Eustaquio procedió a ir a la última bomba de gasolina que quedaba en uno de los extremos de la ciudad, a cargar gasolina, llevar suficiente agua y alimento, porque le esperaban veinticuatro horas de agotador viaje, hacia la vereda. Intentaría hacer pausas, porque sabía que existía la posibilidad de quedarse dormido, mientras conducía.
Mientras tanto, en la vereda, Aminta y José Amario, estaban con los nervios destrozados, debido a que, durante la ausencia de Eustaquio, habían recibido la visita, de uno de los frentes de las FARC, y como la mayoría de los aldeanos se negaron a dar información de su nueva actividad económica, procedieron a secuestrar a cinco de los niños de la vereda, para reclutarlos como soldados de la columna móvil. Aminta y los lugareños, se encontraban destrozados, porque, además, amenazaron con volver. Amaranto se salvó porque Aminta le había enseñado a escalar un árbol muy alto en particular, que constaba de distintas ramas, que fungían como escaleras, y gracias a esto, y a su delgadez, Amaranto interpretó lo que estaba ocurriendo, y corrió a ocultarse, pero en su corazón de niño intuía que, la próxima vez, difícilmente, se escaparía de aquel fatídico destino.
Los aldeanos intuían que los niños no serían devueltos y que probablemente, serían tomados como carnada, en los enfrentamientos contra el gobierno, o contra los hombres de los carteles de Medellín y del Valle; Los guerrilleros sabían por los comentarios de los habitantes de San Vicente del Caguán, que los habitantes de aquella aldea andaban en algo, procesando alguna cosa, y sospechaban que podía tratarse de algún hallazgo de oro en la quebrada, que estaban extrayendo con mercurio, o de alguna otra forma, o que, podría tratarse de sembradíos de marihuana, pero no podían establecerlo con total seguridad, dado que, no habían residuos, y era complejo determinar exactamente qué y cómo lo estaban haciendo.
Los niños que fueron retenidos, fueron llevados al interior de la selva, muy en el fondo de su corazón: se trataba de cuatro niños y una niña. Los aldeanos se lamentaban por la niña, principalmente, porque para nadie era un secreto, que las mujeres siempre llevaban la peor parte en los conflictos, ya que podían ser violentadas, de maneras inimaginables, y eso fue una carga muy pesada, particularmente, para los padres de la niña, que eran, al igual que todos, simples campesinos colonos.
-¿Cómo podríamos tranzar con ellos, o cómo podríamos negociar un “rescate” por los niños? – Dijo Aminta entre lágrimas.
- Puede ser muy peligroso; si no sabíamos con quién tranzábamos, cuando decidimos hacer negocios con el caleño, mucho menos vamos a saberlo ahora – Respondió José Amario.
- Pero es que cada día que pasa, estos niños corren mucho más riesgo, sobre todo la niña. Ya sabe usted que las mujeres siempre llevamos la peor parte en estas situaciones. – Aseveró Aminta.
- Yo creo que deberíamos esperar a que llegue Eustaquio, descanse un poco, y le lanzamos la noticia – Comentó José Amario.
Esa noche, muy pocos lugareños, lograron dormir; el lugar, se sentía vacío sin aquellos niños, y los campesinos, se atormentaban, pensando en mil posibles escenarios, en los que los chicos, se podían ver inmersos; era claro que, para aquellos grupos alzados en armas, los niños eran un botín de guerra, ya no eran personas, eran “activos” que podían emplear tranquilamente, en sus “avanzadas” militares; probablemente, alguno de ellos pudiera perder la vida.
Tal y como Eustaquio temió en su momento, “el negocio” trajo consigo, una estela de muerte, de la que difícilmente iban a poder librarse; por eso, y porque el fin iba a ser de todas maneras, caer en las manos de uno u otro bando, la idea de la familia de Amaranto, era ahorrar y construir lo más posible, antes de que les cayera encima, o los rebeldes, el Estado u otro Cartel.
Negociar con aquellos delincuentes era solo una de las posibilidades, pero también se les podría mentir diciendo que la esporádica bonanza, se debía a que habían conseguido la manera de vender algunas maderas finas, que lograron obtener tras la deforestación de la selva, o la obtención de algún mineral precioso de algún lugar; sin embargo, todo esto, podía implicar pagarles un impuesto, y no sabían tampoco, qué podría pensar “El caleño” de aquellos pactos, desde su perspectiva de narcotraficante.
