JOHN (hace 6 años)
—Sí, eres idiota — le dije, mirando sus ojos vergrisulados, así de exóticos y llamativos, mientras ella acercaba más sus labios a los míos. —No sabes reconocer a los lobos.
—Sé reconocer a los que son peligrosos. —respondió jadeante, al sentir mi mano en sus caderas.
La detallé por un segundo y sonreí de lado, negando con la cabeza, sin acabar con el contacto visual.
—No, por eso eres idiota, porque no supiste elegir a tu novio. Era peligroso para ti y aún así te metiste a ese cuarto con él.
—Es que no me refiero a esa clase de peligro, tonto. Hablo de los que son un peligro para el corazón. Esos son los más peligrosos, y aunque siempre has sido un idiota, eres de esos.
—Entonces ten cuidado.
Ella sonrió.
No, no lo decía para que riera, pero debía aceptar que tenía una sonrisa hermosa.
El frío se hacía cada vez más fuerte y ella parecía temblar, más no sabía si por la baja temperatura o por mi cercanía. Sentí ganas de probar.
Pero no, la acababa de salvar de un idiota que quería tomarla a la fuerza, y yo no sería otro idiota igual o peor.
—Ya, duermete, Daigle.
Tomé la manta y la abrigué, sonreí de la misma manera y cerré mis ojos. No obstante sentí como su brazo me rodeaba de la cintura y su nariz se hundía en mi cuello, y sin poder controlarme más la apreté a mi cuerpo y la dejé bajo mi regazo.
Vi miedo en sus pupilas, lo que me hizo reaccionar y darme cuenta de lo brusco que había sido, traté de alejarme pero ella me apretó con sus piernas alrededor de mi cadera y me detuvo.
—Ally…
—No te vayas… Al menos no por ahora…
Negué. —Sí me quedo pasará algo que no quieres que pase y no te saqué de esa situación para confundirte. Nos odiamos ¿recuerdas?.
Asintió, pero no me soltó. En cambio, me tomó del cuello y me hizo inclinarme a su boca.
—No estoy lista y tampoco eres mi persona favorita, pero podemos hacer esto y fingir que nos odiamos en la facultad… No quiero seguir siendo la virgen de la que se burlan siempre.
—Ally…
—¿O quizá tú tampoco lo has hecho?
Solté una carcajada.
—¿En serio quieres probar?
—Ya que. Tú estás aquí, eres mi única opción.
—Ah, bueno… entonces me voy…
—Espera… si pudiera elegir con quien perder la virginidad, supongo que sería contigo. Así que hazlo y luego sigamos siendo nosotros, odiemonos y discutamos, pero al menos ahora y por los años que nos conocemos… Enséñame ¿Sí?.
La miré directo a los ojos y entre hacerlo y no hacerlo, la apreté, tomé sus manos sobre su cabeza y lo hice.
Sonreí y la sometí a la cama, presionando con fuerza mi erección a su entrepierna, metí mis manos debajo de su vestido, deslicé su braga y me concentré en ver su rostro sonrojado, sus labios entreabiertos, sus ojos cerrados y su pecho subiendo y bajando agitado. Mientras subía despacio una mano por sus muslos y llegaba a sus encajes, me detuve un segundo, esperando que me frenara, pero no lo hizo.
Era frágil, nada que ver con la chica fuerte que creía que podía comerse al mundo, pero de algo estaba seguro. No, no estaba lista, y yo no sería el sujeto que odiaría luego por aprovechar su instante de debilidad. Pero yo también quería ponerla a prueba. Quería saber hasta qué punto podía dejarme llegar.
—¿Estás segura?
—Lo estoy… Solo hazlo, bobo.
Subí un poco más su vestido y dejé un beso en sus muslos. Gimió, tembló y exhaló aire desesperada. Subí otro poco más su vestido, esta vez más despacio, y toqué sus glúteos, respirando cerca de su entrepierna.
Quería que reaccionara, pero ella no parecía querer detener mis caricias.
Era muy accesible y eso me volvía loco, ya no quería parar.
—¿No te arrepentirás luego?.
Negó con la cabeza, tragando grueso.
—Solo hazlo.
La senté en el colchón sobre mis piernas, le quité por completo el vestido y desabroché su sostén, liberando sus redondos, hermosos y bien formados senos. Ahora yo no quería que me detuviera.
Me quité la chaqueta, luego la camiseta blanca y pegué mi pecho desnudo a sus senos, buscando sus labios para probarlos por primera vez, mientras que en mi mente pedía que me detuviera.
