LA DEUDA
La lluvia caía fina, insistente, como si la ciudad estuviera siendo castigada en silencio.
Elara Veyra corría por las calles mojadas sin sentir el frío. Sus zapatillas chapoteaban en los charcos, el cabello rojo se le pegaba al rostro y el aire se le metía en los pulmones como agujas. Cada respiración quemaba, pero no se detenía.
No podía.
Porque Lucien estaba herido.
Y lo último que él dijo antes de perder el conocimiento fue un nombre.
Drakmor.
Ese nombre se le clavó en la mente como una maldición.
Elara apretó el celular entre sus dedos, marcando una y otra vez mientras corría.
—Contesta… por favor… contesta —murmuró, con la voz rota por el aire y la desesperación.
Nada.
Solo el sonido del tono y el vacío.
Los médicos no le dijeron mucho. La ambulancia se lo llevó y ella quedó atrás, empapada, con las manos manchadas y el corazón deshecho. Solo escuchó una frase que todavía le ardía como veneno.
—Fue un ajuste de cuentas.
Ajuste de cuentas.
Como si la vida de Lucien fuera una moneda de cambio.
Como si su sangre tuviera precio.
Elara apretó la mandíbula. La rabia le subió desde el estómago hasta la garganta, mezclándose con una sensación amarga de traición.
Porque en el fondo… algo le decía que Lucien le había ocultado más de lo que ella quería aceptar.
Cuando por fin vio el edificio, se detuvo en seco.
El rascacielos se alzaba hacia el cielo oscuro como un monstruo elegante. Cristales oscuros, puertas brillantes, guardias vigilando como estatuas. Todo en ese lugar gritaba poder. No el poder amable… sino el que aplasta.
Sobre la entrada, un letrero discreto y refinado:
DRAKMOR CORPORATION.
Elara tragó saliva.
El edificio parecía observarla.
Como si supiera que ella estaba ahí.
Como si la hubiera estado esperando.
La lluvia resbaló por su frente y le cayó en los labios. Tenía sabor metálico. Tenía sabor a miedo.
Pero Elara no retrocedió.
Apretó los puños y entró.
Adentro, el aire era cálido, seco… demasiado limpio. Mármol n***o bajo sus pies, luces blancas, paredes impecables, el olor caro de perfume y desinfectante mezclados en una combinación que se sentía artificial.
Como un lugar donde nunca pasaba nada humano.
Como un lugar donde el dolor no existía.
En recepción, una mujer de traje perfecto tecleaba sin prisa, sin levantar la vista, como si el mundo entero pudiera caerse y aun así ella seguiría escribiendo.
—Buenas noches. ¿Tiene cita?
Elara se acercó al mostrador con pasos firmes. Su ropa estaba empapada, su respiración acelerada, pero su mirada era de acero.
—Necesito hablar con Kaelen Drakmor.
La recepcionista levantó lentamente la vista. Sus ojos recorrieron a Elara de arriba abajo, juzgándola como si fuera una molestia sin importancia.
—El señor Drakmor no recibe sin cita.
—Mi novio está en el hospital —escupió Elara, incapaz de controlar el temblor en su voz—. Lo golpearon. Y dijeron que fue por él.
La mujer parpadeó.
Solo una vez.
Pero su rostro no mostró compasión.
Ni sorpresa.
Solo una frialdad incómoda, como si aquello fuera una escena repetida.
—Señorita… si no se retira, llamaré a seguridad.
Elara sintió rabia, una rabia tan fuerte que le temblaron los dedos.
No era solo miedo.
Era impotencia.
Porque todos actuaban como si Lucien no importara.
Como si la sangre fuera rutina.
Elara inclinó ligeramente el rostro, sonriendo sin alegría.
—Llámelos.
Y sin esperar respuesta, giró y caminó directo hacia los ascensores.
—¡Señorita! —gritó la recepcionista—. ¡Alto!
Elara no se detuvo.
Presionó el botón del último piso.
Las puertas se abrieron con un sonido suave y elegante. El interior era oscuro, con espejos que reflejaron su rostro pálido y su cabello rojo empapado, como si fuera una llama apagándose.
Antes de que las puertas se cerraran, dos guardias llegaron corriendo.
—¡Deténgase! —ordenó uno.
Elara los miró sin miedo.
—No.
Las puertas se cerraron.
El ascensor subió.
Demasiado rápido.