Definitivamente, creo Don José Amario, que lo que procede es untarles la mano, no habrá otra manera para que nos dejen tranquilos; de igual forma, hay que evitar que el Don caleño, sepa de esto, porque seguro que optaría por una solución armada, y definitivamente, no es lo que queremos - Sugirió Aminta, en medio de su insomnio.
Ya le dije Aminta, que es mejor a que aguardemos a que llegue Eustaquio; prefiero que él esté al tanto, y tomemos la decisión entre todos - Reiteró José Amario.
Amaranto, acompañaba a su madre y a su abuelo, tomando atenta nota de todo aquello que decían: Hubiera preferido que se lo hubieran llevado a él, y no a los otros niños, y quería hacer algo al respecto, teniendo en cuenta que ya tenía alguna experiencia, recorriendo la selva, con algunas de sus inmersiones cortas, en la misma. Quizá pudiera utilizar algún tipo de camuflaje, para ocultarse entre el follaje, y ayudar a rescatar a los niños de su vereda; estaba ideando todo un plan de como ir por ellos, uno a uno, pero temía quedar él también, prisionero de los guerrilleros – No creo que hayan ido muy lejos de acá - Se decía a sí mismo, y empezó a elaborar un mapa, de acuerdo a lo que él solo había recorrido; debía hacerse a algunas sogas, una gran linterna, y unas botas pantaneras, que le evitaran la picadura de algún insecto o de alguna serpiente mortífera. Era sin duda, una proeza, lo que Amaranto pretendía hacer, pero confiaba en su conocimiento del terreno, y en su complexión delgada, que le permitía correr entre la maleza, y escabullirse entre los árboles, tal y como lo hacían las especies de monos que rodeaban aquella selva. Amaranto realizó unos garabatos, con carboncillos, en unas hojas de papel periódico, que encontró en la cocina del rancho: era un elaborado pero enredado plan que solo él comprendía, para salir al rescate de los niños. El día anterior a la búsqueda, le robó a una de sus abuelas su linterna, lleno una botella de agua, y se dispuso a utilizar el único par de botas pantaneras que tenía, para empezar su recorrido: Debía salir con mucha precaución del cuarto de su madre, para que no notara, que el pequeño Amaranto, se deslizaba entre la oscuridad.
Fue así como Amaranto, se dispuso a levantarse a las 5 de la mañana siguiente, y notó como las luces de las velas, seguían encendidas en los ranchos de toda la vereda, esto porque para todos, fue muy difícil conciliar el sueño. El delgado niño, de ojos grises, se dispuso a vestirse con ropa que le cubriera todo el cuerpo, a fin de minimizar al máximo las picaduras de los miles de insectos que había en el lugar. Cómo una hábil serpiente, se deslizó de su estera, tomó la linterna que era de su abuela y su botella de agua, y se dispuso a ir hacia el norte, que era la parte en la que se había abierto mucho más camino, y supuso que lo más obvio era que los milicianos, hubieran ido hacia allí. Casi como si estuviera levitando, Amaranto, anduvo entre la hojarasca, mientras que, con una especie de bastón, daba pequeños golpes en el suelo para que los reptiles sintieran el ruido y se alejaran: él sabía que la mayoría de estas especies, evitaban al máximo enfrentarse a los humanos y que rehuían su presencia, por lo que el golpear el suelo, era una señal que interpretarían fácilmente. Amaranto se había cerciorado de llevar todas las semillas de árbol de Chocho que tenía, porque estas semillas eran muy coloridas y fungían como “señales” para que él encontrara fácilmente, el camino de vuelta a su casa; aparte del color, las semillas de Chocho eran venenosas para cualquier ser vivo que intentara consumirlas, por ende, los pájaros o los monos, no las devorarían y la señal, permanecería intacta en el suelo. De esta manera, Amaranto continuó avanzando en la espesa selva, alrededor de una hora. Se detuvo para bajar algunos frutos que sabía eran comestibles, y para hidratarse. Finalmente, y tras andar casi dos horas en la espesa selva, escucho voces y vio una fogata, mientras el penetrante sol se deslizaba por entre las hojas de los árboles. Amaranto, decidió