El abuelo de Amaranto, y su padre, retornaron sin ningún contratiempo a la vereda. Aminta los esperaba con arepas, algo de queso y agua de panela, y preparo la estera para su suegro, ya que sabía que ambos llegarían agotados por el viaje, y por lo complejo de la misión. Aminta, tenía muchas preguntas sobre cómo habían hecho para obtener las semillas, como prepararán la Tierra para sembrar, otra vez, pero, no era una época en la que las mujeres pudieran preguntar demás, así que, iría preguntando paulatinamente, para ella poder contribuir a ese nuevo “emprendimiento”.
Al día siguiente, Eustaquio y su padre, empezaron a delimitar el pequeño terreno que sería destinado a la siembra de las semillas: Pasaron todo el día en esa labor, para finalmente, empezar con la siembra de aquella, mala hierba. Según los cálculos del padre de Eustaquio, y de él mismo, obtendrían el doble de la inversión que tuvieron que hacer para adquirir aquellas plantas; no obstante, a Eustaquio le preocupaba la manera de distribuir la cosecha, sin hacer mayor alarde, para que, a su vez, esto no les acarreara ningún otro problema.
Empezaremos por esta pequeña partición rectangular, y a medida que vayamos viendo la evolución del cultivo, tomaremos un poco más de tierra...De ser necesario, quemaremos algo más de selva, y tendremos allí la plantación - Señaló el abuelo de Amaranto.
Padre, estimo que entre más pequeño sea todo, más sencillo va a ser mantenerlo oculto, de los que se quieran aprovechar del resultado. Nuevamente: No quiero aquí, ni a los perros del Gobierno, ni a los milicianos - Resaltó Eustaquio.
Es verdad, mijo, pero que el negocio “crezca” es una posibilidad que tenemos que contemplar - Señaló el abuelo de Amaranto.
Eustaquio conocía muy bien a su padre, quien era un hombre de un carácter recio, ambicioso y muy terco, y le preocupaba que esa misma ambición, pusiera en riesgo la seguridad de la familia; de hecho, aún se encontraba dudando sobre sí había sido buena idea, embarcarse en ese negocio, pero de nuevo, consideraba que era un destino inevitable, para todos aquellos que habían colonizado esas tierras, teniendo en cuenta que sí no buscaban alternativas, se iban a morir de hambre: - De cualquier manera, hemos logrado sobrevivir, los milicianos, siempre han estado presentes, desde que quisimos ocupar este lugar...Seguro habrá alguna manera de negociar con ellos, sí el tema toma una mayor magnitud” - Pensaba Eustaquio para sí mismo, a fin de tranquilizarse un poco.
¿En qué es lo que tanto piensas? - Dijo Aminta, acariciando la cabeza de Eustaquio.
Sabes que no estoy completamente seguro de lo que estamos haciendo, pero creo que inevitablemente, todos vamos a terminar sembrando lo mismo...Ya sea por el hambre, o la presión de los milicianos - Suspiró Eustaquio.
No creo que pueda ser tan malo como dices. De hecho, creo que pueda ser una “posibilidad” para nuestra familia - Señaló Aminta.
Los dos se abrazaron, en medio del silencio. Eustaquio sabía que sus palabras, serían una profecía auto-cumplida, porque era previsible que en lo que se descubriera alguna “fuente de riqueza” o de recursos, tanto Gobierno, como guerrilla, volarían como si fueran chulos, sobre esa riqueza.
Al día siguiente, Eustaquio y su padre, plantaron las primeras semillas de marihuana, mientras Amaranto, en el fondo del rancho, jugaba con unos carritos de juguete, que le habían regalado sus abuelos; de lejos, el niño observaba todo, sin imaginarse lo que aquella imagen, representaría para él, unos años más adelante.
En lo que las primeras plantas germinaban y estaban aptas para su cultivo, la familia de Amaranto, seguía plantando el mismo cacao y la misma caña, a manera de camuflaje de las demás plantas: siguieron la misma rutina de llevarla al mercado contiguo, para no despertar ninguna sospecha.
Pasaron así, los primeros meses, y la mala hierba, germinó:
¿Quién nos va a comprar esta primera cosecha? - Preguntó Eustaquio a su padre
Es un hombre al que le llaman “El caleño”, está vinculado con una gente muy pesada del Valle, que, en realidad, lo que comercializan es coca, que es otra posibilidad que deberíamos empezar a contemplar - Señaló el abuelo de Amaranto.
