Amaranto no había recordado haber aprendido tanto en un lapso de tiempo tan corto, como aquel en el que estuvo lejos de su familia. De repente, sentía que ya no era un niño, y que la guerra había destruido por completo, todos sus sueños. Sin embargo, entendió que, sin importar el desastre, al final del túnel iba a haber siempre una luz: En este caso, su luz fue Adela. En tan poco tiempo, tuvo que aprender sobre la vida, sobre la muerte, sobre la necesidad de permitirse sentir de vez en cuando, sobre tener una visión fija en el futuro, para seguir caminando hacia ese punto, sin desquiciarse y sin perderse en el camino. Él siempre supo muy en el fondo de su alma, que algún día retornaría a su vereda, y que quizá todo este horror que tuvo que vivir de manera simultánea, seguro iba a servir para algo, esto porque, no concebía que, de tanto dolor, no se pudiese aprender nada. No sabía sí Adela estaría con él y sí lo esperaría para siempre, tampoco sabía con certeza sí al volver a la vereda, encontraría a Eustaquio, a Aminta, a su abuelo José Amario y a sus abuelas con vida y en sus cinco sentidos, porque sabía que la violencia, podía desquiciar a cualquiera, y alrededor del narcotráfico, un escenario de muerte, era lo que prevalecía.
En realidad, lo único que mantenía con vida a Amaranto, era la ilusión de ver día con día a Adela, sin importar lo duro de sus jornadas de entrenamiento; tener una ilusión, sin duda, era algo que le daba un sentido distinto a su vida, y era algo que agradecía a Dios todas las noches. Él sentía algunas reacciones físicas al ver a Adela, como por ejemplo que le sudaban las manos, y que se le entrecortaba la voz, pero más allá de tomarla de la mano, o darle un beso en la mejilla, no pretendía acercarse físicamente a ella de ninguna otra forma, es que ni siquiera sabía de qué otra forma podía un chico, acercarse a una chica, así que sí hubo algo que caracterizara aquel fortuito acercamiento entre Adela y Amaranto, era la inocencia, de aquel encuentro.
Después de varios días de recorrer el área, el comandante regresó muy afanado con sus hombres, y obligó a todos a reunirse en formación.
Quiero que, por favor, el soldado Amaranto de un paso al costado - Ordenó el comandante.
Amaranto, dio un paso hacia su izquierda, pero le temblaban las piernas, porque pensó que quizá el comandante pudo haber descubierto su amistad con Adela, y que, a lo mejor, eso iría contra los reglamentos del campamento.
Como ordene, mi comandante – Dijo Amaranto, con voz entrecortado.
Soldado, en estos días debe acompañarnos a una misión especial – Dijo de manera cortante el comandante.
Amaranto asintió con la cabeza, pero con el alma llena de dudas, que, desde luego, quería comentar en su totalidad, con Adela. Repasaba en su cabeza, todas sus acciones, buscando sí de pronto en algún momento, había cometido algún error que le pudiera costar la vida: No encontraba nada que justificara un posible “castigo” de parte del comandante.
¿Crees que haya hecho algo que pudiera molestar al comandante? - Dijo Amaranto con sus ojos grises, llenos de dudas.
Por supuesto que no. Lo que creo es que a lo mejor el comandante requiera hacer alguna labor de reconocimiento de algún terreno y necesite que le acompañes, pero será todo. Has hecho absolutamente, todo lo que te han ordenado, así que no veo porqué tengan que castigarte por algo - Afirmó -Adela.
Amaranto se dispuso a seguir con más entusiasmo que nunca, las órdenes que se dieron en aquella semana, para no darle ningún motivo al comandante para acabar por su vida; lo último que se imaginó es que, después de todo ese tiempo tan largo, iba a ver a su familia, así fuera desde lejos.
