ROBERT El olor a humo de cigarro impregnaba la habitación. Me quedé sentado en mi oficina, la luz de las pantallas parpadeando frente a mí, como si sus imágenes tuvieran algo más que ofrecer. Pero no lo tenían. Solo vacío. Un vacío profundo y oscuro que no podía llenar, no después de lo que había sucedido. Sara y Pedro. Mis hijos. Cierro los ojos y me llevo las manos a la cara, tratando de mantener la compostura, pero todo es inútil. Veo sus rostros cada vez que cierro los ojos, recuerdo el sonido de sus voces, el eco de sus risas en los pasillos del hospital psiquiátrico. Nunca pensé que me encontraría aquí, enfrentándome a esta realidad cruel y desgarradora. Adam. Ese maldito traidor. El asesino. Lo había visto con mis propios ojos, vi lo que hizo, cómo los mató, uno por uno. El hom

