Isaac.
Desde este momento, todo transcurre como en cámara lenta, me aparto del cuerpo de quién fue mi rival y con pasos torpes comienzo a buscar el baño. El departamento no es muy grande, por lo que rápidamente doy con el lugar. Me encierro con pestillo, enciendo la luz y me miro al espejo asustándome de mi propio reflejo. Gotas de sangre salpicaron mi rostro y mis manos están completamente teñidas de rojo. Efusivamente lavo mis manos y dejo que el agua limpie mi culpa, para luego proseguir con mi rostro. Sin rastro de sangre en mi piel abandono el cuarto de baño, encontrando a Isabella tirada en el piso, sosteniendo la inerte mano de quien fue su amado.
—Llamé a la policía, no dudaré en contar toda la verdad. —Sus palabras están cargadas de un profundo odio, —será mejor que te vayas y que no vuelvas jamás. ¡Desaparece para siempre de mi maldita vida, Isaac!
—No te preocupes, Isabella —me detengo junto a la puerta de salida. —No volveré, pero él tampoco lo hará. —Sin más que hacer o decir salgo del interior y cierro la puerta con un sonoro portazo.
Mientras bajo las escaleras noto manchas de sangre sobre mis pantalones de jeans, pero sin darle importancia a las notorias manchas de mi ropa me encamino ha donde deje estacionado mi automóvil. Mis niveles de adrenalina siguen hasta el tope, por lo que me adentro en el vehículo y me pongo en marcha inmediatamente.
Siguiente objetivo, hablar con Sarah Weber, abrirle los ojos de una vez por todas a aquella mujer haciéndole ver la clase de degenerado que tiene por esoso. Por suerte el hospital en el que debería de estar hospitalizada está cerca, en quince minutos estoy aparcando mi coche en la entrada. En recepción pregunto por ella, pero para mí sorpresa nadie con ese nombre se a registrado en estas últimas semanas. Al parecer Sebastián resultó ser bastante embustero. Busco la dirección de la escuela de fútbol a la que lleva a su hija y me encamino hacia tal dirección.
Una vez fuera, me encamino con pasos seguros hasta el final del recinto, donde se encuentran las canchas de entrenamiento. Decenas de niños y niñas entrenan en las diferentes canchas y no logro encontrar mi objetivo. Hay bastantes hombres y mujeres que esperan por sus hijos, por lo que, me resulta bastante difícil identificar a Sarah.
—Buenas tardes, señor. —Un joven me intercepta, —¿busca a alguien? Quizás pueda ayudarle.
—Si, Sarah Weber. Me urge hablar con ella, —de pronto la boca se me seca y froto mis manos, clara señal de estar nervioso.
— ¡Ha! Es la mujer que está junto a la cerca, —señala en dirección de un grupo de personas —es la mujer que lleva el bolso rojo.
—Gracias. —Sin esperar a que responda me encamino ha donde esta ella.
Me paro a su lado, esperando que un poco de remordimiento me ataque, pero por más que espero, eso no acontece. Ella me ignora, se inclina ligeramente para tomar entre sus brazos a la berrinchuda niña que llora aferrada a ella, por lo que alcanzo a escuchar, se queja de que uno de sus compañeros la hizo caer y se rasmillo la rodilla. Observo a Sarah de pies a cabeza, es una mujer bastante menuda y no hay signos en su cuerpo que muestren un embarazo llegado a su término, es una mujer bastante delgada para su gusto y al parecer el profesor mintió con el embarazo de su esposa. La pequeña se percata de mi presencia y automáticamente deja de llorar, frota sus negros ojos con sus pequeñas manos para luego esbozar una radiante sonrisa.
Basta ese simple gesto para que mi valentía se diluya por los poros de mi piel, ese inocente gesto rompe mis barreras y de pronto, me doy cuenta que le he arrebatado la vida a alguien. Los brillantes ojos de la niña me observan con simpatía, todo en ella es tan radiante, tan cálido, tan jodidamente encantador. La magia que ella ha creado a nuestro alrededor se rompe cuando su madre fija su mirada en mí. Su expresión muestra confusión, más al observar mis fachas comienza a ponerse incomoda.
—Jetzabé, cariño, ve a jugar, tus compañeros te están esperando. Recuerda que le prometiste a papá meter muchos goles en su honor. —La mujer, conservando una postura rígida palmea la cabeza de la niña. La pequeña vuelve con sus compañeros de equipo y ella me enfrenta. —¿Quién es usted y por qué me busca? —Su voz suena hostil.
—Sebastián Weber —balbuceo su nombre, de pronto me siento preso en mi propio cuerpo. Yo… —No sé qué decir, mi mente queda en blanco.
— ¿De dónde conoce a mi esposo? —Asustada observa las manchas de sangre en mis pantalones.
—Su esposo, es un maldito cerdo, un pedófilo asqueroso. Se atrevió a poner sus asquerosas manos sobre mi hermana. Isabella, solo es una chiquilla de dieciséis años, a la cual el bastardo de Sebastián se encargó de seducir y llevarla a la cama. —Una sonrisa temblorosa aflora en mis labios. —Al menos, señora, ya no podrá abusar de otras adolescentes.
—¡Estas mintiendo! ¡Sebastián, jamás haría algo como eso! —Comienza a gritar de manera enérgica mientras aprieta sus puños con furia. Por más que intenta contenerse, sus traicioneras lágrimas bañan sus tostadas mejillas.
—No, lamentablemente no es una mentira. Vengo del departamento de solteros de su esposo, dónde lo encontré con mi hermana. —Tomo a la mujer de su antebrazo y aprieto este hasta que un lastimero quejido escapa de sus labios. —Acabo de asesinar a su esposo, esta sangre que ve en mi ropa es la suya, —suelto su brazo y saco la pistola de entre mi ropa. —Le volé los sesos, vacié mi pistola en su maldita cara.
La cara de espanto de la mujer, era digna de enmarcar y colgar en algún museo de horror. Sus ojos se agrandan de sobre manera y sus pupilas se dilatan, con manos temblorosas extrae el celular de su llamativo bolso y marca. Deduzco que llama a su esposo, nadie contesta del otro lado por lo que deja caer el teléfono al piso para luego comenzar a gritar desquiciadamente. Las personas que se encuentran a nuestro alrededor nos rodean y en un abrir y cerrar de ojos varios hombres me reducen tirándome al piso.