En aquella aldea del Caquetá, todas las familias, se encontraban en pro del cultivo, y se encontraban dichosos con las promesas de “José Amario”. No obstante, en San Vicente del Caguán, ya se corría el rumor, que algo acontecía en aquella apartada vereda, porque todos estaban mandando a traer, los mismos insumos: queroseno, químicos y Fertilizantes. La explicación que dio Jose Amario a su “contacto”, a fin de que este corriera la voz por toda la ciudad, era que estaban ocupando mucha más extensión de tierra, y que, por ende, para que la quema de la selva, fuese mucho más efectiva, el queroseno, ahorraba mucho trabajo, dadas sus propiedades de combustión. Esta explicación, aplacó los rumores, y se mantuvo durante unos meses más. Sin embargo, dada la curiosidad de muchas personas, empezaron a ir a la abandonada vereda, como sí se tratara de algún plan turístico, para poder observar, qué era lo que allí estaba ocurriendo. No encontraron nada, porque las siembras se estaban haciendo de las fachadas de los ranchos hacia atras, y todo se encontraba cubierto, además, de estar rodeado por mucha selva; era algo que también era muy difícil de detectar, de parte del Ejército, dado que el hecho de estar rodeada por árboles autóctonos de esa área, ofrecía una cobertura adicional, por lo que, desde las alturas, observar techos, era muy complicado.
Aminta, tenía la sensación de estar siempre “a punto de”: de que la descubrieran, de que llegara alguno de los actores armados, de que al caleño no le gustara el producto que estaban fabricando, o de que algo nefasto, ocurriera; sin embargo, seguía adelante: ya no había marcha atrás.
Aquella semana, llegaron a la vereda, el hombre moreno de dos metros, y los dos hombres, de apariencia indígena, que escoltaron al caleño por última vez, todos los aldeanos, se encontraban en sus respectivos ranchos, realizando sus labores de campo, así que la presencia de los tres hombres, en la propiedad de José Amario, pasó completamente inadvertida. José Amario entregó (como había prometido) la muestra de base de coca, que había solicitado El Caleño. Sin mediar palabra alguna, los hombres, que se fueron, como alma que lleva el diablo, en el jeep, perdiéndose en la espesa trocha.
Ahora solamente, nos queda esperar – Dijo José Amario
Papá, ¿No le parece, que nos precipitamos demasiado a aumentar la producción de algo qué ni siquiera sabemos sí se va a vender? - Dijo Eustaquio, con su temor acostumbrado.
La gente apenas está cultivando las matas de coca; de acuerdo al proceso que experimenté y diseñé, sí “la prueba” de base que envié, le gusta al caleño, no tenemos nada que temer, así sean las hojas únicamente, de seguro le van a servir, no se perderá nada - Replicó José Amario.
Ojalá y no estemos ensillando el caballo, antes de montarlo - Cerró Eustaquio.
Un par de días después, posterior al envío de la prueba, El Caleño, se puso en contacto con José Amario:
Lo felicito, José Amario. Realmente, me tiene sorprendido, la base que me mandó es de las más puras que me han suministrado. No tengo queja... Por favor, continúe usted con la idea de agrandar la producción. Programaremos una fecha en unos meses, y llevaré tanto dinero, que absolutamente todos, van a estar dichosos, en ese barranco – Dijo El caleño, entre risas.
Bueno, me complace que le haya gustado, patrón - Aquí estamos para servirle, y para anticiparnos a sus solicitudes, igualmente - Respondió José Amario, que se encontraba muy feliz, ya que, como había dicho Eustaquio, se pudieron haber anticipado demasiado a los hechos: - Esta gente, va a tener plata, hasta para forrar los ranchos con billetes – Pensaba de manera burlona, para sus adentros.
La gente en aquella aldea, continuaba trabajando casi que, las veinticuatro horas, los siete días a la semana. Repetían las mismas rutinas que Eustaquio y Aminta, en su momento: Levantarse a las cuatro de la mañana, a tomar café con panela, y comenzar las labores de la tierra.
