Tras todos los pensamientos intrusivos que pasaron por la mente de Eustaquio, mientras veía aquel joven debatirse entre la vida y la muerte, fue llamado a entrar a la oficina del médico:
Me dijeron que tenía usted urgencia por hablar con un galeno. ¿Dígame por favor en qué puedo ayudarle? ¿Se encuentra usted bien?
Sí señor, estoy perfectamente. Lo que ocurre es que estamos en proceso de fundar un pueblo en el Caquetá, y no tenemos puesto de salud, ni un médico que nos atienda. La guerrilla no ha llegado a nuestro sitio, por lo que es importante mencionar, que no es para tratar heridos de guerra; es que ninguno de nosotros en la vereda, ha recibido nunca, atención médica, por eso quisiera pedirle que fuera usted conmigo a la población. Estoy dispuesto a pagarle lo que me pida – Dijo Eustaquio en tono de súplica.
Bueno, pero es que ni siquiera tiene usted el puesto de salud, con los implementos que se requieren: Necesita como mínimo, camillas, medicamentos, ultrasonidos, respiradores, equipos quirúrgicos, es decir, es algo muy costoso. - Planteó el médico.
Entiendo ¿No podría usted venir conmigo y ver el estado de las cosas? - Preguntó Eustaquio, con algo de ingenuidad.
Me es imposible en este momento; entienda por favor, que aquí tengo un trabajo estable y mi vida, aunque siempre he sentido la necesidad de ayudar con mi conocimiento a otros. Le propongo algo: Déjeme por favor sus datos, un teléfono donde pueda ubicarle, y puedo buscar la manera de hacer una especie de “brigadas de salud” cada tanto, y de esta manera, empezar a abrir historias clínicas para las personas que viven en su vereda. Dígame por favor, ¿Qué tan seguro es ir en este momento? Sabemos que la guerrilla ha ocupado gran parte de ese departamento - Indagó el médico
Bueno, cómo le venía contado, aún no han llegado a nuestra aldea, porque está muy apartada. Respecto a las brigadas, me parece una excelente idea, en lo que puedo construir y traer todas las cosas necesarias, para levantar un hospital, medianamente decente – Comentó Eustaquio.
Bueno, tomaré sus datos, y en lo que pueda organizar mi equipo de trabajo, lo llamo, y coordinamos la manera de ir - Aseveró el médico.
Le agradezco por haberme recibido, y por no verme como un bicho raro; pensé que, por mi aspecto de campesino humilde, no me iba a prestar atención. De verdad que le agradezco de todo corazón, lo que pueda hacer por visitar nuestra vereda – Dijo Eustaquio.
No hay de qué. Siempre me ha gustado utilizar mis conocimientos, para ayudar a los demás, y me parece una excelente oportunidad para hacerlo – Dijo el médico, estrechando la mano de Eustaquio, quien salió del consultorio con muchos pensamientos más, en su cabeza.
Realmente, no había conseguido ni a la mitad de personas que Aminta, le había solicitado: - Tal vez viviendo en el campo, uno tienda a obviar que existen procedimientos para todo – Se consolaba a sí mismo – Pero sé que sí le explico todo lo que tuve qué hacer, mi amada esposa, lo entenderá - Volvió a Reflexionar.
Y es que, probablemente, la edificación de un pueblo con todas sus “dependencias” no solo iba a requerir una gran responsabilidad, sino que iba a implicar una gran organización, mucha inversión, y mucha energía. Eustaquio aún no sabía cómo, pero buscaría la manera de adquirir las máquinas que él médico le pidió.
Fue otro día complejo en la capital: Eustaquio sentía que cada vez más le costaba respirar, debido al esmog que había en el aire, producido por tantos carros; le hacía falta respirar aquel aire limpio de la selva.
Al día siguiente, Eustaquio emprendió la búsqueda de un profesor: Se paró sobre la reja de un colegio, que, al parecer, era público, y aguardó un momento, en lo que el celador de la institución, le prestó atención:
¿En qué puedo servirle? - Dijo el celador mirándolo con la misma desconfianza, que la mayoría de personas en esa fría ciudad.
Quisiera poder hablar con un profesor - Aseveró Eustaquio
Ok. Permítame un momento, voy a llamarle a uno - Respondió el celador, en lo que le hacía señas a una señora con unas gafas gigantes y una bata blanca. Ella se acercó y le dijo: - ¿En qué puedo servirle caballero?
