Adela

1944 Words
Repentinamente, Amaranto, llegando a su preadolescencia y a medida que pasaba el tiempo, iba sintiendo que su vínculo con Adela, se iba estrechando de maneras insospechadas, aún cuándo seguía siendo un niño en muchos aspectos, sentía que muchas cosas en él, iban cambiando, desde su personalidad, su aspecto físico, hasta la forma como despertaba en la mañana. Sabía que estaba convirtiéndose en hombre, y sabía que ya no estaba viendo a Adela de la misma manera, a pesar de que ella no era la más bella de las jóvenes; aún cuando era una chica considerablemente robusta, era una joven con una mirada muy cálida, y su manera ser, era algo que sin duda, causaba impacto, ya que trataba a todo aquel se le acercaba con ternura, y con especial cuidado, como si todas las demás personas, fueran muy frágiles, y como si cada una de ellas, tuviera alguna necesidad especial, y ella supiera exactamente, cuál era; También, por alguna extraña razón, las personas tendían a contarle sus secretos más íntimos y a confiar en ella, con solo haberla tratado una vez. En alguna ocasión Amaranto, rozó su mano, con la de Adela, y sintió como un corrientazo recorrió todo su cuerpo; sólo esperaba en el día, la finalización del arduo entrenamiento físico que recibía a diario, para ir a hablar con ella; Adela era un poco mayor que Amaranto, pero indiscutiblemente, ella comprendía mucho mejor, las cosas que ocurrían entre un hombre y una mujer. Adela sabía que Amaranto estaba haciendo su transición de niño a hombre, y podía notarlo porque cada vez estaba más alto, y su voz presentaba algunas rupturas; su mirada y sus ojos grises, eran rasgos que permanecían en él, pero Adela, también notaba que la ternura que había en sus ojos, iban cambiando paulatinamente; no obstante, ella era igualmente consciente, que aún era un niño, y que la única relación posible, era la de una amistad, que podrían seguir construyendo, el tiempo que permanecieran en aquel frente, o el tiempo que permanecieran con vida. Adela, era una chica que también había sido capturada por la guerrilla, hija de campesinos colonos, de un territorio al que todavía no había llegado la siembra de coca; en realidad, no tenía mayor futuro, porque su pueblo, ni siquiera contaba con un puesto de salud, o una escuela en la que pudiera aprender a leer: la simulación de colegio que le quedaba más cerca, implicaba cruzar un río, como mínimo a caballo, para llegar a una construcción en obra negra, a la que iban unos pocos niños, de aldeas aledañas a aprender, lo que un único profesor, podía enseñarles. Desde luego, como los padres de Adela temían que el río se llevara al caballo, y se la llevara a ella también, decidieron que aprendiera las labores domésticas, y las nociones de medicina que tenían las abuelas de la vereda, para que tuviera con qué defenderse en la vida, así fuera como cocinera, o como partera; la escuela, no fue una opción para ella. Un día, todo cambió para Adela, en el momento en el que la guerrilla la capturó, en un operativo que hicieran en el territorio que ella ocupaba; sus padres no pudieron oponer resistencia a su captura, porque los amenazaron de muerte, así que no hubo otra opción. En aquella ocasión, el comandante, le dio la posibilidad a Adela, de despedirse de sus padres, y llevar algunas cosas, como sí se tratara de un viaje, uno que no tendría retorno posible. Ella no opuso resistencia, se fue con aquellos hombres armados, encarando con entereza, su nueva realidad; el tema de su apariencia jugó a su favor, en sentido que, nadie la veía atractiva, y los hombres del campamento la respetaban, entre otras, porque sabían que era una suerte de “enfermera” y era quien los iba a curar en los combates, por lo que la figura de Adela, pasó a ser algo más bien sagrado en el campamento, y ninguno de ellos intentó jamás sobrepasarse con ella, o darle el trato que le daban a otras niñas a las que secuestraban. Al llegar al campamento, Adela supo desde el primer momento que su tarea principal era la de recoger los heridos, lavarles las heridas, hacer torniquetes, e intentar reubicar huesos, mientras estuvieran en combate. Ya en el campamento, sus tareas eran las labores domésticas habituales como racionar la comida, prepararla, y servirla. Eventualmente, solicitaban su ayuda para interrumpir embarazos, que era una tarea que era espantosa para ella, ya que, tras llevar a cabo aquellos procedimientos, quedaba completamente débil, y lloraba durante días, sin que el comandante lo notara, desde luego. Como estaba a cargo de los guerrilleros mientras estos se curaban, generalmente, durante la convalecencia, ellos solían contarle toda su vida, y cómo habían terminado combatiendo en la guerrilla; todos ellos tenían un punto en común y era que la mayoría terminaban en la guerra, debido a que no tenían otra opción de vida. Para muchos de los combatientes, el haber ingresado a la guerrilla, significó, así como para Amaranto, la posibilidad de aprender a leer, por ejemplo; siendo campesinos, a duras penas podrían labrar la tierra, y vender por tres pesos sus escasas cosechas. Adela había aprendido a vivir rodeada de muchos hombres, sin que ninguno hubiera despertado realmente su interés; de cualquier manera, aquellos guerrilleros se expresaban de manera ordinaria y en ocasiones soez sobre las mujeres, y sobre la manera en la que establecían contacto con ellas. Esto a ella se le hacía completamente reprochable, pero simplemente guardaba silencio, y algo de resentimiento, porque consideraba todas aquellas conversaciones como “inadecuadas”. Precisamente, El comandante la tenía en gran estima, por ser una joven juiciosa y prudente, que podía ver y escuchar cualquier cosa, sin