Isaac.
Una voz bastante familiar taladra mis tímpanos y logra sacarme de estos dolorosos recuerdos, recuerdos, que hasta el día de hoy pesan y supongo que así será por el resto de mi vida. Ladeo el rostro levemente encontrándome con Isabella. ¡Mi pequeña y amada, Isabella! Ya no es una adolescente, es todo una mujer, una hermosa mujer madre de familia y con una vida perfecta, o es lo que ella desea aparentar. Estuve tantos años sin verla que me derrito de solo mirarla. Ver sus curvas y negras pestañas, sus intensos ojos pardos, su sensual boca pintada de carmín, su lacio y largo cabello n***o cayendo elegantemente por su espalda, sus estilizadas piernas enfundadas en ese estrecho pantalón de cuero, sus grandes pechos asficciados por esa estrecha camiseta cuello de tortuga, su plano abdomen y su respingado trasero, sin lugar a dudas es una mujer hermosa, una hembra en todo su apoyo esplendor. Sin embargo, ella no siente lo mismo, su rostro no refleja la más mínima alegria. Supongo que aún no me perdona por arrebatarle la vida a su amante y conociéndola, jamás me va a perdonar.
—¿Qué mierda haces aquí, Isaac? —Hace un mohín con los labios, manifestando de ese modo su inconformidad. Se cruza de brazos y su postura me indica que está a la defensiva, lista para atacar si es necesario.
—Necesito que saques a esa mocosa de mi casa, no la soporto y será imposible convivir durante diez largos meses con ella. —Elevo la voz, alterado. —Me sacó de mis casillas, estuve a punto de asesinarla, ¿comprendes la gravedad del asunto? ¿O tu diminuto cerebro no logra procesar está información? — Masajeo mi tabique reiteradas veces. — Es la hija de tu amante, por lo tanto, deberías de ser tú quien se haga cargo de ella. ¡Ahora mismo la sacas de mi casa! —Grito frenético, ella por instinto retrocede un par de pasos.
—¿Yo? ¿Eres estúpido o te haces? — Enarca una de sus cejas, —sabes perfectamente que no puedo, aunque quisiera, Antonio no me lo permitirá. — Frunce el ceño y me apunta con su índice. —Además, es huérfana por tu maldita culpa, ¡tú, Isaac Bauer, asesinaste a su padre! —Hunde su dedo en mi pecho, —lo último que puedes hacer, es cuidar de ella hasta que cumpla la mayoría de edad.
—Yo pagué por el homicidio que cometí, estuve en prisión y viví un infierno encerrado en ese sitio. Además, debe de tener a su madre o algún familiar que pueda cuidarla de manera adecuada. —Esta platica comienza a irritarme y no lo puedo disimular, mi rostro se contrae ante la molestia que mi ser comienza a experimentar. —Pagué para sacarla del maldito hogar de menores por que a pesar de haber estar bastante próxima a cumplir la mayoría de edad no saldría de ahí hasta enero del próximo año, ya no me acorrales más, no pongas mi paciencia al límite. Sabes perfectamente que está tiene un límite, Isabella.
—Su madre se suicidó después de la gran noticia que le diste, su abuela falleció al tiempo y quedó completamente sola. —De pronto comienza a reír y su mirada refleja odio puro —¡No fuiste él único que vivió un infierno! ¡Deja de ser la maldita víctima y asume tus responsabilidades, maldito cobarde!
—¿Mi responsabilidad? —Cuestiono resignado.
—Si, tú maldita responsabilidad, por lo tanto, no me busques a menos que sea algo de mayor importancia. —Retrocede un par de pasos alejándose de mí. —Fuí bastante clara el día en que te pedí que te alejaras para siempre de mi vida, erd un maldito enfermo y no deseo a alguien como tú a mi lado.
—Al menos págame el microondas que rompió, —contraataco con el más estúpido de los argumentos.
—¿Qué? —De dos grandes zancadas acorta la distancia entre ambos. —¿Por qué debería pagar algo que yo no he roto?
—Porqué lo ha roto Jetzabé, al menos, como mínimo, deberías de dar la cara en eso. —Fijo mi mirada en la suya, está tan furiosa que da la impresión de que le salen chispas por los ojos. Sus ojos, tan pardos, tan hermosos.
—¡Óyeme bien, Isaac! —Me apunta con su índice, sabe cuánto detesto esa maldita manía suya. —¡Esa niña, no es nada mío! ¡Metete esto en tú putrefacta cabeza, no pagaré un maldito centavo! Si tanto necesitas el dinero, entonces ve y manda la factura con los daños a Sebastián al mas allá. —Esboza una risa siniestra, —a lo mejor, si estás de suerte, maneje efectivo sea donde sea que esté.
Observo como se aleja, no voltea a ver si quiera una vez. Me deja tan en claro que mi presencia le enferma y todo el amor que una vez existió entre ambos, murió. Quería decirle tantas cosas, principalmente disculparme por todo lo que sucedió en el pasado, sin embargo, es muy difícil hacerlo si ella no me da la oportunidad. Anhelo tanto su calor, sus caricias furtivas en medio de la noche, su embriagante aroma a rosas y por sobre todo, la ternura infinita de sus ojos. ternura que, por cierto, ya no existe. Isabella en la actualidad solo es un cascarón vacío de lo que alguna vez fue la mujer que amé.
Ya en mi auto, presionó el acelerador y me alejo de la propiedad de mi hermana lo más rápido posible. Todo salió mal, nada fue como esperaba e ilusamente a mis treinta y cuatro años sigo haciéndome falsas ilusiones. A veces no sé si me paso de ingenuo, o bien, de estúpido. Siempre consideré que el amor me hacía débil y hoy tengo la posibilidad de confirmar dicha teoría. Conduzco sin rumbo fijo, no deseo volver a la cabaña, al menos, no en estas condiciones, necesito ahogar este dolor y furia que me consumen por igual, de lo contrario terminaré desquitandome con aquella chiquilla que es el vivo reflejo del bastardo de su padre. Necesito despejarme, echar todo esto fuera y olvidar quién soy por un par de horas.