Capítulo 1. El despertar.
Nancy escupió la pastilla en el lavabo. El sabor a tiza le quemó la lengua como si le hubieran echado ácido. Abrió el grifo hasta el máximo y observó cómo el agua arrastraba el polvo blanco por el desagüe, desapareciendo para siempre.
Tenía tres días que no se tomaba la pastilla de las “vitaminas” que su esposo le había dado. Llevaba esos días haciendo exactamente lo mismo: fingir que tragaba las supuestas “vitaminas” que Damien le traía todas las noches con esa sonrisa perfecta de esposo preocupado. Esta noche, por fin, su mente estaba completamente clara.
El cerebro ya no flotaba en esa niebla espesa que la había mantenido dócil y lenta durante cuatro años.
Se secó la boca con el dorso de la mano y miró su reflejo en el espejo. Los ojos que le devolvieron la mirada ya no eran los de la mujer sumisa que todos creían. Eran ojos fríos, despiertos, peligrosos.
Tomó su teléfono y abrió la aplicación que había vinculado esa misma mañana a la cámara oculta que había instalado en el despacho de la oficina de Damien. El pequeño dispositivo, llevado como regalo y colocado en la estantería, enviaba señal en tiempo real a su teléfono. Pulsó el icono y la pantalla se iluminó.
La imagen en alta definición la golpeó como un puñetazo.
Damien tenía a Peonía presionada contra el enorme ventanal de la planta 47. La falda de la asistente yacía arrugada en el suelo. La blusa abierta. Las manos de Damien sujetaban las caderas de la mujer con fuerza mientras la penetraba desde atrás. Cada embestida hacía que el cuerpo de Peonía se estrellara contra el cristal.
—Fóllame más duro, Damien… me gusta —gimió Peonía, la voz entrecortada por el placer—. Quiero que mañana no pueda caminar y me acuerde de ti.
Damien soltó una risa oscura y le tiró del cabello con violencia, obligándola a arquear la espalda.
—Eres una zorra insaciable —gruñó él—. Mucho mejor que… —se detuvo un segundo, como si incluso en la intimidad le costara terminar la frase— ella.
Peonía rio entre jadeos.
—¿Crees que la tonta sospecha algo?
—Se toma la pastilla todas las noches como una buena niña —respondió Damien, acelerando el ritmo—. Duerme como un tronco. Nunca se entera de nada.
Nancy sintió que le faltaba el aire. Apretó los labios hasta que el sabor metálico de su propia sangre inundó su boca. Por un segundo, la imagen del Damien que años atrás le juraba amor eterno se superpuso con la del hombre que ahora estaba follando a otra mujer contra el cristal. La ironía le dolió más de lo que esperaba. Sin embargo, no apartó la mirada. Pulsó el botón rojo que aparecía en la esquina de la pantalla.
Grabando.
El archivo comenzó a guardarse automáticamente en la nube, cifrado, lejos del alcance de Damien. Tenía la prueba. La prueba irrefutable de cuatro años de mentiras, de humillación, de violación química de su propia voluntad.
Siguió mirando, aunque cada segundo le dolía como si le arrancaran pedazos del alma. Vio cómo Damien le daba la vuelta a Peonía, cómo la sentaba sobre el escritorio y volvía a penetrarla con b********d. Vio cómo la besaba con una pasión que nunca le había dedicado a ella. Vio cómo le susurraba cosas que jamás le había dicho a ella.
Cuando el video terminó de grabarse, Nancy cerró la aplicación con dedos temblorosos. El archivo ya estaba seguro. Nadie podía borrarlo.
Una hora después, escuchó el sonido de la puerta principal al abrirse, la sacó de su trance. Damien había llegado a casa.
Nancy bloqueó el teléfono de inmediato, lo dejó sobre la mesita de noche y corrió hacia la cama. Se metió bajo las sábanas, se cubrió hasta el cuello y cerró los ojos. Respiró lento, profundo, imitando el ritmo pesado de alguien profundamente sedado.
La puerta de la habitación se abrió con cuidado. El olor a sexo, sudor y perfume dulce de Peonía inundó el aire como una bofetada. Nancy tuvo que hacer un esfuerzo titánico para no abrir los ojos ni contraerse de asco.
Damien se acercó a la cama. Nancy sintió su presencia a centímetros de su cara. Él se inclinó y le acarició la mejilla con los mismos dedos que minutos antes habían estado dentro de otra mujer.