¿Es en serio? Papá, me parece que esto ya es muy riesgoso, y ahora usted se quiere meter en algo peor - Respondió Eustaquio.
¡Cálmese Mijo! Tenemos que ir viendo cómo evolucionan las cosas.
Supongo que el personaje, vendrá a hasta acá, y no nos hará viajar con eso, si ni siquiera contamos con un jeep - Increpó Eustaquio.
Desde luego que sí, mijo, yo ya tengo todo coordinado, el hombre llegará el próximo viernes en un pequeño camión, y se llevara el producido...Después de todo, no es que sea mucho - Señaló el abuelo de Amaranto
¿Cuánto nos dará? - Dijo Eustaquio, sudando de nerviosismo
Un millón de pesos...Es más del doble de lo que invertimos en semillas, y en abonos - Señaló el padre de Eustaquio.
Quisiera tomar ese plante, y no tener que hacer más esto. Tengo miedo papá, sí esto se crece, vamos a tener a la guerrilla y al Ejército, aquí encima de nosotros ¡Respirándonos en la nuca! - Exclamó Eustaquio, con las gotas de sudor destilándole por todo el rostro.
Creo que el miedo, puede limitar nuestro progreso - Señaló el padre
Si papá, pero su ambición, puede cegarnos la vida a todos, se lo digo con todo respeto – Dijo Eustaquio.
La entrega del “producto” se llevó a cabo, tal y como el abuelo de Amaranto, había establecido. Aquel día llegó un jeep rojo del año, descapotado, y repleto de barro, con cuatro hombres, todos con un muy mal aspecto. El más grande de todos, era un señor de tez morena, que medía los dos metros, con una cicatriz enorme en su rostro; parecía un gigante, a prueba de balas. El caleño, era un hombre que parecía “gente de bien”, de tez blanca, y algo rubio, sonrió y fue inevitable que Eustaquio notara al menos tres prótesis dentales en oro; los otros dos hombres, tenían pelo lacio largo, eran de baja estatura, y nariz aguileña, por lo que Eustaquio dedujo que se trataría de descendientes de alguna tribu indígena cercana; el único que sonreía era el hombre rubio, quién fue el primero en lanzarse del jeep sobre el piso de tierra que tenía la propiedad ocupada por la familia de Amaranto.
¿Cómo se encuentran esta mañana, caballeros? - Dijo el hombre mientras sonreía, y sus dientes de oro brillaban casi a una cuadra con los destellos del sol que rebotaban sobre su rostro.
Todo en orden - Señaló el abuelo de Amaranto, que se sentía demasiado incómodo con la presencia de aquellas personas en su casa.
Vengo a que hablemos de negocios. Soy el caleño, y quiero ver su mercancía, y la cantidad que tienen – Dijo el hombre rubio.
Sigan por acá - Dijo Eustaquio a los 4 hombres, sudando.
Los dos hombres de aspecto indígena, se quedaron aguardando en el jeep; lo siguieron únicamente, el gigante moreno y el hombre rubio con sonrisa de oro, a lo largo de un enorme pasadizo, que llevaba al improvisado rancho de Aminta y Eustaquio, donde estaba oculta la pequeña plantación.
Esto nos dará algunos kilos, sin embargo, ustedes deben saber que esto no es lo que nuestra “compañía” vende principalmente - Afirmó el hombre rubio, quien era apodado como “El Caleño”.
Podemos analizar las posibilidades, mi Don, por ahora, es esto lo que tenemos – Dijo con acento recio, el abuelo de Amaranto.
Podemos darles un millón y medio por estas maticas – Dijo el caleño, de manera despectiva. - ¿Les parece bien?
Me parece perfecto – Dijo el padre de Eustaquio, con la mirada iluminada por el signo pesos, en sus pupilas.
Quisiéramos hacer negocios más grandes con ustedes, que ameriten la venida hasta acá...Saben ustedes que tuvimos que cruzar una trocha gigante, porque no hay carretera hasta este pueblo- Afirmó el hombre rubio.
¿De qué clase de negocios estamos hablando? Dijo Eustaquio, increpando al Caleño
Necesitamos proveedores de Amapola...De coca concretamente – Dijo el hombre rubio.
