Una vez que entro a mi habitación, siento que mis músculos pierden toda la tensión acumulada durante las últimas tres semanas. Me acerco a la cama, recuesto las muletas contra la pared y me dejo caer sobre el colchón como peso muerto. Gimo de puro gusto al apreciar la manera en que mi cuerpo se hunde en el material mullido y esponjoso. ―¡Por Dios! ¡Qué cansada me siento! Suelto un bostezo en el instante en que mi cabeza toca la almohada. Los músculos de mi cuello están adoloridos debido a lo incómodo que resultó intentar dormir en el sillón del hospital. Fueron momentos difíciles y angustiantes los que pasé desde que recibí la llamada de Antonio y me dijo que Massimo había sido víctima de un atentado. Aquella noticia causó un impacto profundo en mi estado emocional, sobre todo, porque me