Elara se sostuvo del pasamanos mientras sentía el estómago apretarse. El marcador digital avanzó: 40… 55… 70…
El silencio era espeso.
Solo se escuchaba el zumbido suave del ascensor y el latido salvaje de su corazón.
Era como si estuviera subiendo hacia algo que no iba a poder detener.
Cuando las puertas se abrieron, un pasillo oscuro la recibió.
La iluminación era tenue, elegante, casi teatral. La alfombra negra absorbía el sonido de sus pasos. Las paredes estaban decoradas con cuadros abstractos demasiado caros para tener sentido, y el aire olía distinto allí arriba… más frío, más pesado.
Como si la temperatura cambiara por voluntad propia.
Elara caminó despacio por primera vez.
No porque quisiera.
Sino porque su cuerpo lo exigió.
Había algo en ese lugar que la obligaba a medir cada paso.
Al final del pasillo, una puerta doble destacaba como una frontera.
Una placa metálica brillaba bajo la luz:
KAELEN DRAKMOR. CEO.
Elara tragó saliva.
Su mano se alzó, temblando apenas.
Y empujó.
La puerta se abrió sin resistencia.
La oficina era enorme. Ventanales que mostraban la ciudad bajo la tormenta, como si el mundo entero estuviera arrodillado bajo ese piso. Un escritorio de madera oscura impecable. Un sofá n***o de cuero. Una mesa de vidrio con documentos perfectamente alineados.
Todo estaba ordenado.
Demasiado.
Como si allí nunca existiera el caos.
Como si allí nadie tuviera derecho a ser débil.
Y entonces lo vio.
Él estaba de pie junto a la ventana, mirando la ciudad como si le perteneciera.
Alto.
Imponente.
Su traje n***o era impecable, ajustado con precisión, como si la perfección fuera parte de su piel. Su cabello n***o azabache estaba peinado hacia atrás, y su postura… su postura era la de un hombre que jamás ha sido cuestionado.
Elara sintió un nudo en el estómago.
Pero no era solo intimidación.
Era algo más.
Algo que no quería reconocer.
Entonces él se giró.
Y el mundo se detuvo.
Sus ojos eran gris acero.
Fríos.
Penetrantes.
Como si no miraran un rostro, sino el interior de un cuerpo.
Como si pudieran ver secretos.
Como si pudieran arrancarlos.
Elara sintió que el aire le faltaba por un segundo.
Una presión extraña le apretó el pecho, como si la habitación se encogiera alrededor de él.
Como si su sola presencia alterara las reglas.
Sus miradas se encontraron.
Y fue un choque silencioso.
Elara sintió un calor recorrerle la piel, un impulso irracional, una sensación eléctrica que le erizó los brazos, como si su cuerpo hubiera reconocido un peligro… y aun así no quisiera apartarse.
Kaelen Drakmor la observó con calma absoluta.
No parecía sorprendido.
Ni molesto.
Solo… interesado.
Como si ella fuera una anomalía.
Una interrupción inesperada.
Y aun así, bienvenida.
Él habló con una tranquilidad aterradora.
—No es común que alguien entre aquí sin ser anunciado.
Su voz era grave, profunda… y le recorrió la columna como un golpe lento.
Elara sintió un escalofrío.
Y se odió por sentirlo.
Apretó los puños, obligándose a recordar por qué estaba allí.
Lucien.
Sangre.
Hospital.
Dolor.
Elara levantó la barbilla.
—No vine a pedir permiso.
Kaelen avanzó un paso.
Y el aire se volvió más pesado.
Más denso.
Como si la oficina misma se cerrara alrededor de él.
Su mirada no se apartó de ella.
—Entonces dime —murmuró—, ¿qué viniste a hacer?
Elara respiró hondo.
Su voz salió firme, aunque su corazón estaba descontrolado.
—Vine por Lucien.
Kaelen se detuvo.
Sus ojos brillaron apenas.
Y una sonrisa lenta, peligrosa, se dibujó en sus labios.
Una sonrisa que no tenía nada de amable.
Elara sintió que el estómago se le apretaba.
Porque en esa sonrisa había algo oscuro.
Algo que parecía disfrutar el sufrimiento ajeno.
Kaelen dio otro paso hacia ella.
Y Elara entendió algo aterrador:
ese hombre no estaba acostumbrado a que nadie lo desafiara.
Y ella acababa de hacerlo.