Mientras Amaranto se convertía en un “niño de la guerra”, en la Aldea, José Amario empezó a construir, los nuevos campos de sembradíos ocultos, pero esta vez, no los haría todos juntos, sino dispersos para que quedaran protegidos por los grandes árboles, y los mantuvieran así, ocultos de los aviones que estaban asperjando veneno, a lo largo de los territorios; además, obtenían un beneficio adicional de los árboles y era que las hojas que llegaban a atrapar glifosato en partículas, limpiaban el ambiente, y evitaba que los aldeanos, respiraran aquellos venenosos aires, dado que se rumoraba en San Vicente, que algunas personas habían caído enfermas tras haber inhalado aquellas sustancias; desde luego que al Gobierno poco o nada le importaban las consecuencias de aquella acción, porque la gente pobre, para ellos no contaba, lo que sí importaba, eran las cifras de erradicación de coca que debían presentar a los Estados Unidos.
Todo el proceso de la siembra y posterior transformación de la hoja de coca, ya contaba con un mes de retraso, tras todo el tema de la captura de Amaranto; mientras tanto el bloque de búsqueda, que había formado José Amario, con algunos de los hombres de la aldea, terminó transformándose, por orden de Eustaquio, en una suerte de “grupo de autodefensa, ya que, de continuar las cosas como iban, seguramente el negocio con el que persistían, iba a tener no solo detractores, sino quienes quisieran apoderarse, como era el caso del frente de las FARC, que tenía retenido a Amaranto. Eustaquio contemplaba, igualmente, que por alguna u otra razón, podría llegar a tener algún desacuerdo con El Caleño y buscaría amenazarlo, entonces, al crear aquel grupo, tendría como defenderse, y no permitir, simplemente, que cualquiera entrara a masacrar a las gentes de la vereda; los ladrillos que había adquirido en Bogotá, los empleó para la construcción de una especie de “fuerte” que le permitía divisar desde las alturas, llegadas, no solo de helicópteros, sino de grupos de personas. Desde luego, Eustaquio se había estado rehusando todo el tiempo a la idea de militarizar la operación del “emprendimiento” que llevaban a cabo, pero tras lo ocurrido con los niños y con Amaranto, estimó completamente necesario, protegerlo, en lo que podía obtener más señales para ubicar su hijo; lo que él no sabía es que iban a transcurrir muchos meses antes de que eso ocurriera.
Aminta por su parte, tras la pérdida de su hijo, perdió poco a poco su brillo, y su entusiasmo por la vida; por un tiempo, su depresión, la había confinado completamente a su estera, y no quería pararse de allí, pero en vista de que para José Amario y para Eustaquio la vida había continuado, decidió ponerse en pie, e involucrarse de nuevo en la empresa, para tener todo listo, para la próxima venta que harían al Caleño, ya que este, sin importar lo que hubiera ocurrido, iba a llegar a exigir el producto, de todos modos; Aminta, se cuestionaba todo el tiempo, sí era correcto continuar haciendo lo que venían haciendo, con una actividad protegida ahora por hombres con formación militar: - ¿No estaremos contribuyendo a que se arme otra guerra peor? - Solía reflexionar para sus adentros. Lo que ocurría realmente, era que, tras los negocios ilícitos, los intereses eran tantos, y de tan diversos grupos de personas, qué, adicional al conflicto que ya se tenía con el Estado, se estructuraban otros sub-conflictos entre los productores, distribuidores, disidencias, etcétera; la guerra cada vez se enmarañaba más, pero al final del día en aquella aldea, lo que se tenía claro, era que ellos eran únicamente leales a ellos mismos, y eso lo llevaba grabado en su mente, hasta el mismo Amaranto, que, tras convertirse de pies a cabeza en un combatiente, jamás delato ni a su familia, ni a su gente: se dispuso, únicamente, a obedecer a sus superiores, en su nueva circunstancia, pero ni siquiera a Adela que era a la única que consideraba su amiga, le hablaba sobre ellos; esporádicamente, mencionaba el hecho que les extrañaba, y que añoraba su hogar, pero bajo ninguna circunstancia, decía ni sus nombres, ni sus ocupaciones, ni cuantos eran, porque hubo otra cualidad que Amaranto desarrolló en aquel entorno y era la de la desconfianza por y hacia todos.
