Después de la indeleble faena su respiración fue volviendo a la calma poco a poco, aún me sostenía de la misma manera en sus brazos. No quería dejarme ir, aún no. Tanto él como yo no podíamos pensar claramente lo que había sucedido, simplemente nos habíamos dejado llevar del momento. Pero ambos sabíamos que era un error. - Erin… - le susurré. - Dime, cielo… - me susurró él de vuelta. - Yo… - quería discúlpame, pero me costaban las palabras y más que disculparme con él sentía que debía discúlpame con su esposa, con Alice. A pesar de sus palabras no pude evitar sentirme como la amante, el arrepentimiento era inevitable, y por otras parte, era el mejor momento que había tenido en mi vida, no sé si era por la lujuria, el amor imposible o por que hacíamos algo inadecuado y poco moralista, p

