Adela, quien fuese capturada muchos años atrás por la guerrilla de las FARC, había heredado conocimientos ancestrales, pero estando en la guerrilla de las FARC, tuvo que aprender de forma autodidacta y basándose en algunos textos de medicina que le habían enseñado a leer en el campamento, a curar huesos rotos, heridas infectadas, estados de shock y tuvo que aprender de igual manera a detener embarazos, que era una situación, desafortunadamente, muy recurrente en aquella “revolución”, ya que las chicas que eran capturadas desde niñas, generalmente, también pasaban a ser potenciales “esposas” para los comandantes que tenían aquella especial aberración; las chicas, eran entonces, obligadas a madurar a las malas, y en consecuencia solían quedar en cinta, pero dadas las características del conflicto, y debido igualmente, a que el campamento, era esencialmente nómada, no era posible, bajo ninguna circunstancia criar a un niño pequeño, en semejantes condiciones. Desde luego, todo era condenable en aquellas prácticas, y muchos años después, tras un “Acuerdo de paz” que intentó esclarecer muchas verdades, sobre aquel conflicto, la realidad de lo que tuvieron que vivir las mujeres, sobre todo las niñas en cincuenta años de violencia, fueron relatos muy duros, y muy fuertes que marcaron con dolor, las memorias de la historia reciente de Colombia. Esas verdades, las tuvo que asimilar Amaranto mucho tiempo después, cuando tuvo que sufrir en carne propia, los embates de aquellas prácticas tan crueles e inhumanas.
Tras haber contado las bajas en el campamento, el comandante guerrillero, nuevamente reunió y formó al restante de la tropa que quedaba:
Pudimos haber evitado aquellas bajas, pero ahora, debemos ir a algún pueblo cercano, a reponer a las cabezas que hemos perdido - Aseveró el comandante.
Amaranto se sintió estupefacto, al escuchar al comandante, referirse a sus compañeros que habían muerto, como “cabezas”, tal y como si estuviera hablando de ganado. Desde luego esa era una de las mil maneras como la guerra se deshumanizó en Colombia, porque era innegable que había sido un país que estuvo en guerra de manera constante, pero los niveles de degradación a los que se llegó en esos cincuenta años de confrontación, quedarían grabados para siempre, en la memoria colectiva del aquel pueblo.
En el campamento, se hizo una pequeña ceremonia, para despedir a los cinco compañeros que el frente había perdido en esa confrontación con el Ejército. Por lo general, los cuerpos eran puestos en una especie de esteras, en las que se disponían los cuerpos con vendajes y elementos inflamatorios, para posteriormente, incinerarlos, esto con el fin de que no se encontrara rastro de los que allí habían muerto, que por lo general eran hijos de campesinos como Amaranto, que fueron arrancados del seno de sus familias. El comandante permitió que quienes conocían a aquellos chicos, dijeran unas palabras, mientras que Amaranto se ahogaba en llanto, lágrimas las cuales extrañaría mucho años después, porque tras ver tanta muerte y degradación, olvidaría como llorar.
El primer combate, siempre es el más difícil. Tienes que darte tiempo – Dijo Adela abrazando a Amaranto por la espalda
No creo que sea capaz de adaptarme a esto jamás. Creo que primero moriré, antes de asimilar todo esto - Replicó Amaranto.
Solo date tiempo, porque esta probablemente sea la única realidad que veas por un largo período de tu vida- Sentenció Adela, nuevamente.
No había una manera posible en la que Amaranto sintiera que podía adaptarse a semejante cosa, y es que no es fácil aprender a convivir con la muerte, aun cuando todos sabemos que es un destino inevitable; no obstante, él consideraba que una cosa era morirse por la voluntad divina, y otra, acelerar aquel suceso, enfrascándose en conflictos que podían llegar a tener una razón, pero que, definitivamente, no eran la causa de todo el mundo. Amaranto entendía que las circunstancias en un país como Colombia, eran injustas para todos, y que ser colombiano, implicaba precisamente eso: nacer para esquivar la muerte y la miseria, todos los días; no obstante, le tomaría años comprender que, desgraciadamente, a veces, para que las cosas cambiaran, las vías pacíficas no eran suficientes: en este país, aprender a analizar lo que pasó y a dialogar las diferencias en distintos escenarios, en lugar de matar al que pensara diferente, era un proceso, cuya transformación tomaría decenas de años.
