Mirar al pasado

1598 Words
La cálida brisa entraba por la ventana, me desperté y vi a Daniel durmiendo a mi lado, sus manos sostenían su cabeza y en una de sus manos se veía nuestra argolla de matrimonio. Era de los mejores momentos, verlo dormir así plácidamente era de las cosas agradables de la vida. Me levanté con cuidado y salí al balcón, algunos globos aerostáticos ya sobrevolaban los cielos, se alzaban danzantes sobre la intrigante geografía turca era un espectáculo maravilloso verlos. Y así pasé un buen tiempo, terminó de amanecer, los globos ya estaban todos por el aire algunos más arriba que ya parecían pequeños puntos de colores. Sentí como sus manos rodearon mi cintura – Buenos días señora Thorsen – Susurró Daniel con una voz ronca y me dio un beso en mi cabeza. - Buenos días señor Thorsen – Me giré para mirarlo, le sonreí y le di un corto beso en los labios. - ¿Llevas mucho despierta? – preguntó él. - No lo sé, salí y vi esto y me quedé embelesada – le sonreí tímidamente. - Lo sé, se ve espectacular - miraba atento el paisaje. Pegó un poco más su cuerpo en mi espalda, puso su cabeza sobre mi hombro y unos quedamos otro rato allí, solo contemplando el espectáculo que nos daba este hermoso lugar. - Vamos a desayunar y salimos a conocer- dijo Daniel sobándose el abdomen. - De acuerdo – Le sonreí es de esas personas que apenas despiertan tienen que comer o estarán de mal humor el resto del día. Nos tomamos el tiempo para vestirnos y desayunar, todo era espectacular en este lugar y la comida no se quedaba atrás, la gran variedad de frutas y comida. El calor llenaba todo el ambiente, así que nos vestimos más cómodos. El primer lugar que tenía que ir a ver era el museo al aire libre en esta misma ciudad, mi trabajo y mi vida eran los museos y la preservación de la historia así que no podía venir hasta aquí y simplemente no ir a conocer aquel lugar. Al llegar había mucha gente, algunos estaban esperando para entrar, era posiblemente el lugar más popular de esta zona, y la cantidad de turistas lo confirmaba. - ¿Podremos entrar? – le pregunté preocupada a Daniel Él lo notó en mi rostro, cierto aire de tristeza, tenía que entrar a conocer este lugar. - Voy a ir a echar vistazo y ver si puedo conseguir las entradas, espérame aquí cariño- me dio un pequeño beso en mis labios y salió dirigido a las taquillas del lugar, ignorando la fila inmensa que había detrás. - ¿Lena?- Esa voz, se me hizo familiar, un escalofrío me recorrió por todo el cuerpo, mi corazón se paró en seco y giré para ver de dónde venía la voz. - ¿Erin? – dije en una pregunta ahogada, las palabras me costaron tanto que dolió un poco mi pecho. - Lena, que alegría verte – Vi esos intensos ojos azules, acercándose rápidamente hacía mí, me tomó y me abrazó fuertemente. El aire se inundó de su inolvidable perfume. Su abrazo era eufórico, cálido y fuerte. - Que agradable sorpresa encontrarte aquí - Terminó de decir, mientras se separaba de mí y sonreía. - Sí, lo mismo digo – e intenté sonreír de la mejor manera que pude. - ¿Y qué haces aquí? No me digas que vas a trabajar en este museo – abrió sus ojos de la impresión - No, no, vine a conocerlo - - Ah, entiendo… Hay mucha gente, no creo que puedas entrar, debiste venir más temprano - - Si, eso veo – hice una mueca de decepción. En la tarde iríamos a montar en uno de los globos y en la noche viajaríamos a Estambul, era ya o nunca. - Si quieres puedes venir conmigo – dijo él de pronto. - ¿Cómo? – intenté analizar lo que me decía. - Yo estoy haciendo unos trabajos aquí, ya sabes, así que puedes entrar conmigo y te muestro el lugar- dijo Erin. - Es que yo… no… no estoy sola… - titubee un poco al decirlo. - Ya… - dijo y mirando a los lados tratando de adivinar con quien venía. Nos quedamos en un silencio incomodo observándonos a los ojos, yo intentaba descifrar toda la situación, por qué después de tanto tiempo, por qué en este momento. - Lenaa – llegó corriendo Daniel, estaba algo agitado. - Lo siento cariño, creo que no podremos entrar hoy, tendremos que hacer fila pero no nos garantiza la entrada, ya quedan pocas – me miraba con decepción por no poder hacer más. - Esta bien – dije agachando mi mirada. Daniel, giró su mirada hacia Erin que