hacer un solo comentario al respecto. Para Adela era muy habitual, presenciar los excesos que El Comandante de aquel frente solía tener, como los de la bebida y el tabaco: se transformaba completamente en otra persona, y solía terminar ebrio, de cabeza en alguna maceta y desde luego, era también parte de su labor, sacarlo de la tierra, lavarle el vómito, acostarlo en alguna estera, para al día siguiente prepararle remedios para la resaca. Por lo general, El comandante bebía en exceso, cuando lograban bajas en el Ejército, sin que él perdiera ni uno solo de sus hombres. Ella solía sentirse en ocasiones agotada de tantas tareas que tenía, y que, en su mayoría, no le gustaba llevar a cabo: cuando era una niña, soñaba con ser médico, porque sí había algo que disfrutaba de su vida en el campo, era el poder aprender de sus abuelas, sobre todo, el como ser partera, porque le maravillaba el milagro de la vida, e irónicamente, el destino, la obligaba a estar en un contexto lleno de muerte. Para dispersar la mente en las noches, Adela solía salir a ver la Luna, para contarle como se sentía, con el ánimo que alguien la escuchara; sin embargo, para ella, Amaranto también había representado un antes y un después, porque por primera vez, tuvo la impresión de que alguien no únicamente la escuchaba, sino que además, moría por hacerlo: sentía que su corazón se enternecía, cuando en las tardes, veía a Amaranto, correr hacia su tienda, sudado por el entrenamiento, a buscarla, para que le contara en detalle las minucias de su día, aunque fuera de combate, fuera básicamente, la misma rutina, eso no importaba, ese era el momento del día que era para ellos dos, y hablaban de otros mil temas, mientras el tiempo volaba. Ciertamente, Amaranto aprendió muchas cosas de Adela, porque ella se esmeró en alimentar su curiosidad por la especie de medicina que conocía, y que le enseñaba, además; Amaranto solía recordar mientras hablaba con ella, las cosas que su madre le enseñaba acerca de la enfermería, y de las propiedades de las plantas, y era algo que expandía su mente, y le distraía, además. Respecto a su relación con Amaranto, Adela prefería mantener la distancia física, al menos, en lo que él crecía un poco más, porque no quería anticiparlo a cosas que aún no correspondían a su edad; ella ya era consciente que sentía un gusto especial, que sentía una particular preocupación, y que la conexión entre ellos, era innegable, pero Amaranto no era un hombre aún, era un preadolescente. Ella prefirió vivir aquella amistad, con tanta intensidad como fuese posible, pero sin anticiparse a los hechos. Se esmeró por verse un poco mejor para él, y por seguir firme para escucharlo y atenderlo, sin que dichas atenciones, desde luego, fueran evidentes para el comandante, quien, de seguro, no tendría una reacción positiva, respecto a la naciente amistad, entre ellos dos. Mientras el tiempo transcurría para Amaranto, contemplando a Adela, el bloque de búsqueda que organizara su abuelo, José Amario, realizaba en San Vicente del Caguán, las primeras pesquisas para lograr establecer contacto con el comandante que tenía retenido a Amaranto; procuraron que las pesquisas tomaran la forma de “mensaje” para que el comandante mordiera el anzuelo más fácilmente, y les permitiera establecer contacto más rápidamente, de acuerdo a las órdenes que El caleño, había dado. Le estamos buscando para ofrecerle un negocio que le va a representar mucho dinero – Dijo uno de los hombres del bloque de búsqueda. Desde luego, de manera casi inmediata, se corrió la voz de que por fin se iba a saber exactamente, qué era lo que se estaba cocinando desde hacía ya tiempo en aquella vereda, que ahora tomaba la forma de cuartel militar. Las noticias, no demoraron en llegar al comandante, quien acudió durante la semana, a la aldea de Amaranto. Desde luego, Eustaquio había organizado a todos sus hombres, de manera ofensiva, para empezar un enfrentamiento, en el momento que se requiriera. Vengo hasta acá, porque me informaron en San Vicente, que usted quería hablar de negocios conmigo - Aseveró el comandante Así es. Queremos saber en primer lugar, sí es su frente, el que tiene retenido a mi hijo, Amaranto - Preguntó Eustaquio Tengo decenas de hombres a mi mando, ¿Cómo voy a saber quién es su hijo? - dijo el comandante en tono altanero. Pues tendrá que ir usted mismo a preguntarle uno por uno a sus hombres, ¿Quién es Amaranto? De lo contrario, no podremos hacer negocios. - Amenazó José Amario, quién también se encontraba allí. A mí no me amenace. Lo haré porque me interesa hacer tratos con ustedes, no porque ustedes me ordenen a mí nada – Dijo el comandante, en tono airado. El comandante se sabía observado, y ya había contado con los ojos, los hombres que le apuntaban, desde la altura de los árboles, inclusive; no estaba en territorio amigo, por lo tanto, debía ser extremadamente cuidadoso con lo que iba a hacer y a decir. Decidió aceptar las condiciones de Eustaquio y de José Amario, y se dispuso a ir inmediatamente al campamento, a preguntar uno por uno a sus hombres, ¿Quién era Amaranto? Era importante poder responder esta pregunta, ya que el Comandante de igual manera, estaba estimando otras fuentes de ingresos para el Frente, dado que el dinero que el comando central había suministrado, se había gastado en municiones para los últimos combates, y necesita aumentar y diversificar aquellas fuentes de ingreso. Aminta por su parte, observó a lo lejos, la llegada del comandante, y encomendó a todos sus santos, que la orden dada por El caleño, se diera de manera perfecta, que no hubieran muertos, y que le devolvieran a su hijo sano y salvo.
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