Esa semana, Amaranto se fue con el comandante, según lo que este último había ordenado, y tal y como si se tratara de una grabación mental, empezó a reconocer la vegetación del lugar, y concluyó que era un lugar por el que ya había caminado, además de tener la constante sensación de estar “devolviéndose”. Estaban tomando el camino de vuelta hacia la vereda de la que fue arrancado. Reconoció palmo a palmo aquel trayecto, y sintió como su corazón se recogía por la nostalgia: Recordó las semillas que había lanzado en aquel entonces al suelo, para poder devolverse, cuando intentó rescatar a los niños de la vereda, también, sintió algo de tristeza al recordar la imagen de su abuelo José Amario, dejándolo atrás. Fueron muchos los sentimientos que llegaron a su corazón; no obstante, recordó que sí él no se hubiera sacrificado, probablemente, hubieran muerto todos los de su comunidad.
Caminaron casi durante otra semana, e hicieron varias paradas estratégicas, en las que procuraron descansar; Amaranto supo que se dirigían a su hogar, lo que no entendía muy bien, era ¿para qué? Pensó en mil posibilidades: que a lo mejor habían desaparecido a todas las personas de la vereda (incluyendo a su familia), convirtiéndola en una vereda fantasma, y que irían a ocuparla, o que irían a tomarla a sangre y fuego, o que, por último, irían a “negociar”; Amaranto no quería dormir, quería llegar ya a su casa, y ver a sus padres y a sus abuelos, cerciorarse que estuvieran todos bien, y que el comandante no los había asesinado a todos. El comandante pudo ver en los ojos grises de Amaranto, lo que probablemente este estaba pensando:
Tranquilo mijo, que no es para nada malo. Seguramente, haremos negocios muy provechosos – Dijo El comandante en tono burlón.
A la semana, los guerrilleros y Amaranto llegaron nuevamente a la vereda, y éste último, no pudo ocultar su emoción y se puso a llorar.
Parece una señorita. ¡Deje de llorar, soldado! - Ordenó el comandante, con su habitual crueldad.
De inmediato, Amaranto, procedió a secarse las lágrimas; es que no era algo sencillo para él, porque llevaba ya casi un año, sin ver a los suyos, y temía que de pronto no lo reconocieran, por lo mucho que había crecido, e igualmente, porque su voz y su manera de ser, básicamente, ya no eran lo mismo.
El comandante ordenó sobre la entrada del pueblo, que lo escondieran, en lo que él avanzaba al rancho de Eustaquio y José Amario.
Traje las pruebas de supervivencia que me solicitó, para que ahora sí, nos sentemos a hablar de negocios – Dijo el comandante
Entonces, ¿sí está mi hijo entre las filas de sus hombres? - Dijo Eustaquio, intentando mirar a los rostros de los hombres que acompañaban al comandante.
Así es - Aseveró el comandante.
Quiero ver inmediatamente, con qué me va a probar que está bien - Ordenó José Amario
El comandante procedió a hacer una especie de silbido, a lo que inmediatamente, respondieron unos hombres que se apresuraron a llegar al lugar donde se encontraba el comandante.
Aminta, que observaba todo entre las rendijas del rancho de bareque, salió corriendo y llorando
Mijo, por favor, déjeme abrazarlo... ¡Mi niño! Dios mío, no puede ser – Sollozaba Aminta.
El comandante, retiro a Aminta, como intentando golpearla con la culata del fusil que traía. Amaranto en aquel momento, quiso abalanzarse sobre aquel cruel hombre, y golpearlo, por intentar tocar a su madre con un arma, pero se contuvo, porque un impulso, podía arruinar aquel encuentro.
José Amario vio a Amaranto, estirado con una apariencia mucho más viril, e inmediatamente sus ojos se llenaron de lágrimas: Quería arrodillarse a pedirle perdón por haberlo dejado abandonado en aquella trampa, y se atormentaba, constantemente, pensando en todo aquello por lo que pudo haber pasado durante esos meses; pese a que la vida había continuado, el vacío que él había dejado, permanecía. Para Eustaquio, pesaba el remordimiento de haber detenido parcialmente la búsqueda de su hijo, pero sabía que iba a tomar tiempo, y que precipitarse sin un plan como el que ya habían concebido con el caleño, podía significar la muerte para Amaranto.