Amaranto, por su parte, que era un niño mucho más grande, y más consciente en aquel momento, empezó a trabajar haciendo mandados, entre un rancho, y otro: llevaba los insumos, cargaba bultos con hojas, llevaba recados, y empezó a ganarse unas monedas; aunque nadie había si quiera notado su presencia, en todo el tiempo que había llevado construir aquel proyecto, Amaranto iba anotando cosas, que llamaban especialmente su atención: Empezó a ahorrar, para comprarse un jeep, igual o mejor que el del Caleño y sus hombres porque quería indagar aún más, en aquellos misterios que ocultaba la Selva: En su corazón de niño, aún, guardaba los relatos que Aminta le narraba de ranas de mil colores, y una serpiente boa, que era igual de grandes, al caudal del río Amazonas; reconstruía todos aquellos relatos en su cabeza, y quería lanzarse a la aventura, y por eso trabajaba, porque desde aquella corta edad, entendió que sí quería conseguir cosas en la vida, iba a tener que esforzarse, y ahorrar, que era una de las enseñanzas que él vio como su madre impartía a otros. No obstante, el destino, y las circunstancias, lo llevarían a enfrentarse, a esa selva espesa, de maneras inimaginables; tendría que recorrerla tan palmo a palmo, y tan de cerca, que, de seguro, sus sentidos, le harían perderse en aquella inmensidad.
En muchas ocasiones, Amaranto se sintió tentado a adentrarse solo, con sus botas pantaneras, en esa espesa selva. Como todos en la vereda, estaban tan ocupados, con “la empresa”, Amaranto, empezó por andar los alrededores del rancho, que no representaban mayor peligro para él. Aun así, estando en el patio de su rancho, logró vislumbrar en una ocasión a una serpiente de color verde brillante, que engullía los plátanos, de una de las palmas; también logró ver a una ranita que parecía bañada en oro, igual de pequeña a la palma de su mano, y debido a su belleza, quiso llevarla como mascota a su rancho, pero recordó que Aminta, su madre, le había enseñado que entre más brillante y vívido era el color de un reptil, más peligroso, podía llegar a ser este; también alguna tarde, cuando ya eran las seis, y el firmamento, se tornaba oscuro, logró visualizar entre los arbustos, unos ojos amarillos y brillantes, con una suerte de ronroneo, que sonaba seco en el fondo: Se trataba del puma, que venía a visitarlo; sin embargo y pesar de encontrarse con todos aquellos especímenes, Amaranto, nunca sintió miedo de andar en medio de la selva, hubiera querido que sus padres hubiesen sido recolectores o cazadores, como eran la mayoría de los grupos indígenas, que aún en esa era moderna, ocupaban, la Amazonía Colombiana; desde aquel momento, Amaranto, sabía que tenía una suerte de “vocación” por la vida que escondía la selva; incluso, siendo aún un niño, se molestaba enormemente cuando su familia o el resto de campesinos colonos de la zona, quemaban el área, para sembrar la maldita hierba. Amaranto intuía que el resto de su vida, iba a estar marcada, por aquella peculiar circunstancia y que esos sembradíos de coca, iban a modificar igualmente, el rumbo entero de su vida; por ahora, no tenía ninguna voz, ni ningún voto, y debía resignarse a seguir las decisiones que tomara su grupo familiar.
Pasaron los meses, y con ellos vino la cosecha de la hoja de coca, y la posterior etapa de transformación de la misma, para toda la vereda. Todos estaban en el mismo ciclo, porque todos empezaron a sembrar al mismo tiempo. Tanto Eustaquio, como Aminta y José Amario, acompañaron y enseñaron a todos los lugareños, como obtener el mejor fruto de aquella cosecha; muy pocos arbustos fueron los que se perdieron, y al final, consiguieron extraer la cantidad de kilos de hoja, que se habían propuesto inicialmente, en las clases de Aminta.
Los hombres, a los que José Amario había preparado, les correspondía ahora, empezar a macerar las hojas de coca, para empezar aquel nauseabundo proceso, de convertirlas en base de coca; de nuevo, algunos enfermaron, otros no pudieron comer en días, debido a las náuseas y los fuertes dolores de cabeza, pero trabajando incansablemente, lograron obtener los kilos que había proyectado conseguir, sin desperdiciar, absolutamente ninguna hoja.