Aminta, Eustaquio, y José Amario, se pusieron de nuevo, manos a la obra, para sacar el producto de base de coca, en el menor tiempo posible, y, aunque en San Vicente continuaban los rumores, y sobre que, ahora, eran una vereda armada, se procuró mantener las aguas lo más tranquilas posibles, porque el enemigo número uno a derrotar en aquel momento, era el Ejército, que continuaba recorriendo palmo a palmo el departamento, en búsqueda de cultivos para asperjar. Como por suerte, la familia de Amaranto hasta aquel entonces no había logrado fundar la “República de papel”, la vereda seguía siendo invisible, y permanecía oculta a los ojos del Gobierno.
Amaranto, seguía obviando en su mente, hasta dónde le era posible, la idea de combatir, simplemente, se dedicaba a devorar los libros de Marx, y de Engels, que se estructuraban como todo un entramado filosófico para él; uno que desde luego, no estaba adecuado ni a las condiciones, ni al contexto de Colombia en aquel entonces, y que mucho menos contemplaba las causas de los conflictos alrededor de las drogas, que era la nueva “preocupación” del mundo, tras la guerra que le declarara frontalmente, los Estados Unidos. Tras la salida del controversial presidente Ernesto Samper, llegó en 1998, la presidencia de Andrés Pastrana Arango, que provenía del Partido Conservador, el mismo partido que hacía menos de cincuenta años, había protagonizado un período conocido como “La violencia”, que fue una guerra civil entre las gentes de aquel partido y los liberales, conflicto el cual dejó millares de muertos en el país, y nuevamente, ríos de sangre, en nombre de las diferencias políticas; Andrés Pastrana, sería de los presidentes que más le apostaría al Plan Colombia, y la expansión de los intereses de los Estados Unidos en territorios Latinoamericanos, además de ser el primer presidente que en mucho tiempo, intentaría un diálogo con la guerrilla de las FARC, aunque ellos mismos relataran muchos años después de que el episodio de “La Silla vacía”, solo se trataba de una burda emboscada.
Por primera vez el Estado volteaba a ver a aquel olvidado territorio, pero era por un afán de mostrar resultados a un jefe auto impuesto, no porque realmente les importara la suerte con la que corrían las personas de allí. De cualquier manera, el orden ya lo habían impuesto los grupos armados, así que inevitablemente, los enfrentamientos vendrían tarde o temprano, ya que las operaciones de erradicación, estaban acompañadas por el Ejército en pleno; desde luego no para las operaciones aéreas, sino para poner a los soldados rasos en tierra y enfrentarlos a otros como Amaranto, que quedaron atrapados en medio de esa guerra.
Mientras tanto en la Vereda, al tiempo que se corría para entregar lo antes posible el pedido del Caleño, Eustaquio decidió realizar un breve reconocimiento del área, y empezaron a recorrer aquellas bastas tierras hacia el lugar donde estuvo asentado por última vez, el campamento en el que cayó Amaranto; encontraron algunos rastros como trapos, botas rotas en el camino, qué ya estaban siendo cubiertos por la vida que vibraba en esa selva, sin embargo el campamento como tal, había desaparecido, tal y como sí se tratara de un ánima; Los hombres organizados por José Amario, no encontraron absolutamente ninguna pista que los condujera hacia el paradero de Amaranto. Eustaquio llegó aquel día con una inmensa sensación de derrota, al no poder hallar rastro alguno de su hijo; desde luego, tendría que armarse de mucha paciencia, porque Amaranto no regresaría en un tiempo considerable, y adicional a esto, no llegaría siendo el niño lánguido de ojos grises de siempre.