El pueblo en pleno, estaba expectante, pero en posición de defensa, y listo para disparar, al primer movimiento en vano que observaran, del comandante y de sus hombres; no obstante, Amaranto también se encontraba allí, y disparar, podía resultar bastante riesgoso, porque él podía caer en el fuego cruzado.
Por favor, deje que mi esposa, abrace a su hijo - ordenó Eustaquio
El comandante hizo una seña de aprobación, e inmediatamente, Aminta, con su rostro completamente, enjuagado en lágrimas acercó sus manos a la cara de Amaranto, que ahora tenía un rostro mucho más grande, una espalda más ancha, pero notó que la contemplaba con aquellos mismos ojos grises, que vio por vez primera, después de su doloroso parto. Amaranto lloró y la abrazó; desde luego ella notó que sus brazos eran más fuertes, y que no olía bien, porque había sudado tras largas caminatas, y porque quizá tuvo que pasar por muchos trabajos, antes de volver allí.
Mi niño, ¿está bien? - fue lo primero que preguntó Aminta
Claro que sí, mamita, estoy perfecto – Dijo Amaranto con su tono de voz, que ya había cambiado.
El comandante, dio la orden de que nuevamente, se llevaran a Amaranto a la entrada de la vereda, escoltado por dos de sus hombres, en lo que se sentaba a dialogar con José Amario y Eustaquio, quienes lo recibieron únicamente a él, y porque vieron a Amaranto con vida.
Lo que vengo a proponerles es lo siguiente: Les devuelvo a su muchacho, pero ustedes me dan a cambio el contacto, de quién les está comprando toda la base de coca, y se comprometen conmigo a seguir trabajando, y les pago un porcentaje – Propuso el comandante, tal y como el Caleño había anticipado.
Claro que sí, no hay ningún problema – Dijo José Amario.
Pero primero, quiero hablar con el contacto, y dejar sentado el negocio. Hasta que esto no ocurra, Amaranto sigue conmigo - Exigió el comandante.
Está bien, no hay problema: Nuestro comprador es una persona muy seria, y como estamos tan seguros del éxito de la transacción entre ustedes y él, podemos aguardar hasta entonces, para que nos devuelva el muchacho - Explicó Eustaquio, con una serenidad, que descolocó al comandante, y es que se le hacía bastante extraño que ellos hubieran accedido a casi todas sus condiciones.
El comandante tenía contemplado que Eustaquio y José Amario opusieran mayor resistencia, al momento de negociar; no pensó que así, a la primera, le iban a dar la información del “contacto”, y que iba a poder acceder tan fácil a este emprendimiento. Pensó que, a lo menos, habría alguna discusión, por lo que sintió algo de desconfianza, la cual decidió omitir, porque la ambición de lograr aquel negocio, le podía mucho más.
Eustaquio le entregó en un papel, con un teléfono y un seudónimo que decía “El Caleño”.
¿Y ustedes conocen a este personaje? - Preguntó el comandante, con algo más de desconfianza.
Por supuesto, ya le dijimos que es una persona seria. Nosotros también lo somos así que por favor, cierre lo antes posible con él ese negocio y devuélvanos a Amaranto – Dijo José Amario con premura.
Está bien, de aquí saldremos para San Vicente, y lo ubicaremos.
El comandante salió de la vereda, y ya en la salida, estaba Amaranto con los dos hombres que le custodiaban; hubo silencio total, en lo que abordaron el jeep a San Vicente del Caguán.
Amaranto reflexionaba, igualmente, acerca de lo extraña que se veía la aldea, que ahora parecía un fuerte militar, y la beligerancia con la que los aldeanos, los habían recibido, y era porque él no recordaba su vereda, como un lugar de personas violentas, pero entendía perfectamente que tras lo que sucedió, era muy probable que eso ocurriera, porque las circunstancias los habían obligado a defenderse; quería llegar de nuevo al campamento, para contarle con todo detalle a Adela, todo lo que había ocurrido: qué había podido ver a su familia, que su madre lo había abrazado, y que existía una posibilidad de volver a aldea, aunque esto representara dejarla a ella.