Elara sostuvo la mirada de Kaelen Drakmor sin pestañear.
Pero su cuerpo no estaba tan firme como su orgullo.
Había algo en él… algo que le apretaba el pecho, como si el aire se volviera más pesado cada vez que se acercaba. No era solo intimidación. Era una sensación rara, eléctrica, como si estuviera demasiado cerca de una tormenta.
Kaelen la observó unos segundos más, en silencio.
Como si midiera su respiración.
Como si midiera su miedo.
Luego giró lentamente hacia su escritorio.
El sonido de sus pasos fue suave, controlado, casi elegante… y aun así se sintió como una advertencia.
Kaelen tomó una carpeta negra, gruesa, y la dejó sobre la mesa con un golpe seco.
Elara no se movió.
—¿Qué es eso? —preguntó.
Kaelen abrió la carpeta con calma absoluta, como si lo que iba a mostrarle fuera un simple informe financiero y no una condena.
—La razón por la que estás aquí —respondió.
Sacó varios documentos y los deslizó sobre el escritorio. Las hojas se detuvieron justo frente a ella, como si la oficina misma se inclinara a obedecerlo.
Elara dio un paso.
Miró.
Y su estómago se apretó.
Firmas.
Fechas.
Cifras absurdas.
Demasiados ceros.
Sus ojos se movieron rápido, como si se negara a aceptar lo que veía.
—Esto… no puede ser real —susurró.
Kaelen apoyó los codos en el escritorio, observándola con una paciencia fría.
—Es real.
Elara levantó la mirada, con el corazón golpeándole las costillas.
—¿Lucien te debe todo esto?
Kaelen sonrió apenas.
—Lucien me debe más de lo que puede pagar en una vida entera.
Elara sintió un vacío en el pecho.
Lucien… ¿cómo era posible?
Lucien no tenía dinero. No tenía negocios. No tenía nada.
Entonces, ¿por qué firmó?
¿Por qué aceptó algo así?
—¿Qué hizo? —preguntó, con la voz tensa—. ¿Por qué te pidió esto?
Kaelen ladeó ligeramente la cabeza.
—Desesperación.
La palabra cayó como una bofetada.
Elara apretó los dientes.
—¿Y por eso lo mandaste a golpear?
Kaelen no negó.
No afirmó.
Solo la miró como si esa pregunta no tuviera importancia.
—Los hombres que no cumplen aprenden con dolor.
Elara sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Ese hombre hablaba de violencia como si hablara del clima.
Como si no existiera la culpa.
Como si la sangre fuera un detalle insignificante.
—Si él muere… —la voz de Elara tembló, pero su mirada ardía— te juro que…
Kaelen se incorporó lentamente.
Su mirada se volvió más oscura.
—Si él no paga, morirá —dijo con calma—. Y tú lo sabes.
Elara tragó saliva.
No, no lo sabía.
Lo sentía.
Porque ese hombre no estaba amenazando.
Estaba describiendo un hecho inevitable.
Elara respiró hondo, intentando contener el temblor en sus manos.
—Entonces pagaré yo —soltó—. Buscaré la manera.
Kaelen arqueó una ceja.
—¿Tú?
Elara dio un paso hacia él.
—Sí. Yo.
Kaelen se quedó mirándola en silencio.
Luego caminó alrededor del escritorio, despacio, como un depredador que no tiene prisa porque ya sabe que su presa no tiene salida.
Elara se obligó a no retroceder.
Pero cuando él se detuvo frente a ella, demasiado cerca, sintió que algo se le encendía en el cuerpo.
Su piel se tensó.
Su respiración se volvió más lenta.
Más pesada.
Y por alguna razón, su corazón no latía solo por miedo.
Kaelen la observó como si estuviera esperando que ella se quebrara.
Pero Elara sostuvo la mirada.
Kaelen alzó la mano.
Sus dedos rozaron su muñeca.
Solo un roce.
Pero fue suficiente.
Elara sintió un golpe eléctrico subirle por el brazo y clavarse en el pecho como una descarga. Su garganta se cerró. El aire se le atascó.
Su cuerpo reaccionó como si lo conociera.
Como si ese toque hubiera despertado algo dormido.
Elara se quedó inmóvil, odiándose por ello.
Kaelen también se detuvo.
Su expresión cambió apenas.
Una sombra de sorpresa cruzó su rostro.
Y luego… interés.
Su mano se cerró ligeramente sobre la muñeca de Elara.
—Quédate quieta —ordenó.
Elara tragó saliva.
—Suéltame.
Kaelen no la soltó.
Al contrario, la acercó un poco más.
Elara sintió su calor. Su perfume oscuro. Y ese maldito magnetismo que la confundía.
Kaelen la miró fijamente.
Demasiado fijamente.