Quisiera saber sí aquí puedo solicitar a un maestro, para que vaya a enseñar a mi aldea – Dijo Eustaquio, con su acostumbrada inocencia.
Bueno, temo que yo no voy a poder ayudarle con ese particular pedido, entonces, voy a darle la dirección del Ministerio de Educación, que es hacia el centro de la ciudad. Allí podrá usted, hacer la solicitud puntual que me hace en este momento – dijo la profesora.
Le agradezco mucho la información - Respondió Eustaquio, dirigiéndose nuevamente al jeep.
Mientras Eustaquio recorría las congestionadas calles de la capital, le embargaban muchos pensamientos, el primero de ellos, era que no estimó que tuviera que dar tantas vueltas para solicitar los servicios, o los conocimientos de una persona: daba por hecho en su limitada visión de las cosas, que el dinero podía comprar casi todo, y que bastaría con que dijese que traía cualquier cantidad de billetes, para que las personas accedieran a lo que él quería o deseaba; entendió en esas circunstancias, que no siempre iba a ser así. El segundo de los pensamientos que le agobiaban, era el de llegar a la vereda, con las manos casi vacías, y el tercero, era que, básicamente, no podía dejar de cavilar, en aquel joven que estaba a punto de morir, quería saber que al menos, habría sobrevivido, para no sentir esas culpabilidades extrañas, que le apretaban el corazón. - Sé que estoy llevando todo este “asunto” demasiado lejos, pero independientemente a lo que ocurra, quiero dejar algo construído para mi hijo, por pequeño que esto sea, para que no tenga que pasar los trabajos, que tuvimos que pasar nosotros...Quiero que aprenda a ver las cosas de otra manera, y que eso le permita también expandirse más allá de la limitada vista, que teníamos nosotros, los campesinos que vinimos a ocupar tierras y a explotarlas de manera ilegal - Se planteaba a sí mismo.
Al llegar a la sede del Ministerio de Educación, que era un monolito gigante, Eustaquio sintió como todas las miradas, se volvieron hacia él - Cómo si nunca hubieran visto campesino ¡Ridículos! - Pensó de nuevo, para sí mismo. Continuó caminando por un largo corredor, que parecía un espejo, porque él podía verse reflejado, mientras caminaba, hasta que llegó a un pequeño vestíbulo, donde se hallaba una recepcionista:
Buen día, quisiera hacer una solicitud formal, de un maestro, para mi localidad – Replicó Eustaquio, con algo de vergüenza, como si estuviera pidiendo algo regalado.
Puedo contactarle con un inspector, sí le parece – Dijo la recepcionista.
Está bien. Alguien que me quiera atender - Asintió Eustaquio.
Mientras esperaba en una de las frías bancas dispuestas en aquel helado monolito, veía correr a todo el mundo, afanado, a través de las vitrinas de cristal: Todos gritaban, llevaban toneladas de documentos, y todos tenían prisa por hacer quién sabe qué cosas; era todo tan distinto al lugar del que Eustaquio provenía, y es que verdaderamente, no recordaba haberse sentido apresurado, solo hasta cuándo empezaron “el negocio”; el resto de los días siempre habían sido apacibles, calmados, sin mayor fatiga, distinta a la de sembrar la tierra, y esperar a que ésta, les diera para comer. De cierta manera, Eustaquio sentía nostalgia de aquellos días tranquilos, porque sabía que sus días difícilmente volverían a ser los mismos, ya que él y su familia, decidieron arriesgarse a asumir dos proyectos muy riesgosos
Tras haber esperado, casi media hora, de una de las miles de oficinas de cristal, emergió un hombre delgado, narizón y con unas gafas muy gruesas, con un chaleco y un particular corbatín:
Estimadísimo doctor, sígame por acá - Dijo el hombre de corbatín, con un sonoro acento que a Eustaquio le hizo mucha gracia. - Dígame por favor, en ¿En qué le puedo asistir?
Necesito un profesor para llevar a mi vereda - Aseveró Eustaquio – De nuevo, estoy dispuesto a comprarlo de ser necesario.