No tenemos laboratorio, ni como extraer “los gramos” - Replicó Eustaquio, con las gotas de sudor, rodando por sus mejillas.
No es necesario que la procesen “por ahora”, en otra vereda contigua a San Vicente, tenemos quién nos haga esa tarea...Con las maticas, es más que suficiente - Afirmó el caleño, con su dorada sonrisa.
¿Cuánto más necesitan? - Dijo el abuelo de Amaranto
El doble de lo que tienen sembrado acá. Por ahora, nos llevamos esto, y estaremos en contacto en unos cinco meses ¿Qué les parece? - Dijo el hombre rubio.
Me parece perfecto, lo contactamos, entonces, como venimos haciéndolo hasta ahora – Dijo el padre de Eustaquio.
Así es - Afirmó “El caleño”.
El hombre moreno de dos metros de altura, procedió a llevarse a cuestas, el costal con la hierba cortada, y apenas lo tomó entre una de sus manos, como sí se tratara de una canica, lo que estaba levantando. “El caleño” procedió a entregarle un fajo de billetes nuevos al abuelo de Amaranto, a quién parecía volvérsele agua la boca, contando aquellos billetes, porque era mucho más que lo que estaban pidiendo.
Está completo - Afirmó el Abuelo de Amaranto, con una sonrisa de satisfacción que Eustaquio nunca había visto en su padre.
Desde el improvisado rancho, Aminta observó a aquellos hombres, sosteniendo a Amaranto en sus brazos, y procurando arrullarlo para que se durmiera y no saliera, ya que, dada la prevención que Eustaquio tenía con ese asunto en particular, prefirió que los peligrosos hombres que pisaban su hogar, no se dieran cuenta que tenía una familia tras él.
El abuelo de Amaranto, dio la mitad del dinero a Eustaquio, y procedió a irse contento del improvisado rancho.
¿Qué piensas de todo esto? ¿Crees que esté correcto? - Dijo Eustaquio mirando a Aminta, quién se encontraba en la última esquina del rancho, con Amaranto en los brazos.
No sé si esté precisamente bien, o mal, pero sé que nos va a permitir estar tranquilos un tiempo - Afirmó Aminta, pasando sus dedos, por los húmedos cabellos de Eustaquio.
El hombre rubio, nos está pidiendo sembrar ahora, el doble, pero de coca – Dijo Eustaquio, cabizbajo – Seguramente, mi padre salió de aquí a conseguir a San Vicente del Caguán, las semillas.
Bueno, de pronto no sea una mala idea – Dijo Aminta, quien se encontraba mucho más optimista frente al tema.
Lo he dicho como unas mil veces esta semana: Me angustia que esto pueda afectar a nuestra familia, o que luego, terminemos convirtiéndonos en esclavos de esa gente - Señaló Eustaquio con firmeza.
Tal y como Eustaquio había supuesto, su padre tomó el primer jeep que encontró hacia San Vicente, con el dinero que “El caleño” le había dado, y se dispuso a buscar hasta por debajo de las piedras, al contacto que le había vendido las semillas de marihuana, inicialmente.
Bueno, está un poco difícil encontrar esas semillas ahora mismo, porque no las tengo a la mano - Señaló el contacto de Don José Amario, el abuelo de Amaranto.
Sí le dejo la mitad del dinero...¿Las conseguiría? - Dijo Don José Amario.
Por supuesto que sí. Venga en una semana, que aquí se las tengo – Dijo el Contacto.
Don Jose Amario, se encontraba dichoso, porque por fin, su sueño de ser un gran terrateniente, estaba encontrando un camino, y realmente poco le importaba lo que tuviera que sacrificar, para conseguir esa fortuna; para él, el fin justificaba los medios, sin ninguna contemplación moral de por medio. Aquel día, cuando la tarde iba cayendo, tomó el último jeep, de camino a la vereda; sabía que le esperaba una difícil conversación con Eustaquio, pero también era plenamente consciente que lo necesitaba para emprender aquel complejo proyecto, porque él solo no podría cultivar el doble de lo que ya habían sembrado de marihuana: Tendrían seguramente que quemar más monte, adecuar la tierra, y cuidar las plantas, y a él, por los casi 62 años que cargaba encima, las fuerzas lo iban abandonando.