ahí fuera voy a perder clientes todo el día. Egoísmo puro.
Una sonrisa pequeña y torcida apareció en sus labios.
—Gracias.
Rodeó el mostrador con dificultad y me siguió hacia la trastienda. Antes de abrir la puerta del callejón, se detuvo.
—Por cierto, me llamo Jax.
No dio apellido.
—Yo soy Sloane —respondí, abriendo la puerta.
El callejón estaba en silencio. Solo se escuchaba el eco lejano de los gritos en la calle principal.
Jax se giró una última vez antes de salir, apoyado en las muletas.
—Te debo una, Sloane.
Y con eso, desapareció cojeando entre las sombras, dejando tras de sí el olor de su colonia cara.
Cerré la puerta y continué con mi vida.
Más tarde, cuando ya estaba cerrando, vi a los periodistas todavía merodeando por la calle como tiburones. Habían entrado en casi todos los negocios del bloque. En el café de al lado. En la tienda de discos. Hasta en la maldita lavandería.
Pero no en mi librería.
Sonreí con ironía mientras apagaba las luces.
Claro que no. Porque el hombre con muletas de lujo no parecía del tipo que lee.
Apagué el último interruptor y subí las escaleras estrechas hacia mi pequeño apartamento sobre la tienda. El espacio era diminuto, pero era mío. Olía a café, a papel y a la vela de vainilla que siempre dejaba encendida.
Me quité los zapatos y me dejé caer en el sillón unos minutos, después me di una ducha, me hice de cenar y me acosté en mi cama con un libro al que no le estaba prestando la suficiente atención. Así que decidí guardarlo y me acurruqué a mi almohada. A veces me sentía sola y otras libre, pero hoy… hoy me sentía nostálgica y no entendía el motivo.