Prólogo
―Niña estúpida e ingenua, no tienes ni idea ―sisea Lud con desprecio. Retrocedo un par de paso en el instante en que sus ojos se tornan completamente negros, como si algo oscuro y perverso se hubiera adueñado de ellos―. Creíste que un hombre como yo podía fijarse en una mujer tan simple y aburrida como tú ―una sonrisa siniestra tira de las esquinas de sus labios―. Te hiciste la difícil y, cuando eso sucedió, te convertiste en un atractivo, tentador y delicioso reto ―camina en mi dirección, tratando de acorralarme―. Solo tuve que hacer uso de algunos de mis métodos más eficaces para hacerte caer ―chasquea con su lengua―, lo demás fue un acto reflejo.
Niego con la cabeza. No puedo creer que todo esto se haya tratado de un juego, uno muy macabro y perverso. En cambio, yo ―trago grueso―, le di todo lo que tenía y puse en sus manos mi alma y mi corazón.
―Yo me enamoré de ti, Lud ―confieso con la voz atragantada―, eres el único hombre al que ha amado en toda mi vida…
Una carcajada espeluznante hace que pegue un respingo y detenga mis palabras.
―¿Te enamoraste de mí? ―se burla con ironía―, eres demasiado básica, Rachel, además de inocente e ilusa ―me empuja de espalda contra la pared y me acorrala entre sus brazos―. No puedo creer que haya necesitado tan poco para convencerte ―elevo la mirada cuando un par de alas negras y oscuras se despliegan detrás su espalda y se alzan majestuosas por encima de su cabeza. Comienzo a temblar cuando estas se desplazan y forman una especie de coraza protectora a nuestro alrededor―. Todo fue parte de un juego en el que tú eras la presa y yo el cazador ―manifiesta, sin ningún ápice, vergüenza, mientras me acribilla con sus ojos endemoniados―. Puse la carnada y tú caíste mansita, no tuve que esforzarme mucho para obtener lo único que quería de ti y, ahora que lo he conseguido, ya no me sirves de nada.
Un dolor lacerante se desata en medio de mi estómago, lo que me hace bajar la cabeza para descubrir que hay una pistola en su mano derecha y que acaba de dispararme con ella. Elevo la cara y lo miro a los ojos con desconcierto.
―¿Por qué, Lud? ―me parte el alma el sufrimiento que me está ocasionando―. Te acabo de confesar que te amo y que estoy dispuesta a ir al infierno contigo, incluso, a sacrificar mi propia vida por amor ―un líquido viscoso y caliente comienza a filtrarse entre mis dedos―. ¿Qué hice para merecer esto?
Sonríe y niega con la cabeza, antes de alejarse. La sangre sigue brotando y comienza a derramarse sobre el piso.
―Creer que un hombre como yo tiene un corazón fue un gran error de tu parte ―mis piernas fallan y caigo de rodillas sobre el suelo―. Debiste escuchar los consejos de tus padres, sin embargo, decidiste jugar con fuego y terminaste quemándote con él.
El dolor es agudo y se torna insoportable. Bajo la mirada y, descubro con horror, la cascada de sangre que brota del pequeño agujero tatuado sobre la piel de mi estómago. Intento detener el derrame con mis manos, pero esta sigue fluyendo. Dejo de sentir mis piernas y una ola de frío intenso va entumeciendo mi cuerpo.
―No, Lud, tienes un corazón y es el más bondadoso que jamás haya existido ―le explico con un susurro casi inaudible―. Tienes que creerme ―insisto, mortificada―. Lo escuché latir sobre mi pecho la misma noche que me hiciste el amor ―lágrimas abundantes descienden por mis mejillas y van a parar en el charco de sangre que ha formado en el suelo―. Escúchame, por favor, tiene que confiar en mí ―le suplico con desesperación―. Sé que me amas tanto como yo lo hago.
Extiendo mi brazo para apoyar la palma de mi mano sobre el lado izquierdo de su pecho, pero se aqueja antes de que pueda tocarlo. La temperatura de la habitación desciende vertiginosamente. El frío es tan intenso que cala hasta lo más profundo de mis huesos. Mis dientes tiritan y mi cuerpo se sacude de pies a cabeza. Si no fura porque estoy usando mis manos para detener el sangrado, habría cruzado los brazos alrededor de mi cuerpo para protegerme del frío. Así que, si no muero desangrada, lo haré por congelamiento.
―No dices más que estupideces, niña tonta ―espeta con rabia y rencor―, nunca, escúchame bien ―recalca enfurecido―, jamás he sentido ni sentiré nada por un ser tan insignificante como tú, lo único que incitas es asco ―sus palabras se hunden como dagas filosas dentro de mi corazón y hace añicos el amor que siento por él―. Encárguense de ella ―les ordena a sus secuaces―. Evítenme la molestia de volverla a ver por este lugar.
Un hombre y una mujer hacen acto de presencia en el mismo instante en el que él desaparece y me deja abandonada a mi suerte. No se inmuta ni muestra piedad por mi sufrimiento. Al contrario, les pide a sus cómplices que terminen el trabajo que él mismo comenzó.