Ally jadeó, me abrazó del cuello y colocándose de rodillas al igual que yo, dejó que encajara mi cadera a la suya, besó mi cuello y cuando escuchó el ruido de mi cremallera, se detuvo de golpe y me miró a los ojos.
—Tengo miedo…
—Entonces no estás lista.
—Pero quiero hacerlo. Quiero intentarlo.
Acaricié su espalda, dejé un beso en su cuello y volví a negar. —Vamos despacio. ¿De acuerdo?.
Asintió y suspiró en mi cuello.
—De acuerdo.
Me alejé de ella y volví a mi lado de su cama. La jalé del brazo y la abracé a mi pecho.
No pasaría nada, hasta que tuviera que pasar, para mientras, nos seguiríamos odiando.
JOHN (Actualidad)
No era cierto. De todas las personas cursis que aman los dramas y las bodas, justo ella debía ser quien organizaría mi boda.
Quizá debí decirle a Karol que no estaba de acuerdo, pero a ella le urgía ayuda y yo no podría tener tanto tiempo dedicado a ello. Después de todo esa mujer sería quien organizaría mi boda, pero estaba bien, mientras no se cruzara en mi camino, todo estaría bien.
Doble en la route 20 en la avenida Kennedy, tomé un atajo y traté de no pensar más en Allyson Daigle, en el brillo opaco de sus ojos y en lo hermosa que se miraba. Estaba usando el vestido con el que habíamos tenido nuestra primera cita. Aún después de seis años le quedaba hermoso. Pero ¡bah! Seguía siendo la misma chica tonta que una vez quiso creer que era inalcanzable, incluso para mí.
Yo tenía una verdadera mujer, una que a pesar de mis caídas en estos años, había estado segundo a segundo y paso a paso a mi lado.
«Sigue pensando que no la conoces, Jonathan. Ella no lo vale» me dije en mis adentros, cruzando por una calle cerrada, llena de grandes y lujosas casas. Ese era mi punto de referencia.
Llevaba una semana intercambiando mensajes con el hijo del dueño de una cadena de de hoteles en Estados Unidos, quien me había pedido ayuda para remodelar una de las casas que le había heredado su padre en vida, al parecer también se casaría pronto y quería arreglar la casa para mudarse después de la boda.
No era mucho, solo una pequeña remodelación, así que lo más que me tardaría serían justo las dos semanas que estaría en Estados Unidos, o quizá menos.
Saqué los planos del auto, me quité el saco y tomé de la cajuela mi casco, tomé un lápiz, un plumón, un borrador y un compás, y me dirigí al interior de la casa que estaba al fondo del pasaje sin salida.
Eran casas hermosas, pero a mi parecer carecían de vida. Supongo que la persona que diseñó cada parte de la infraestructura de todas y cada una de esas casas, no estaba inspirado en ese momento. O simplemente quería terminar pronto.
Toqué el timbre y esperé, volví a tocar y nada, hasta que la puerta se abrió y el sujeto que me había contratado abrió la puerta un tanto sobresaltado y miró a un punto detrás de mí, como si buscara a alguien más. Al no encontrar nada suspiró con alivio y me extendió la mano.
—Tú debes ser Jonathan. No pareces inglés.
Sonreí con falsa amabilidad y asentí, estrechando su mano.
—No soy inglés, solo vivo allá. ¿Es un problema?.
—Ah, no… Claro que no.
De prisas escuché unos pasos pesados en las escaleras, y al levantar la mirada, visualicé a una chica vestida con uniforme de las que usaba la gente del servicio. Nada extraño, quizá tenía una mañana agitada, o quizá se la habían agitado, teniendo en cuenta de que la falda de su uniforme estaba arrugada y mal doblaba, con una de las orillas metidas en su ropa interior. Casualidad que ambos se pusieron nerviosos cuando inspeccioné con la mirada los labios hinchados de ambos, no creo.
Igual, no me importaba y no sería yo quien juzgara la situación. Eran sus vidas, yo solo había llegado a realizar un trabajo y luego me iría.
Aparté la mirada y coloqué los planos sobre la mesa de madera que estaba al centro de tres sofás negros de cuerina, estilo clásico.
El sujeto de piel nívea y ojos marrones me miró nervioso.
—Escucha, mi prometida está por llegar. Por favor no menciones esto. Pagaré bien por tu trabajo.
Reí seco y negué.
—Yo no me meto en la vida privada de mis clientes y lo que usted haga con su vida, me tiene sin cuidado. Puede revisar los planos si lo desea, en todo caso yo le explicaré…
—Ah, no… Mi prometida sabe más de estas cosas. Le dije que estaría al pendiente, pero lo cierto es que no me queda tiempo. Ya sabes, las obligaciones de la familia.
—¿Entonces tú no entiendes nada de esto?.