El origen de la guerrilla de la que Amaranto formaba ahora parte, se remontaba a un lejano municipio en Planadas, Tolima, en la que un grupo de campesinos, sin Dios ni tierra, huían de la escabrosa violencia entre Conservadores y Liberales de los años cincuenta; estos campesinos se agruparon, y al igual que la familia de Amaranto, ocuparon tierras en aquel lugar, armándose además, y constituyéndose en lo que ellos llamarían la “República de Marquetalia”; eran todos campesinos que se organizaban en torno a causas agropecuarias, con un esquema comunista, cosa que no pasó desapercibida por el Estado, y desde entonces, se convirtió en el enemigo, disfrazado del “fantasma del comunismo”. Era algo muy similar a lo que Aminta, su madre, en su momento, tuvo en mente: una suerte de república independiente, solo que la de ella, tendría su sustento financiero, en la coca, y realmente, no tenía una intención política o de toma del poder. Desafortunadamente, en Colombia, no hay nada posible, para todo aquel que intente escapar al sistema, o no enriquezca a los más ricos: Amaranto supo desde aquel momento, que sí no jugaba el juego de este sistema, iba a tener que luchar contra este, y no únicamente, él, sino su familia, que en algún punto había pensado en crear una República de papel, sustentada en la producción de coca, que era el enemigo mundial en aquel entonces. Amaranto fue enlazando todos aquellos sucesos, y entendió que, a lo mejor, su llegada a esta guerrilla tenía un propósito, y era el de luchar contra toda esa serie de circunstancias adversas que le había tocado vivir a él en carne propia, y a su familia, que no encontró una salida distinta a la siembra de plantas ilícitas, para tener la opción de existir.
Amaranto se asumía ahora, a él mismo, como un producto de la guerra, del desplazamiento, y de la pobreza, que había tomado forma de un niño combatiente, que disparaba, contra esas personas que representaban ese Estado abyecto, que escupía sobre esa pobreza, y que, aunque la repudiaba, igualmente la utilizaba, (como a todos) para sus siniestros fines. Sabía que probablemente, no ganaría jamás una guerra contra una bestia de siete cabezas, como lo era el Estado Colombiano, pero lo que sí sabía, era que las FARC, a la larga, se convertirían en una piedra en el zapato (una muy grande) que les arruinaría un par de planes, y todo habría estado muy bien, sí el fin mismo, hubiera sido ese, pero las ansías de poder y del dinero malogran cualquier cosa, incluyendo los ideales, que en un país como este, también tenían un precio.
Por otra parte, en la vereda, Eustaquio y José Amario, desistieron, durante la segunda producción de coca, de la búsqueda del niño, cosa que no tenía muy contenta a Aminta, quien airadamente, les reclamaba casi a diario, y les lanzaba toda la responsabilidad de lo que ocurriera, ya que ellos habían establecido como prioridad para el grupo de hombres del bloque de búsqueda, armarse, aprender a luchar y a operar, como sí se tratara de un grupo campesino de autodefensa; también tenían como plan B, esperar a que las aguas se calmaran un poco más, para ir con más tiempo a buscar a Amaranto, aunque sabían perfectamente, que encontrarlo muerto, era una posibilidad real. También desistieron de la idea de intentar negociar con la guerrilla, porque, aunque conocían de la existencia del grupo, era sabido que operaban en varios frentes, que tenían características propias, y tendrían que hablar primero quién sabe con qué cantidad de gente, ceder en muchas cosas, antes de tener a Amaranto de vuelta, y por eso, dejaron de lado aquella opción. La única acción real de la familia en aquel momento, fue la de las abuelas de Amaranto y de Aminta, quienes no pararon de orar nunca; Aminta en particular, sentía que, a través de la oración, hallaba un poco de paz, y sentía, igualmente, que al ser supremo al que se acercaba, sí la escuchaba, y tenía en cuenta sus peticiones, distinto a lo que ocurría con Eustaquio su esposo, a quien sentía cada vez más distante; sin duda, la desaparición del niño, había contribuido a que la relación de sus padres, se erosionara de forma considerable, esto porque Aminta sentía que para Eustaquio, las prioridades habían cambiado, y para ella, su única prioridad en aquel momento, era recuperar a su hijo, aunque, de mala gana, también continuaba con el tema de la “empresa” de coca.
