Una vez que ingresa al quirófano, hablo con Antonio.
―¿Te hiciste cargo del asunto que dejamos atrás?
Asiente en respuesta.
―El equipo se está encargando de todo, señor ―me quito la corbata y la chaqueta que están completamente empapadas por la lluvia y los lanzo en una de las sillas de la sala de espera―. Estoy en comunicación constante con jeremías, me estará informando sobre cualquier novedad.
Al desprender los dos primeros botones de mi camisa de lino, noto la mancha de sangre que se extiende sobre mi pecho. ¿Qué habría pasado si no hubiera aparecido justo en ese momento? No pude evitar que le disparara, pero de no haber intervenido a tiempo, el muy hijo de puta la habría acribillado. Quería asesinarla, de eso no me cabe la menor duda.
―¿Alguien se dio cuenta de lo que sucedió?
No tuvo tiempo para pensar en lo que estaba haciendo. Fui a ese club con un propósito en mente, pero tuve que posponerlo cuando escuché los gritos de la chica y fui a investigar. Lo que menos me esperaba era encontrarme con tal escenario.
―No, pero estamos averiguando si había cámaras funcionando en el sitio ―me explica―. Aunque es bastante difícil que alguna haya podido grabar algo con esta tormenta, aunado al hecho de que ese callejón estaba bastante oscuro.
Espero que así sea. Reaccioné sin tomar en consideración las circunstancias, hice lo que tenía que hacer. De lo contario, ella estaría muerta.
―Encárgate Antonio, no quiero sorpresas futuras ―le ordeno―. Averigua cuanto antes todo lo que puedas sobre la chica ―no me gusta navegar en aguas desconocidas y, ahora mismo, siento que voy a la deriva―. Espera ―lo detengo antes de que se aleje―. Recojo la chaqueta y la corbata de la silla, pero antes de entregárselas saco mis pertenencias de los bolsillos―. Consígueme ropa seca antes de que me dé hipotermia.
Una vez que se aleja, me siento en una de las sillas, apoyo los codos sobre mis muslos y descanso el mentón en mis manos entrelazadas. Me pongo a especular mientras recuerdo lo sucedido…
Estoy en una encrucijada y es ese club el único lugar en el que puedo obtener las respuestas que necesito. Mantengo la mirada fija en la foto del posible responsable, así que debo encontrar una manera de acercarme a él sin que sospeche cuáles son mis verdaderas intenciones.
―Señor, nos estamos acercando.
Cierro el archivo que tengo en mis manos, lo pongo a un lado e inhalo profundo. Estoy desesperado, mi investigación pende de un hilo. Tengo dos años tras el rastro de aquellos que tuvieron que ver con la muerte de mi mujer y, hasta ahora, no he conseguido una maldita pista que me lleve hasta ellos. Hace un par de día surgió el nombre de este club y esa es la razón por la que esta noche estoy aquí. Si Reeves tiene que ver con lo que le pasó, juro que no voy a descansar hasta hacerle pagar por lo que hizo. Se arrepentirá hasta el último día de su vida.
―Date una vuelta por los alrededores antes de detenerte en la entrada ―le indico, mientras observo a través de la ventana el diluvio que está comenzando a caer sobre nosotros―. Quiero darles un vistazo a las instalaciones antes de entrar.
Es la primera vez que me dejo llevar por mis impulsos, estoy tan desesperado que ni siquiera me tomé el tiempo necesario para hacer una investigación exhaustiva sobre el sujeto en cuestión. Había perdido las esperanzas, pero una vez que apareció esta nueva pista me lancé sobre mi objetivo sin pensarlo dos veces.
―Señor, debo insistir sobre lo de esta noche ―me indica, Antonio, bastante preocupado―. Una vez que cruce la puerta estará solo ―me advierte―, no me siento cómodo con esto, mucho menos, sin saber a ciencia cierta lo que le espera en el interior ―a pesar de sus advertencias, no pienso dar marcha atrás―. No tendrá mi respaldo ni el del equipo, lo pido por favor que lo reconsidere.
Comprendo su preocupación, pero después de tanto tiempo sin tener nada sobre el asesinato de mi esposa, no pienso detenerme ahora que una luz acaba de encenderse en medio de esta oscuridad. Necesito respuestas y es allí dentro donde las voy a encontrar.
―Puedo cuidarme solo, Antonio.
Bajo la ventana, porque necesito tener una mejor vista del entorno. Hay bastante iluminación en la entrada principal y, en general, en toda la fachada. Noto a un par de hombres apostados en la entrada, tres más vigilando el estacionamiento y la fila de las personas que intentan acceder al club. Sin embargo, la lluvia los está haciendo correr a todos.
Una vez que llegamos a la parte posterior del club, me doy cuenta de lo mucho que esta área se puede prestar para cualquier fechoría debido a la poca iluminación y a la falta de vigilancia. Por supuesto, el acceso está restringido por una cerca de alfajol y un aviso de precaución en la puerta principal.
»Aminora la velocidad ―le indico, mientras rodeamos el patio. A medida que nos vamos moviendo observo cada rincón para crear un mapa mental del establecimiento. No obstante, no pasa ni un minuto cuando escucho un grito aterrador que me eriza los pelos de la nuca. Justo al final, cerca de los contenedores de basura, veo lo que está pasando―. ¡Detente, Antonio!
