ALEXIS GALLAGHER El teléfono sonó una, dos, tres veces. Y nada. Colgué en la cuarta, sintiendo cómo el pánico se extendía por mi cuerpo como una corriente eléctrica. Claire no respondía, y sabía que algo andaba mal. Nunca dejaba de contestar por tanto tiempo. Mi mente iba a mil por hora, pero en el fondo, una certeza terrible empezaba a crecer: George había hecho algo. Siempre había amenazado, siempre insinuado, pero jamás imaginé que realmente llegaría a este punto. Estaba sentado en la sala, mirando el celular como si fuera a darme alguna respuesta milagrosa. El sol comenzaba a ponerse afuera, y la luz anaranjada se filtraba por la ventana, proyectando sombras que parecían alargarse y retorcerse por toda la casa. El aire era pesado, sofocante. Me sentía impotente, y esa sensación me es