Pronto, la segunda producción de coca de la vereda, estaría lista para que el Caleño la recogiera. Los vecinos y en general la gente de la aldea dejaron de lado el hecho que Amaranto se había sacrificado por los cinco niños, y que ya no estaba entre ellos, quizá porque había una conciencia colectiva que de una u otra manera, Amaranto, volvería al lugar donde nació, a su vereda, más temprano que tarde, pero pasaría mucha agua debajo del puente, antes de que eso ocurriera.
A las semanas, El Caleño hizo su siguiente aparición, y encontró que la vereda tenía más apariencia de un cuartel militar, que, de una aldea campesina, lo que hizo de inmediato que sus escoltas levantaran sus rifles defensivamente, porque pensaron que les estarían apuntando de algún lugar, lo cual era parcialmente cierto, dado que la gente estaba en guardia, pero no apuntando, porque sabían que el caleño era su único comprador, así que no tenía mucho sentido intentar atacarlo.
¿Por qué la aldea está tan “cambiada”? - dijo El Caleño mirando hacia todos lados, esperando fuego de cualquier lugar.
Es simple prevención, dijo José Amario
¿Pasó algo durante mi ausencia? ¿Los Farianos les propusieron algún tipo de negocio? - Dijo El Caleño, como intuyendo toda la situación.
Intentaron extorsionarnos, secuestrando a cinco de nuestros niños, para que dijéramos todo lo referente al negocio, y para delatarlo a usted como nuestro principal contacto, así como para que ellos se pudieran apropiar de la fábrica - Explicó Eustaquio.
Vamos a hacer una cosa, me entregan el producto, y vamos a inventarnos una “estrategia” para que esa gente no se acerque nunca más.
La entrega del producto se hizo, acorde a las condiciones pactadas anteriormente, y se llevó a cabo, sin mayores sobresaltos, en lo que José Amario y Eustaquio, expusieron toda la situación de Amaranto.
Van a hacer lo que les voy a indicar: Van a intentar contactar al comandante del frente que tiene a Amaranto, y vamos a negociar la información que tiene que ver conmigo, como principal comprador de su producto. Vamos a pedir que como Emisario de una posible “negociación” envíen a Amaranto, y a otro de sus hombres, y a continuación: recuperamos al niño, y le enviaremos un mensaje bien claro a aquellos malnacidos, con el otro emisario. Apenas logren el contacto con esa gente, me informan por favor, y yo me pondré en contacto con ellos - Ordenó El caleño.
Y ¿Cómo sabremos que usted continuará haciendo negocios con nosotros, y no con ellos? - Preguntó José Amario, desconfiando.
Mire, lo que probablemente esa gente estaba pensando hacer era secuestrarlos a ustedes en su propia aldea, esclavizarlos para que siguieran produciendo, pero quedándose ellos como intermediarios, con toda la plata, para su “revolución” seguramente. Prefiero mil veces hacer negocios con ustedes, que son a quienes conozco, que no con esa gente, que parece ser todo, menos confiable. Lo que menos necesito en este momento, son intermediarios, menos ahora, que nos están siguiendo los pasos. - Aseveró El caleño.
Aminta sintió que, por un momento, sus súplicas, fueron escuchadas, y que, por fin, había una posibilidad real de recuperar a Amaranto, aunque tomara tiempo intentar ubicar al campamento, y a su comandante que ya se habrían desplazado, hasta algún otro departamento.