—Estás dormida, mi amor —susurró con voz suave, casi tierna—. Has tenido un día largo… descansa. Tan dócil… tan tranquila.
Nancy sintió que el estómago se le revolvía. Quiso vomitar. Quiso gritar. Quiso clavarle las uñas en la cara. Pero se mantuvo inmóvil, respirando con regularidad, fingiendo la somnolencia que él esperaba.
Damien soltó una risa baja, casi inaudible. Esta vez habló más para sí mismo que para ella:
—Eres perfecta así… exactamente como te necesito.
Sus pasos se alejaron hacia el baño. El sonido del agua de la ducha empezó a correr.
Nancy abrió los ojos de golpe. El corazón le latía tan fuerte que temió que él pudiera oírlo desde el baño. Sacó su segundo teléfono, el encriptado, del doble fondo de la mesita de noche y marcó el número de Nicolás.
Contestó al primer tono.
—Nancy —dijo la voz grave al otro lado—. ¿Qué pasa? ¿Tienes las pruebas en contra de tu marido?
—Sí, tengo el video —respondió ella en un susurro urgente—. Lo grabé todo. Quiero que prepares todo para que pueda salir de aquí lo antes posible. No solo que me saques… necesito que me ayudes a hacerlo bien.
Hubo un segundo de silencio.
—Dame cuarenta y ocho horas —dijo Nicolás—. Estoy resolviendo unos asuntos en Barcelona. No puedo dejarlo todo ahora. Simula frente a él. No hagas nada que te delate. ¿Me oyes?
—Te oigo —dijo Nancy—. Date prisa. No puedo seguir mucho tiempo más en esta casa.
Cortó la llamada y guardó el teléfono bajo el colchón con movimientos rápidos pero silenciosos.
El ruido del agua de la ducha se había detenido de forma abrupta.
Un escalofrío recorrió toda su espalda.
Nancy se giró lentamente. Damien estaba de pie en el umbral del baño, con una toalla blanca atada a la cintura, el pelo mojado y los ojos clavados directamente en ella. Había sorpresa en su mirada. Solo una curiosidad fría, peligrosa.
—¿Con quién hablabas, Nancy? —preguntó con voz baja, casi amable.
El silencio que siguió fue tan denso que Nancy sintió que se le clavaba en la garganta.
Damien dio un paso adelante. El agua goteaba de su cuerpo sobre la alfombra. Su sonrisa ya no era la del esposo cariñoso. Era la sonrisa de un depredador que acaba de oler sangre.
—Te vi moverte —dijo—. Y te escuché hablar. ¿Quién era?
Nancy tragó saliva. Su mente trabajaba a toda velocidad. Tenía que pensar rápido. Tenía que seguir fingiendo. Todavía no podía escapar. Todavía no tenía todo lo que necesitaba.
Se incorporó despacio en la cama, frotándose los ojos como si acabara de despertar.
—Estaba soñando… —dijo con voz pastosa, como si todavía estuviera bajo el efecto de las pastillas—. Creo que hablé dormida. Perdón si te desperté.
Damien la miró en silencio durante varios segundos. Sus ojos recorrieron su rostro buscando cualquier g****a, cualquier señal de mentira.
Nancy sostuvo su mirada sin parpadear. Dentro de ella, el hielo se había convertido en fuego.
Damien finalmente sonrió, aunque esa sonrisa no llegó a sus ojos.
—Debes estar teniendo pesadillas otra vez —dijo, acercándose a la cama—. Mañana te llevo al médico. Necesitas que te ajusten la dosis.
Se inclinó y le dio un beso en la frente. El contacto le quemó la piel.
—Duerme, mi amor —susurró—. Todo está bajo control.
Se dio la vuelta y regresó al baño, cerrando la puerta detrás de él.
Nancy se quedó sentada en la oscuridad, con las manos apretadas sobre las sábanas. El corazón le latía con furia. El video estaba seguro en la nube. Nicolás vendría en cuarenta y ocho horas. Y Damien… Damien acababa de demostrar que, aunque sospechaba, todavía la subestimaba.
Sonrió en la penumbra. Una sonrisa pequeña, fría, letal. “Imbécil, ya verás lo que te va a pasar, vas a pagar cada cosa que estás haciendo”. Suspiró confiada, porque estaba segura de que esta vez nadie iba a detenerla.