El domingo amaneció más fresco, con el bosque envuelto en una niebla ligera que subía desde el lago. Me desperté con el peso del brazo de Jax sobre mi cintura otra vez, pero esta vez la puerta estaba cerrada con llave. Aun así, no me atreví a moverme demasiado. Jax debió sentir que estaba despierta porque apretó su agarre y enterró la cara en mi cuello, besándome justo debajo de la oreja. —Buenos días, nena —murmuró con voz ronca de sueño—. ¿Sobreviviste a la noche? —Apenas. Cada vez que crujía la madera de la casa pensaba que tu padre iba a aparecer otra vez. Jax soltó una risa baja que vibró contra mi espalda. —Créeme, él está más traumatizado que nosotros. Anoche lo oí rezando antes de dormir. Literalmente. Me giré entre sus brazos y lo miré. Tenía el pelo revuelto y esa sonrisa