escalar un árbol para poder estudiar la situación: se trataba de un improvisado campamento, rodeado de cambuches, que estaban alrededor de una gran fogata, en la que aparentemente, preparaban algunos alimentos; a la distancia Amaranto logró divisar, lo que era una suerte de jaula, y allí, logró ver encadenados al suelo, a los cinco niños de la aldea...Amaranto sintió que su estómago le dio vuelta, y sintió unas ganas terribles de llorar. La realidad era que muchos de los secuestrados de las FARC, corrieron la misma suerte de aquellos niños, siendo enjaulados como animales, y encadenados al suelo, durante años, inclusive; por casi cincuenta años, la guerra en Colombia deshumanizó a todos los actores inmersos en el conflicto: secuestrar, encadenar, y hasta enjaular a otros seres humanos, fue algo que se volvió paisaje en aquellos tiempos, sin que nadie lograra prever los alcances de semejante pérdida del valor de la vida humana. Tras aquel amargo momento, Amaranto recobró fuerzas, y el sentido común, que le impedía lanzarse sobre aquel campamento: la jaula donde estaban apresados los niños de la aldea, estaba custodiada por un círculo de hombres, armados hasta los dientes; si Amaranto, hubiese caído desde aquella altura, seguramente, lo hubiesen acribillado. La jaula en la que se encontraban los niños, constaba de unas varillas oxidadas por el agua, que parecían estar ancladas, enterradas, hasta el fondo de la tierra, y sin embargo, no era una estructura que no se pudiera romper con una pequeña segueta: la corrosión provocada, a lo mejor por la lluvia, debido a la alta precipitación en el Amazonas, debilitaba aquella estructura.
Amaranto no contempló el quedarse allí por mucho tiempo, sino más bien empezó a escabullirse nuevamente, para poder explicar a la gente de la vereda las condiciones en las que estaban los chicos, y como ellos podían ayudarle a sacarlos, porque, aunque era valiente, él sabía que solo, no lo iba a lograr, que iba a necesitar como mínimo a una persona que le ayudara a deshacer los desgastados barrotes, aunque, según estimó en aquel momento, solo necesitaría derribar un par, para que los niños salieran. Tal vez, lo mejor sería, aguardar a la noche, en la que habría menos guardas cuidando la jaula, y sería mucho más sencillo intervenirla. Siguiendo su instinto y las semillas de Chocho, Amaranto emprendió el camino de regreso hacia la aldea, en la que de seguro Aminta, su madre y sus dos abuelas, estarían desesperadas, buscándolo. Con mucha destreza, y desplazándose entre lianas y árboles, Amaranto llegó nuevamente a la vereda, sudado, con la cara sucia de carbón que había empleado como camuflaje.
Pero ¿En dónde te has metido todo este tiempo, de por Dios Amaranto? Me vas a matar de un infarto – Dijo Aminta, sosteniendo la mojada cabeza de su hijo
Ya sé en dónde están los niños: Los tienen enjaulados en un campamento a unas dos horas de acá. Están encadenados al suelo, pero no creo que sea tan difícil sacarlos de allí, solo que, no creo que yo pueda hacerlo solo – Dijo Amaranto
¿Es que no te das cuenta el peligro en el que te has puesto? - Dijo Aminta, mientras abrazaba al lánguido niño.
Yo sé mamá, pero como fueron esos niños, pude haber sido yo. Tenía que hacer algo – Dijo Amaranto, con voz entrecortada.
Me haces el favor, y corres a bañarte a quitarte ese tiznado del rostro, que tu padre debe estar por llegar agotado de la capital - Ordenó Aminta.
Sí señora - Dijo Amaranto sin chistar más.
Faltaban unas pocas horas para que Eustaquio llegara, y para se enterara de lo acontecido, y Aminta, intentaba organizar en su cabeza las palabras que le diría a su esposo: Tal vez debería empezar por darle la razón, cuándo el con su prevención, intuía que alguna consecuencia grave traería toda la actividad ilícita, o tal vez, debería empezar por preguntarle sí había logrado conseguir a la gente que le había pedido y es que Aminta, no sabía cómo decirle a su marido, que en efecto, tuvo siempre la razón, que a lo mejor, nunca debieron empezar aquel “negocio”