Caballeros, es un honor para mí, decirles que hemos alcanzado nuestro objetivo, y que logramos hacerlo de acuerdo a lo que nos habíamos propuesto. Pronto, todos recibiremos nuestras recompensas.
Una vez, finalizó todo el proceso, las mujeres de la aldea, se propusieron a recoger todos los desechos, porque indistintamente, las personas de San Vicente del Caguán, seguían viniendo, y probablemente, lo harían aún más, después que recibieran su primer pago del cartel del Valle. Con escobas hechas a base de hojas, recogieron todo el desecho de ramas, y procedieron a barrer la primera capa de tierra, para después meterla en costales y lavarla, para que quedase lo más libre posible de queroseno y de químicos; la idea de Aminta, que era la más creativa de las mujeres, era verificar sí posterior a todo este tratamiento, aquella tierra, podría ser reutilizada; a Aminta, al igual que a su hijo Amaranto, le preocupaba lo mucho que podían modificar el entorno, pero por una sencilla razón: Porque la selva los protegía de ser observado desde arriba. Una vez, tuvieron todos los residuos, procedieron a incinerarlos, y a lavar los tarros de químicos, fuera del río, desde luego, ya que podían contaminar las vertientes, y si envenenaban las aguas, probablemente las poblaciones vecinas lo notarían. Aminta intentó llevar, hasta donde punto, lo más cuidadosamente posible toda la operación, recogiendo, cualquier indicio que quedara de la ilícita empresa.
Amaranto por su parte, ayudó de manera activa a limpiar el trozo de tierra, en el que vio la luz por primera, y empezó a aprender cómo tratarla, como consentirla, como dejarla descansar. Sentía que su corazón se encontraba muy conectado con el corazón de aquella selva, y su curiosidad infinita, le haría anhelar siempre, conocerla mucho más a fondo, y ahondar en todos sus secretos.
Tras semanas de trabajo sin descanso, la gente de la aldea, se preparó para empezar a descansar; la gente de San Vicente, siguió yendo, pero, no lograba notar qué era lo que había de diferente, con aquellas personas; - Ha de ser una cosecha muy grande, de caña y cacao, la que llevarán al mercado los próximos días - Se rumoraba entre las personas del Caquetá. Sin embargo, nada de eso, ocurriría.
De igual manera, José Amario, Aminta y Eustaquio, se preparaban para recibir la visita del caleño; su idea era la de recibir el dinero para luego distribuirlo equitativamente entre todas las familias de la vereda: Esto les daba una “ventaja” adicional, porque podrían decir que el monto que trajo el Caleño, era uno determinado, y sobre ese valor, podrían entonces dividir el resto; desde luego y pasado el tiempo, hubo a quienes les molestaba enormemente, aquella idea. Lo que preocupaba esencialmente a Aminta, y a sus allegados, era que la gente, probablemente, iría a gastar el dinero como loca a San Vicente del Caguán, y estas personas, notarían la bonanza de la aldea, por lo que Aminta se le ocurrió una idea:
Deberíamos comprar toda la cerveza y todo el trago que haya en San Vicente, porque la gente seguro se va a querer embriagar, pero, es preferible, que lo hagan aquí en la vereda, y no en otro lugar. A la gente de San Vicente, se le podría decir, que vamos a fundar, oficialmente el pueblo (así, sin reconocimiento alguno del Gobierno Nacional) y que ello justificaría toda la celebración - Comentó AmintaNo estaría demás anticiparnos a todo lo que esta gente quiera hacer con su dinero, pero que nos pudiera delatar - Cerró Eustaquio. De cualquier manera, sabemos que, la gente puede contar con este dinero, pero finalmente, tendrán que salir a gastarlo en otra parte, porque aquí no hay ni comercio, ni bares, ni tiendas, ni carreteras; podríamos intentar construir, un lugar, pero eventualmente, la gente va a tener que salir – Dijo José Amario. Pues llevaremos a cabo la fundación real de un pueblo, pero, pondremos entonces, nuestras propias reglas - señaló Aminta.