Capítulo 8
El despertador sonó a las seis de la mañana. Me levanté con una energía completamente renovada, sintiendo que el peso del cansancio acumulado durante la semana se había esfumado tras la maravillosa velada de la noche anterior. Mientras preparaba un café caliente en la pequeña cocina de mi apartamento, mi mirada se posó inevitablemente en el saco oscuro de Mateo, colgado de manera impecable en el perchero junto a la puerta. Una sonrisa inevitable se me dibujó en los labios al recordar la calidez de su mano sobre la mía, la fijeza de su mirada y la dulzura de su beso en el jardín del restaurante.
Elegí para este nuevo día un traje sastre de dos piezas en tono crema, una blusa de seda oscura y unos zapatos planos de charol. Me recogí el cabello en un moño bajo bien estructurado, me puse las gafas y tomé con extremo cuidado la prenda de Mateo, cubriéndola con un protector de tela para llevarla a la oficina en perfectas condiciones.
Llegué a la Torre Ferrer antes de las ocho de la mañana. Al cruzar el vestíbulo principal, la atmósfera de respeto hacia mi persona era tangible. Los empleados de recepción y el personal de seguridad me saludaban con amabilidad y deference, dirigiéndose a mí por mi nuevo título. Subí en el ascensor sintiendo una profunda seguridad en cada paso que daba.
Al abrirse las puertas en el piso cuarenta y dos, Elena, la nueva secretaria administrativa, ya se encontraba en su puesto organizando la correspondencia del día.
—Buenos días, Directora Valeria —saludó con una sonrisa cordial—. El señor Ferrer ya se encuentra en su despacho. Me pidió que le avisara en cuanto usted llegara.
—Buenos días, Elena. Muchas gracias —respondí amablemente.
Caminé hacia la puerta de nogal sosteniendo el saco de Mateo en un brazo y mi maletín de trabajo en el otro. Toqué suavemente con los nudillos antes de pasar.
—Adelante —dijo la voz de Mateo desde el interior.
Entré y lo encontré de pie junto al gran ventanal, revisando unas gráficas en su tableta digital. Llevaba una camisa gris clara de vestir con las mangas arremangadas de forma elegante. Al verme cruzar la puerta, dejó el dispositivo sobre la mesa y su rostro se iluminó con esa sonrisa cálida que guardaba únicamente para nuestros momentos a solas.
—Buenos días, Valeria —dijo, dando un par de pasos hacia mí. Sus ojos grises me recorrieron con un brillo de sincera admiración—. ¿Cómo descansaste?
—Buenos días, Mateo. Descansé de maravilla, muchas gracias —contesté, sintiendo un leve rubor en las mejillas—. Te traje esto de vuelta. Muchas gracias por prestármelo anoche, realmente me salvó del frío de la montaña.
Tomó la funda con su saco y lo colocó sobre el perchero de su oficina. Luego se acercó a mí, quedando a muy poca distancia. Extendió la mano y acomodó con infinita delicadeza un pequeño mechón de cabello que se había escapado de mi peinado.
—Te ves radiante hoy —murmuró con voz suave, rozando con la yema de sus dedos la línea de mi mandíbula por un segundo eterno—. Y el saco era lo mínimo que podía hacer por ti. Me alegra mucho saber que llegaste bien a casa.
—La noche de anoche fue maravillosa, Mateo —admití en un susurro sincero, mirándolo directo a los ojos—. Gracias por todo.
—Para mí fue la mejor noche en años —aseguró él con total firmeza—. Pero hoy nos espera una jornada bastante intensa. El Consejo Superior de Accionistas confirmó la reunión para el mediodía. Quieren oficializar la reestructuración de la junta tras la salida de Julián y revisar el primer informe de tu departamento.
—Todo está listo de mi parte —afirmé, recuperando de inmediato el tono profesional pero manteniendo la calidez en la mirada—. Revisé los esquemas de auditoría esta mañana antes de salir de casa. No habrá sorpresas.
Durante las siguientes tres horas, me encerré en mi nueva oficina de cristal a trabajar sin descanso. La sensación de tener un espacio propio, amplio, iluminado y equipado con la mejor tecnología me llenaba de un orgullo indescriptible. Configuré los accesos de seguridad del sistema contable, creé nuevas claves de encriptación para los archivos confidenciales de la presidencia y redacté las nuevas directrices de transparencia que todos los jefes de área tendrían que firmar a partir de la próxima semana.
A las once y media, Mateo tocó suavemente la puerta de cristal de mi despacho y entró.
—Es hora, Valeria. Los miembros del Consejo Superior ya están reunidos en la sala del piso cuarenta y tres.
Me puse de pie, tomé mi carpeta de cuero con los documentos oficiales y me ajusté las gafas.
—Vamos —dijo con rotundidad.
Subimos juntos por la escalera privada. Al ingresar a la gran sala de juntas, el ambiente era muy diferente al de la semana pasada. Ya no había miradas de desprecio ni murmullos de complicidad. Los accionistas mayoritarios, hombres y mujeres de negocios de gran recorrido, se pusieron de pie para recibir a Mateo con apretones de manos y disculpas sinceras por haber dudado de su gestión durante la maniobra de su hermano.
Don Roberto, el veterano presidente de la mesa, tomó la palabra.
—Señores accionistas —comenzó Don Roberto con su voz pausada y respetuosa—. Tras los lamentables acontecimientos de la semana pasada y la oportuna intervención de las autoridades, la empresa ha recobrado su curso normal. Hoy formalizamos la ratificación de Mateo Ferrer como Presidente Ejecutivo indiscutible del Grupo Ferrer.