nos miraba atentamente. - Mucho gusto Erin – dijo primero ofreciéndole la mano. - Daniel, el gusto es mío – frunció un poco el ceño tratando de adivinar quien era el hombre que me hablaba. - Soy un viejo compañero de Lena, trabajaba en unos de los museos de los fiordos del norte de Noruega- se explicó Erin al ver la expresión de Daniel. - Ah entiendo- Daniel le sonrió. - Le estaba diciendo a Lena que pueden entrar conmigo, estoy trabajando allí, hablaré para que los dejen entrar conmigo - - Eso sería genial – dijo Daniel muy emocionado. - No sé si sea buena idea – Los dos me miraron atónitos, que yo me negara a la idea de entrar a un museo y más con los permisos que tendría Erin para ver los lugares que los turistas no pueden entrar. - No quiero que tengas problemas con la dirección– le dije a Erin. - Esta bien, diré que vienes a dar tu opinión del trabajo, ellos saben del trabajo que hicimos con los barcos vikingos, admiran lo que ambos hicimos - - ¿Me conocen? – dije un poco nerviosa. - Conocen tu trabajo y estoy seguro que estarán encantados de conocerte- - Vamos cariño, sabes que quieres entrar- me dijo Daniel alentándome. - Esta bien – dije al no tener opción. Erin hizo una llamada y al poco tiempo salió un joven con unas escarapelas para poder entrar. - Gracias Erin – le dije con una amplia sonrisa. - No es nada Lena – mi corazón palpitó fuerte de nuevo. Entramos y empezamos a recorrer los pasillos del lugar, Erin nos iba explicando las capillas de las iglesias, su nombre su historia y los frescos que íbamos encontrando en cada lugar. Yo estaba extasiada de felicidad de todo lo que íbamos viendo, le prestaba toda la atención posible, Daniel me llevaba de la mano, me soltaba muy poco. Por un momento me detuve a ver la pasión con la que Erin hablaba del lugar, siempre había sido así, su manera de interesarse por el pasado, por la historia por la preservación de este tipo de lugares. - Si queremos saber quiénes somos debemos mirar al pasado y ver que fuimos y en el futuro sabremos quienes debemos ser. – me dijo una vez mientras trabajamos juntos - ¿Es tu novio? - me sacó de repente de mis pensamientos, preguntándome casi en un susurro Erin. - Sí, ah … él es mi – junté mis manos y sentí la argolla que me recordaba – Mi esposo – terminé Erin asintió y agachó la mirada. - Te felicito Lena - sus palabras sonaban apagadas. - Gracias – le dije suavemente. - Estamos de luna de miel – esas palabras me sorprendieron, Daniel nos había estado escuchando. Erin se giró a verlo, también lo había sorprendido. - Eres muy afortunado, felicidades – intentó sonreírle y me miró pude ver un destello de tristeza en sus ojos. - Lo sé – dijo Daniel sacando pecho y tomándome un poco más fuerte hacía él. Al terminar el recorrido Erin me presentó con su equipo de trabajo, hablamos un poco, me sentía muy cómoda con toda la situación hablando de las cosas que me agradaban, tanto que casi olvidé a Daniel. - Debemos irnos, nuestro recorrido por la ciudad no ha terminado aún nos falta cosas por hacer, muchas gracias a todos y a ti Erin - - No te preocupes Lena, siempre eres bienvenida a cada museo y a donde esté- - Gracias – dijo Daniel un poco agotado, le dio la mano y fue saliendo del lugar. - Lena, espero seas feliz y lleves tu matrimonio con sabiduría- me dio un beso en la mejilla y se apartó. Yo salí detrás de Daniel, ¿Cómo había podido decirme esas palabras?... - Lo siento – le dije a Daniel, en realidad no sabía muy bien porque me disculpaba - Esta bien, aún alcanzamos a llegar, y sé que esto te gusta mucho - - La luna de miel es de los dos - - Me gusta verte feliz – me miró con ternura - A mí también – lo tomé de la mano - Tu ya me haces feliz – me dio un corto beso en los labios y corrimos para alcanzar a llegar a los globos. Por poco no lo logramos, estar allí arriba era refrescante, el atardecer caía en el horizonte, el aire era más frio, como me encantan el frio, te hace olvidar de otras cosas, debía olvidarme de nuevo de Erin, por qué en este justo momento, por qué esas palabras. Daniel me abrazó, su cuerpo era como un horno, siempre estaba cálido, con él nunca podría pasar frio. Con él mi vida era más tranquila. 
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