Un día normal en el campamento guerrillero que ya se encontraba asentado en un lugar en específico hacía ya, varios días, los hombres se percataron de algunas pisadas en el lodo, de inmediato, le notificaron el hallazgo al comandante del frente, quien inmediatamente, reunió a la tropa de treinta jóvenes, entre ellos Amaranto, en formación:
Muy bien señores: Tenemos información de pisadas en las cercanías, y los quiero a todos vigilantes, esparcidos en anillos a la redonda, alrededor del campamento; no los quiero ver juntos, chismoseando como jovencitas, los quiero atentos, vigilantes y con sus fusiles al hombro. Posiblemente, el Ejército Oligarca se encuentre en cercanías por la aspersión de las matas con el veneno ese. Les advierto, porque ¡no quiero errores! – Dijo el hombre con severidad.
El momento al que tanto le había huido Amaranto, finalmente, había llegado: El de tener que utilizar su arma, contra otras tantas personas, que, desde luego, ni conocía. Aquella tarde, Amaranto se mantuvo en guardia, porque temía que le atacaran por la espalda: por un momento, sintió que los árboles le observaban, como sí la paranoia se apoderara completamente de él, y es que no era para menos, era la primera vez que siendo un niño, tenía que enfrentar o dado el caso asesinar, a quien intentará atacarlo, por el simple hecho de contarse dentro de aquella guerrilla. Más que por un ideal, Amaranto sabía que tenía que disparar por su vida, porque o mataba, o lo mataban, y no había otras opciones o puntos medios. Estaba atento a cualquier sonido, y no sabía sí a raíz de la adrenalina o el agitado palpitar de su corazón, sus sentidos se agudizaban cada vez más; veía todo más grande, y el olor del lodo, le ahogaba, escuchaba el ronroneo de los felinos, el siseo de las serpientes, el crujir de los escarabajos, todo tan vívido, tan real, como nunca en su niñez lo había experimentado. De repente, a unos pasos de él, sonó un estallido, luego dos, tres y luego, fue un fuego cruzado que parecía durar eternidades. De forma inmediata, Amaranto se abalanzó sobre el suelo, y en realidad, deseaba ponerse a orar, pero las ráfagas, podían destruirlo en cuestión de minutos, sí no se ponía en posición defensiva...Una bala rozó su hombro y solo dejó la tela de su uniforme roto y un raspón en el brazo. Amaranto lloró de miedo, durante aquel instante que le pareció eterno, y no disparó ni una sola de sus balas. Se quedó tirado allí en el suelo, llorando a grito herido, porque ese enfrentamiento, era precisamente, a lo que no quería llegar.
Al cabo de una hora, las ráfagas de metralleta, se detuvieron, y Amaranto pudo, finalmente, incorporarse del suelo. Las bajas de sus compañeros estaban esparcidas por todo lugar; el ambiente estaba saturado de olor a pólvora, junto al olor a hierro, característico de la sangre, y con ello, un silencio abrumador. Cinco de sus compañeros de campamento, habían perdido la vida; hasta aquel momento. Supieron que se habían enfrentado al Ejército nacional, porque hubo alrededor de diez cuerpos encontrados en el sitio aledaño al campamento guerrillero. Amaranto entró en shock, y básicamente, no pudo hacer nada diferente a llorar toda la tarde: Nunca había presenciado tal nivel de muerte y destrucción, ni siquiera en su aldea. Sintió que su corazón se había roto en pedazos, y tras un llanto inconsolable su cuerpo empezó a reflejar su impacto, a través de espasmos, que parecían una suerte de convulsiones; de inmediato Adela fue a socorrerlo, y le suministró leche de Amapola, para que se detuvieran aquellas contracciones, pudiera conciliar el sueño, y pudiera “reiniciar” su sistema nervioso.
Adela estaba ya habituada a presenciar aquella serie de eventos violentos, contra los múltiples enemigos de la guerrilla, alrededor, no solo de la Amazonía, sino alrededor de la vertiente del Orinoco. Su tarea consistía en recoger a sus compañeros heridos en combate, llevarlos al cambuche, y allí proceder a hacerles la curación, o acelerar el proceso de muerte, adelantando una especie de eutanasia, para que no sufrieran más de lo necesario, cuando la herida ya era demasiado grave. Adela era entonces, no solo el ángel guardián de Amaranto, sino que era, además, la enfermera del campamento.