Toda la sala estalló en un aplauso cerrado. Mateo agradeció con un gesto sobrio de cabeza, manteniendo la postura impecable que lo caracterizaba.
—Asimismo —continuó Don Roberto, dirigiendo su mirada hacia donde yo estaba sentada a la derecha de Mateo—, ratificamos la creación de la Dirección de Auditoría Interna de la Presidencia y el nombramiento de la señorita Valeria como su Directora Titular. Su astucia analítica y su lealtad salvaron a esta corporación de una catástrofe financiera.
Nuevamente, los aplausos resonaron en la estancia. Sentí una ola de satisfacción inmensa recorriéndome el cuerpo. Miré a Mateo y él me devolvió una mirada llena de orgullo y complicidad.
Tomé la palabra durante veinte minutos para exponer el nuevo plan de control de transacciones. Expliqué con lenguaje claro y directo cómo implementaríamos un sistema de verificación cruzada para evitar que cualquier ejecutivo, sin importar su rango, pudiera alterar firmas o documentos en el futuro. Los miembros del Consejo escuchaban con atención absoluta, asintiendo a cada una de mis propuestas y tomando notas en sus carpetas.
Al finalizar la reunión, cerca de la una y media de la tarde, los accionistas se acercaron uno a uno para felicitarme formalmente.
—Es usted una joven brillante, Directora Valeria —me dijo Don Roberto estrechando mi mano con calidez—. Mateo tiene mucha suerte de tenerla a su lado.
—Muchas gracias, Don Roberto. Le aseguro que la transparencia de esta empresa estará completamente resguardada —respondí con firmeza.
Cuando la sala finalmente se vació, Mateo y yo nos quedamos solos junto a la enorme mesa de caoba. Él caminó hacia mí, rodeó la mesa y me tomó suavemente de la cintura, atrayéndome hacia él en un abrazo dulce y protector.
—Estuviste brillante allá arriba —murmuró contra mi oído, haciéndome estremecer de felicidad—. Te adueñaste de la sala. Todos esos hombres de negocios quedaron impresionados con tu determinación.
—Solo dije la verdad y presenté el trabajo bien hecho —sonreí, apoyando mis manos en sus hombros—. Me siento muy feliz de poder ayudarte a proteger todo esto, Mateo.
—Tú eres lo mejor que le ha pasado a esta empresa... y a mi vida —dijo él con un tono tan transparente que me conmovió hasta lo más profundo del alma.
Se inclinó despacio y depositó un beso tierno en mi frente, manteniéndose cerca durante varios segundos mientras respirábamos en paz.
El resto de la tarde transcurrió con fluidez entre revisiones de rutina, firmas de contratos de nuevos proveedores y la organización de la agenda para los próximos meses. Por primera vez en mucho tiempo, la Torre Ferrer funcionaba como un reloj perfecto, sin sombras, sin amenazas y con un rumbo claro hacia el éxito.
A las siete de la noche, las luces del piso cuarenta y dos comenzaron a atenuarse. Apagué el equipo de mi oficina, guardé mis documentos en la caja fuerte del despacho y tomé mi bolso. Caminé hacia la oficina de Mateo para despedirme.
Lo encontré firmando las últimas cartas del día. Al verme en el marco de la puerta, dejó la pluma sobre el escritorio y se puso de pie.
—¿Ya te retiras por hoy, Directora? —preguntó con una sonrisa juguetona.
—Por hoy la auditoría ha terminado, Señor Presidente —respondí en el mismo tono divertido—. Mañana tenemos la revisión de los estados financieros del segundo trimestre.
Mateo caminó hacia mí, tomó mi mano y le dio un beso suave en el dorso.
—Te acompaño abajo —dijo con caballerosidad.
Bajamos en el ascensor privado tomados de la mano, disfrutando de la tranquilidad de la noche que comenzaba. En el estacionamiento subterráneo, su chofer personal ya tenía el auto listo. Mateo me abrió la puerta del vehículo, asegurándose de que estuviera cómoda.
—Mañana cenamos juntos de nuevo, ¿de acuerdo? —propuso Mateo mirándome con devoción antes de cerrar la puerta—. Quiero que vayamos a un lugar tranquilo cerca del mar durante el fin de semana para celebrar todo lo que hemos logrado.
—Me encantaría, Mateo. Que pases una muy buena noche —respondí con la ilusión brillando en mis ojos.
El trayecto a mi departamento fue rápido. Al llegar a mi edificio, subí las escaleras con el corazón desbordando de gratitud. Encendí las luces de mi hogar, me acomodé en el sofá y llamé a mi madre para contarle sobre el éxito de la reunión con el Consejo Superior y las felicitaciones de Don Roberto. Mi madre lloró de felicidad al teléfono, bendiciendo mi camino y agradeciendo la bondad de Mateo.
Al colgar la llamada, me acerqué a la ventana de mi habitación y contemplé las luces fijas de la ciudad bajo el cielo despejado. La vida me había puesto a prueba con tropiezos, dificultades y momentos de incertidumbre, pero hoy caminaba sobre terreno firme. Tenía un trabajo que amaba, el respeto de mis colegas y, sobre todo, el afecto y la confianza del hombre más maravilloso que había conocido jamás. Cerré los ojos y me quedé dormida con una paz infinita en el corazón, lista para seguir construyendo esta hermosa historia.