―No, no, no, por favor…
Susurro sin fuerzas. Mi corazón palpita débil y cansado. El dolor se expande con violencia a través de todo mi cuerpo, sobre todo, en mi pierna y en mi estómago. Sin embargo, esto no me detiene. Pongo todo lo que queda de mí para defenderme de mi atacante. Mis brazos apenas pueden moverse, incluso, respirar es cada vez más difícil y complicado. Siento que mi alma y las fuerzas me abandonan.
―Tranquila, regazza ―susurra una voz con acento al pie de mi oreja. Enseguida noto que no es la voz del hombre que me agredió, así que consigo un poco de alivio, no obstante, no dejo de sentir pánico después de todo lo que me sucedió―, te prometo que nadie te va a lastimar, ahora está bajo mi protección ―me estrecha contra su pecho y me envuelve con sus brazos, haciéndome saber que nada me va a pasar mientras esté con él―. Ese hombre nunca más volverá a hacerte daño.
No sé si estoy muerta o estoy a punto de estarlo, pero puedo reconocer la voz de mi ángel guardián, ese ser que apareció de la nada y me rescató de las garras de ese asesino cuando mis esperanzas estaban perdidas. Suelto un alarido desgarrador cuando el dolor hace temblar todo mi cuerpo.
―¡Maldita sea, Antonio, aumenta la puta velocidad ―grita desesperado―, la estamos perdiendo!
Una de sus manos se desprende de mi cuerpo y hace presión en esa zona de mi estómago que arde como si un fierro caliente lo estuviera atravesando. Sé que todos sus esfuerzos serán en vano, puedo percibir la manera en la que mi vida se le escapa de las manos. Ya no me quedan fuerzas ni ganas para seguir luchando. Mucho menos ahora que no tengo razones para seguir viviendo.
―Hago todo lo que puedo, señor, pero mucho me temo que, si sigo corriendo por las calles a esta velocidad, terminaremos hospitalizados en el mismo hospital.
Respiro profundo, pero incluso, respirar es una tarea sumamente difícil y dolorosa.
―Me importa una mierda, Antonio ―ordena con un grito enardecido―, necesito que nos lleves cuanto antes a esa maldita clínica.
Comienzo a jadear con desesperación en el instante en que mis pulmones colapsan y me quedo sin respiración.
―Quédate conmigo, preciosa, pronto llegaremos a la clínica ―me anima con tono desesperado―, demuéstrame lo fuerte y lo valiente que eres… ¡Lucha por tu vida!
Qué sentido tiene luchar cuando no tienes ningún motivo para hacerlo. Las lágrimas abandonan mis ojos y se deslizan por mi cara mientras hago todo lo posible para poder respirar. A los pocos segundos, mi cuerpo comienza a rendirse.
―Señor, estamos a punto de llegar ―indica el mismo hombre que antes habló―. Un equipo médico espera por nosotros en la entrada de la emergencia.
Ya ni siquiera puedo oírlos.
―Te prometo que no me voy a apartar de ti, preciosa, estaré a tu lado hasta que salgas sana y salva de este lugar.
Seguido, escucho sonidos de puertas que se abren y se cierran mientras voy de la lucidez a la inconsciencia. Hay un gran alboroto a mi alrededor, además de personas gritando y soltando órdenes a diestra y siniestra.
―Señor, por favor, necesitamos que la coloque en la camilla ―suplica uno de los hombres que parece ser el de mayor autoridad en el grupo―, nosotros nos haremos cargo a partir de este momento ―mi salvador se niega a soltarme―. Estamos perdiendo tiempo valioso y esta mujer necesita atención médica inmediata.
Insisten, pero sigue negándose. Por sus palabras asumo que estamos en un centro hospitalario y que el que habló fue un doctor.
―No voy a separarme de ella ―sisea furioso―, la llevaré en mis brazos a donde sea necesario.
Vuelvo a quejarme debido al dolor y a lo difícil que se me hace poder respirar.
―Señor, por favor ―intercede el hombre que venía con nosotros en el auto―, deje que ellos hagan su trabajo, esta chica puede morir en cualquier momento.
Acepta a regañadientes. Se aproxima a la camilla para colocarme con sumo cuidado sobre ella. El equipo médico entra en acción en el momento en que se aparta y proceden a ponerme una mascarilla para facilitar mi reparación.
―No te rindas ahora que estamos aquí, principessa, quédate conmigo.
Entrelaza su mano con la mía y, durante el recorrido hacia el interior de la clínica, nunca me suelta. Esta vez lucho con todas mis fuerzas para ver la cara de mi salvador antes de que la muerte venga a reclamar mi vida. Tras parpadear en varias ocasiones logro abrirlos. No obstante, los cierro de inmediato debido a que la luz que proviene de las lámparas ubicadas en el techo de los pasillos por los cuales nos movilizamos, impacta directo contra mis retinas. Una vez que se adaptan a la claridad, vuelvo a intentarlo. En esta ocasión puedo ver el rostro de mi ángel guardián. Sus ojos oscuros me observan con mucha preocupación y sé que esta es sincera. Sonríe al levantar nuestras manos entrazadas y llevaros a su boca para cubrir mis dedos con sus besos.
»Eres una diosa guerrera, belleza ―indica con orgullo―, así que necesito que salgas con vida de ese quirófano y regreses a mí.
Parpadeo una vez para darle a entender que haré todo lo posible para mantenerme con vida. Si sobrevivo, le estaré agradecida por siempre.