El hombre soltó una carcajada sonora:
No necesita pagar nada, mi doctor. Dígame por favor, de qué municipio o corregimiento estamos hablando.
Estamos hablando de una vereda apartada, cercana a San Vicente del Caguán - Respondió Eustaquio, poniendo los ojos en blanco.
Al hombre, se le borró por completo la sonrisa.
Es una zona roja, como para enviar a un maestro, ¿sabe? ...¿Cuántos niños se encuentran allí? - Indagó el hombre de gafas gruesas.
Son aproximadamente veinte niños, contando a mi hijo, pero no es solo él, quiero que los adultos de mi comunidad, aprendan igualmente; muchos a duras penas conocemos las vocales, y hacemos cuentas domésticas para la venta de nuestros sembradíos, pero son conocimientos muy básicos, apenas para sobrevivir. Mi sueño es que todos, sin excepción, en la aldea, aprendamos a leer, a sumar, restar, multiplicar y dividir - Explicó Eustaquio.
Entiendo. Vamos a llenar esta forma y de esta manera, haremos una solicitud formal. Lo más probable es que en treinta días hábiles, obtengamos una respuesta.
¿Tanto tiempo? - Comentó Eustaquio asombrado
Se trata de enviar un profesor a un área insegura, estimado – Dijo el hombre de corbatín - Sin embargo, soy partidario de que la educación debe ser para todos, en igualdad de condiciones, así que buscaré la forma de enviar a un educador, se lo prometo.
No estamos hablando de algo inmediato, entonces - Cerró Eustaquio
Así es, mi estimadísimo doctor – Dijo el hombre de corbatín y gracioso acento, dándole palmadas en la espalda a Eustaquio.
De cualquier manera, le agradezco todo aquello que pueda hacer por nosotros. En lo que nos puede enviar a un profesor, iré construyendo un espacio para qué imparta sus clases - Cerró Eustaquio, Igualmente.
“Más que llevar personas, voy a necesitar llevar ladrillos y cemento” - Pensó Eustaquio para sí mismo, y sin dilatarlo más, busco una ferretería grande, para realizar la cotización de materiales de construcción, aunque no tenía ni idea de cómo edificar ni hospitales, ni colegios, solo sabía de construir ranchos de bareque. Eustaquio se acercó al lugar, compró los materiales que estimó necesarios para levantar los primeros y muros, e intentó acomodarlos todos en su nuevo jeep, porque como supuso, para una provincia como Caquetá no había despachos en aquella época, así que sí quería algo, debía llevarlo él mismo. En aquel momento, decidió que no buscaría albañiles, sino que encontraría la forma de levantar él mismo la iglesia, el colegio y el hospital que requería, con sus propios recursos, y con la gente de la vereda, después de todo, un profesor, médicos y un párroco, ya eran demasiadas personas extrañas en un lugar como aquel. Se dispuso entonces a ir al hotel, retirar sus últimas pertenencias, a saldar cuentas con la lujosa posada, y a marcharse de vuelta a su terruño con docenas de ladrillos, y con mil ideas en la cabeza; la duda siempre lo acompañaba, pero en este caso, para Eustaquio, pesaba más la esperanza de erigir con sus propias manos, un futuro distinto para las generaciones venideras. De igual manera, intentó descansar un poco, antes de disponerse a retornar; lo que no sabía era que al regresar iba a encontrar un panorama, completamente arrasador, que, por un momento, amenazó con destruir sus sueños.
Eustaquio envió un telegrama Aminta, anunciando su regreso, y que había cumplido parcialmente, la misión para la que había venido a la capital; sabía en el fondo, que Aminta no se molestaría, porque buscaría la manera de explicarle la burocracia que rodeaba a todas las esferas de la sociedad colombiana de aquel entonces, y como esta afectaba, incluso, la aparición de un pueblo fantasma, en el mapa de Colombia. Después de todo, sentía que había logrado bastante con poder moverse en una jungla de asfalto como Bogotá, y no haber sido ni robado, ni atacado por alguna de las especies salvajes del lugar; se sintió capaz de enfrentar ese, y muchos más retos, no obstante, hubo una situación que ya estaba aconteciendo en la lejana vereda donde vio nacer a Amaranto, que amenazaba desde ya, con quitarle aquella seguridad que había adquirido en sí mismo, a partir de ese viaje.