—No, pero ella ya debe estar por llegar… —Se detuvo al escuchar el sonido del timbre. —Debe ser ella. —Señaló con una sonrisa.
Se alejó por el pasillo, y mientras yo detallaba los espacios en la casa para saber en dónde irían las divisiones, el sujeto regresó y…
¡Mierda!
—No puede ser… —balbuceó la rubia, soltando la mano de su prometido.
Metí las manos en los bolsillos de mi pantalón y enarqué una ceja.
—Hablando de cosas banales y que no me interesan. —Reí sin ánimo, viendo como ella se tensaba al lado del idiota que al parecer, era su prometido.
¿Si me afectaba? Sí, lo acepto, me afectaba, pues yo debía estar a su lado, pero no, ella, esa mujer lo había jodido todo.
¿Si me importaba?.
No, ya no.
Patrick la tomó de la cintura y la pegó a su cuerpo, dejó un beso en la comisura de sus labios y le dio una nalgada para nada disimulada.
Ella me miró con desdén, abrazó a su prometido y formó un puchero, mirándome altiva.
—¿No dijiste que contratarías al mejor arquitecto del mundo?. —bufó mordaz.
Reí en mis adentros y la miré fijo, sin apartar un segundo mi mirada de la suya.
Ally se cohibió y con sus mejillas rojas apartó la mirada.
Cobarde.
Patrick asintió con una risa inocente, sin darse cuenta de nada.
—Lo es, cielo. Me lo han recomendado bastante.
—Pero no creo que sea correcto que alguien que necesita ayuda para organizar una boda, sepa organizar un plano, poner una viga o manejar su vida siquiera.
Fruncí mi entrecejo y me crucé de brazos.
—¿Organizar algo es sinónimo de responsabilidad?
—Sí. ¿Cómo lo ves?.
—¿Ustedes se conocen?
—¡No! —respondimos al mismo tiempo.
El sujeto nos miró asustado y se cubrió con ambas manos sobre su pecho.
—De acuerdo…
—¿Y responsabilidad es sinónimo de inmadurez?
—¡¿Inmadurez?!
—Tranquilos, chicos, estamos aquí para hablar de la remodelación…
—¡Claro, porque una persona que se cree perfecta de pronto se da cuenta de la mierda en la que vive y decide huir, en lugar de luchar!
—¡¿eso que tiene que ver?!.
—¡Qué nunca estás conforme con nada, porque crees que estás por sobre todo y cuando te aburras de esto, solo lo dejarás como si no valiera nada!
—¿Chicos…?
—¿Huir? ¡Irse a Londres es huir!
—¿Muchachos…?.
—¡Tratar tu casa como inútil solo porque te ves reflejada en ella es huir como cobarde!
—¡Dejar la casa que tanto amas, antes de dañarla más con la vida de mierda que tienes no es cobarde!
—Oigan…
—¡¿Qué?!
—Solo quería decirles que me está entrando una llamada y debo responder. Como entre arquitectos se entienden, dejo esto en sus manos. Ya vuelvo.
Patrick salió de la sala para ir al patio trasero, dejándome a solas con su desesperante prometida.
Su pecho subía y bajaba, sus ojos se habían cristalizado y su labio había comenzado a temblar.
¿Qué me estaba pasando? De pronto quería abrazarla y decirle que todo estaría bien, pero ella había sido la que me había alejado. Ella no lo valía.
Sin embargo, cuando una lágrima resbaló por su mejilla no pude detenerme y me acerqué a ella de prisa, la tomé de la cintura y la hice retroceder hasta una puerta de madera, que por el tamaño parecía dar hacia una bodega, uniendo sus labios a los míos.
Ella era dócil cuando yo la tocaba, era sensible y perceptiva, era receptiva y deliciosa. Era todo lo que habíamos aprendido juntos y hasta más.
Sin prisas me quitó el cinturón, bajó mi bóxer y se subió sobre una tabla de madera que estaba elevada sobre dos muebles, abrió sus piernas y me respondió el beso con más profundidad y frenesí, atrapándome entre sus piernas, mientras yo levantaba su vestido hasta su cintura y encajaba nuestras caderas. Besé su cuello, apreté sus senos, le robé un gemido y la penetré con fuerza.
Jadeó en mi boca, respiró profundo y exhaló sobre mis labios con cada embestida.
Su cuerpo me respondía con la misma intensidad, ella era la perfecta medida para mí y nuestros cuerpos encajaban a la perfección. Estábamos sincronizados, éramos un solo latido, y justo al momento de llegar al climax, dos toques en la puerta nos alertaron.
Había sido una estupidez, y nos habían descubierto…