Como si intentara atravesarla.
Elara sintió una presión en la cabeza.
Una sensación invasiva, extraña, como si algo intentara empujar dentro de sus pensamientos.
Como si alguien buscara abrir una puerta que debía permanecer cerrada.
Elara frunció el ceño.
—¿Qué… estás haciendo?
Kaelen no respondió.
Sus ojos grises se endurecieron.
Su mandíbula se tensó.
Y entonces… su mano soltó la muñeca de Elara como si le hubiera quemado.
Kaelen retrocedió medio paso.
Por primera vez, su control perfecto se quebró.
Fue mínimo.
Pero Elara lo vio.
Lo sintió.
El silencio entre ambos se volvió espeso.
Kaelen la miró como si ella fuera un error en su mundo.
Como si no pudiera aceptar lo que acababa de ocurrir.
—No… —murmuró él.
Elara lo miró, desconcertada.
—¿Qué pasa?
Kaelen apretó la mandíbula, su mirada fija en ella.
—Tu mente… —susurró— está cerrada.
Elara sintió que el estómago se le apretaba.
—No sé de qué hablas.
Kaelen soltó una risa baja, pero no fue divertida.
Fue peligrosa.
—Sí lo sabes —dijo, acercándose otra vez—. Solo que aún no lo recuerdas.
Elara sintió un escalofrío.
¿Recordar?
¿Recordar qué?
Kaelen levantó la mano y tocó su barbilla con dos dedos, obligándola a levantar el rostro.
Ese contacto fue peor.
Porque Elara sintió que su piel ardía.
Que su cuerpo se rendía aunque su mente gritara que lo odiaba.
Elara apretó los dientes, luchando contra esa reacción absurda.
Kaelen la observó como si disfrutara esa batalla.
—Eres un problema —murmuró.
—No soy tu problema —respondió ella con furia.
Kaelen sonrió lentamente.
—Todavía no lo entiendes, Elara Veyra.
Elara se quedó helada.
La sangre se le congeló en las venas.
—¿Cómo sabes mi nombre?
Kaelen no respondió.
Solo la miró como si esa pregunta fuera lo más divertido del mundo.
Como si el miedo de ella lo alimentara.
Como si su sorpresa fuera un premio.
Kaelen se inclinó hacia ella.
Su voz bajó, profunda, íntima… como un secreto venenoso.
—Porque sé muchas cosas de ti.
Elara sintió que el corazón se le salía del pecho.
Quiso retroceder, pero sus piernas no respondieron.
Era como si él la sujetara sin tocarla.
Kaelen acercó los labios a su oído, lo suficiente para que ella sintiera su respiración caliente.
—Y porque a partir de hoy… tu vida cambió.
Elara sintió el impulso de apartarlo, de gritarle, de empujarlo.
Pero en vez de eso, su cuerpo tembló.
Una mezcla de miedo y deseo que la enfureció.
Kaelen se apartó solo un poco y la miró a los ojos.
—Vas a pagar la deuda de Lucien —dijo—. Y lo harás bajo mis condiciones.
Elara lo fulminó con la mirada.
—¿Qué condiciones?
Kaelen sonrió.
—Las que yo decida.
La puerta se abrió de golpe.
El sonido cortó el aire como un cuchillo.
Una mujer entró con pasos lentos, seguros, como si la oficina le perteneciera.
Alta.
Esbelta.
Hermosa de una forma peligrosa.
Cabello n***o largo como la noche, ojos violeta oscuros, labios rojos perfectamente dibujados. Su presencia llenó la habitación como perfume caro… y amenaza.
Elara la miró sin entender quién era.
Pero su instinto se encendió.
Esa mujer no era normal.
Su mirada se clavó en Elara con desprecio inmediato.
Luego se giró hacia Kaelen.
—¿Otra vez con humanas? —preguntó con una sonrisa suave, venenosa—. Me sorprende que aún no te aburras.
Kaelen no apartó los ojos de Elara.
—Seraphine… —murmuró.
Elara sintió el aire volverse más frío.
La mujer dio un paso hacia ella, observándola como si fuera basura en el suelo.
—Dime algo, querida… —susurró— ¿ya te dijo quién es él?
Elara tragó saliva.
No supo responder.
Porque no sabía qué era Kaelen.
Solo sabía lo que sentía.
Esa presión.
Ese magnetismo.
Ese peligro que la atraía.
Kaelen sonrió lentamente.
Y su voz cayó como una sentencia:
—No.
Hizo una pausa, mirando a Elara como si la estuviera marcando con los ojos.
—Pero lo va a descubrir.
Elara sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Y por un segundo… juró ver una sombra moverse detrás de Kaelen.
Como si la oscuridad lo obedeciera.
Como si el mundo entero se inclinara ante él.