Tiro de la manija y me arrojo fuera del auto, antes de que se detenga. Me muevo a toda prisa, chapoteando sobre los charcos de lodo y agua creados por la lluvia, empapándome bajo la tempestad y con el corazón martillando atronadoramente debajo de mi caja torácica. Atravieso la puerta que, por fortuna, está abierta. Me dirijo hacia el fondo con la determinación pujando contra cada uno de mis reflejos.
―¡Suéltame! ―cada uno de los músculos de mi cuerpo entra en tensión―. ¡Déjame ir, por favor!
Corro como si de ello dependiera mi vida, tratando de llegar a ella antes de que sea demasiado tarde.
―¡Maldita, puta! ―algo sucede dentro de mí. Pienso en los últimos minutos de vida de Francesca antes de que fuera asesinada. Imagino sus gritos, sus ruegos de ayuda, su desesperación. Una ola de ira se extiende a cada rincón de mi cuerpo al imaginar que ella pudo sufrir una situación semejante a la que esta chica está viviendo―. Me las vas a pagar.
―Papi, mami…
Antes de siquiera pensarlo, meto la mano en el interior de mi chaqueta y saco mi pistola. El tiempo parece moverse en cámara lenta mientras me acerco al lugar. Extiendo mi brazo y apunto hacia la cabeza del perpetrador.
―Hasta nunca, puta ―tiro del gatillo, pero me temo que ya es demasiado tarde. Él detona su arma antes de que yo pueda hacerlo―. Saludos del jefe.
Un segundo después de decir aquellas palabras, el atacante cae a un lado como peso muerto. Con pistola en mano, inspecciono los rededores para asegurarme de que no haya nadie más. Una vez que compruebo que no hay amenazas, me acuclillo frente a la chica y deposito mi arma en el suelo. Mi pecho sube y baja a toda velocidad.
―Despierta, cariño, lucha por tu vida ―le imploro mientras pongo las manos sobre su herida para evitar que la sangre siga fluyendo―. Voy a sacarte de aquí y me encargaré de ti, pero necesito que te aferres a la vida, eres demasiado joven para morir.
Giro la cara al escuchar pasos acercándose.
―Tenemos que salir de aquí cuanto, señor ―me indica Antonio al recoger la pistola y el casquillo del suelo. Se acerca al sujeto y posiciona sus dedos en la yugular para buscar signos de vida―. Está muerto.
Es en ese momento cuando me doy cuenta de lo que he hecho. Si nos descubren, me meteré en serios problemas y talvez pondré en riesgo mi investigación.
―Necesito detener el sangrado o a este ritmo no quedará ni una gota de sangre en su cuerpo.
Saco un pañuelo del bolsillo y lo aprisiono sobre el orificio.
―No podemos quedarnos aquí, Massimo ―nunca usa mi nombre a menos que sea necesario―. Tendremos que hacerlo en el auto o te arriesgas a quedar en medio del ojo del huracán.
¡Maldita sea! Observo a la chica y tomo una decisión.
―Bien, salgamos de aquí y vayamos a una clínica.
Meto mis brazos por debajo de su cuerpo y la levanto del piso. La lluvia sigue cayendo a cántaros y los truenos comienzan a estallar en lo alto del cielo. Me muevo a toda prisa, preocupado por la vida de la chica. Una vez que llegamos al auto, Antonio me abre la puerta. Subo al asiento y la acomodo en mi regazo. Antonio rodea el vehículo y ocupa su lugar.
De repente, ella extiende su brazo y apoya la palma de su mano en mi mejilla.
―No, Lud, tienes un corazón y es el más bondadoso que jamás haya existido. Tienes que creerme. Lo escuché latir sobre mi pecho la misma noche que me hiciste el amor. Escúchame, por favor, tiene que confiar en mí. Sé que me amas tanto como yo lo hago.
Su toque causa una sensación extraña dentro de mi pecho. Aquellas palabras se filtran a través de los poros de mi piel y se mueven con rapidez por mi torrente sanguíneo hasta asentarse en lo más profundo de mi corazón. Mi boca se seca en el instante en que vuestras miradas se fusionan.
―No, no, no, por favor…
La acuno contra mi pecho y la acobijo entre mis brazos.
―Tranquila, regazza, te prometo que nadie te va a lastimar, ahora está bajo mi protección. Ese hombre nunca más volverá a hacerte daño.
Una voz me expulsa repentinamente de mis pensamientos.
―Señor De Luca ―me pongo de pie al ver que se acerca el médico que nos recibió al llegar―. Quiero informarle que la operación fue todo un éxito ―dejo escapar un suspiro de alivio al escuchar aquella noticia―. La paciente está fuera de peligro, en cualquier momento la estaremos trasladando a su habitación.
Le tiendo la mano al doctor para agradecerle todo lo que hizo por ella.
―Gracias, doctor Fleming, no tengo palabras para agradecerle el que le haya salvado la vida.
De un momento a otro, se oye un taconeo cerca de nosotros. Giro la mirada y veo a la morena que se nos acerca. Se remueve los anteojos sobre el puente de su nariz, antes de hablarme.
―Señor De Luca, lamento molestarlo bajo estas circunstancias tan delicadas ―se disculpa apenada―, pero necesitamos información de la paciente para realizar los trámites correspondientes.
¡Demonios! Había pasado por alto que al llegar a este lugar tendría que suministrar la información personal de la chica para el papeleo administrativo. Esta vez me han tomado desprevenido, pero en cuestión de segundos se me ocurre una solución.
―Ella es Isabella… ―el nombre se desliza de mi boca de manera espontánea y deliciosa―. Isabella De Luca, mi esposa.