Sed de venganza

1666 Words
Una semana después Una ruina de escombros y polvo de ceniza ocupa el lugar en el que antes había una humilde vivienda. El intenso olor a humo que todavía desprende la madera calcinada, envía un aguijonazo de dolor a mi corazón y provoca un enorme vacío en el fondo de mi estómago. Me niego a aceptar que la mujer que amo esté muerta. ―Señor, aquí no hay nada que buscar, será mejor que nos vayamos. Ignoro la advertencia de Jacob. Rompo la cinta de seguridad policial y me introduzco hasta donde las ruinas me lo permiten. Los bomberos apenas pudieron controlar el fuego infernal que se desató hace pocos días en la pequeña casa. Observo con dolor la escala del verdadero horror que se esconde debajo de los restos. Tiemblo de impotencia y me maldigo una y otra vez porque me siento culpable por lo que aquí sucedió. El paisaje es desalentador y sombrío. Cierro los ojos y respiro profundo para intentar controlar las ganas que tengo de llorar y gritar como lo haría un ser humano común y corriente. ―Señor, está convaleciente, aún no se recupera del todo. Insiste Jacob al poner una mano sobre mi hombro izquierdo para detenerme, sin embargo, me sacudo con un movimiento violento. La acción provoca un intenso dolor a la altura de mi pecho, pero lo soporto con estoicismo. ―No pienso marcharme de aquí hasta obtener la información que necesito. Sé que va a volver a insistir. Él y Robert no me han dejado en paz desde que sufrimos el atentado. Se han convertido en mis putos niñeros. ―Tenemos que abandonar el lugar antes de que la policía nos sorprenda. Me importa una mierda si aparece el mismísimo presidente de este país o si envían al maldito ejército para detenerme. No pienso mover un pie de este lugar hasta que averigüe y descubra lo que propició el catastrófico incendio. Algo me dice que esto no fue un hecho de la mera casualidad. Mis presentimientos nunca me fallan. ―Calla tu puta boca, Jacob, y déjame en paz. Atravieso los escombros sin tener ninguna idea de lo que estoy buscando. Observo, minuciosamente, para ver si encuentro algún rastro o indicio que me indique que mi dulce e inocente ángel sigue viva y que su cuerpo no se carbonizó entre las llamas ardientes del vertiginoso fuego que acabó con su hogar. Me detengo de manera abrupta cuando un objeto desconocido resplandece en medio de la inmensa montaña de cenizas y desechos. Me acerco rápidamente y me acuclillo para meter los dedos ente los trozos de madera quemada para hacerlas a un lado y poder sacar el objeto. Los latidos de mi corazón se disparan en el instante en que lo tomo entre mis dedos y lo identifico. Cierro los ojos y dejo salir las lágrimas porque, por mucho que lo intente, esta vez no puedo evitarlas. Aprieto los dientes al punto de hacerlos crujir bajo la presión, cuando el dolor y la culpa me carcomen el alma. ―¡Maldita sea! Maldigo con la voz temblorosa cuando la realidad me golpea en la boca del estómago. Muevo el puño cerrado hasta el lado izquierdo de mi pecho y lo coloco sobre mi corazón. Lugar en el que Rachel permanecerá hasta el último día de mi vida. Cierro los ojos y recuerdo la vez que me habló del obsequio que le hizo Victoria el día de su cumpleaños… Diviso la fina cadena que lleva colgada en su cuello y aprovecho la oportunidad para distraer mis impulsos lujuriosos y preguntarle al respecto. ―Me encanta esto que llevas puesto ―sostengo entre mis dedos el colgante que pende de la delgada cadena―. ¿Es la mitad de un corazón? ―pregunto curioso―. ¿Qué significan las letras que están grabadas en él? De un momento a otro, concibo la idea de que el objeto fue el obsequio de algún enamorado o pretendiente. Mi cuerpo se tensa y soy invadido por una extraña sensación de rabia y enojo. ―Me lo obsequió Victoria el día de mi cumpleaños ―su respuesta hace que la furia que, amenaza con hacerme explotar como un energúmeno, se esfume como por arte de magia. La toma entre sus dedos y la observa con orgullo mientras me lo explica todo―. Ella conserva la otra mitad ―indica emocionada, con esa hermosa sonrisa que ilumina su rostro―, en la suya están grabadas las iniciales de las dos primeras palabras que complementan la frase “mejores amigas por siempre” ―acaricia la medalla con mucho cariño―, las dos finales se encuentran en la mía. Una especie de calidez se asienta en mi corazón, así que hago otra pregunta para acabar con la inesperada e incómoda sensación a la que no estoy acostumbrado. ―¿Cuándo fue tu cumpleaños? ―suelta la cadena y moviliza su hermosa mirada violeta hacia mis ojos―. Me dijiste que tenías veintiún años. Sigue siendo una chiquilla inocente a pesar de su edad. Me emociona saber que todas sus primeras experiencias serán conmigo, que soy y seré el único hombre que la proveerá de todo conocimiento, el que le quitará la máscara y abrirá sus ojos al mundo real. ―La misma noche que te conocí. ¡Mierda! Casi la hice mía el mismo día de su cumpleaños. Habría sido un magnífico regalo para un día tan especial como ese. ―Lo que significa que estoy en deuda contigo ―hundo mi cara en su cuello y beso su piel. Aquella información me ofrece la grandiosa oportunidad de llevar a cabo una genial idea antes de que mi m*****o explote en pedazos―. Qué mejor momento que este para darte tu regalo, uno que quedará guardado en tus recuerdos para siempre. Meto la mano debajo del agua y acomodo mi polla entre sus labios vaginales. Suelta un jadeo, deja caer su cabeza hacia atrás y empuja sus dulces e inmensos pechos contra mi cara. ―Sujétate de la bañera, Rachel ―le exijo con la voz entrecortada―. No te sueltes hasta que te lo diga. Hundo los dedos en la piel de sus nalgas y llevo mi boca hasta sus pezones endurecidos. Los succiono y los mordisqueo al mismo tiempo en que balanceo su delicioso trasero sobre mi polla ansiosa para demostrarle lo duro y preparado que estoy para ella. Sus dedos se tensan al borde de la tina y sus gritos de pasión y desenfreno funcionan como un afrodisíaco que me pone duro como barra de acero. ―Quiero oírte gritar, Rachel, déjate venir. Impulso mis caderas hacia arriba y me hundo en su interior de una sola estocada. Abro los ojos y veo la cadenita saltar entre sus redondos pechos que se bambolean de un lado al otro debido a lo convulsionado de sus movimientos. ―Lud, me… me vengo… Sus gritos hacen que mi orgasmo estalle al mismo tiempo que el suyo. Apoyo mi cara sobre sus pechos y gruño en medio del delicioso e incomparable éxtasis que me embarga. Enrolla sus brazos alrededor de mi cuello y se recuesta sobre mi pecho, azotada por las poderosas convulsiones que la están haciendo pedazo. Aparto mi cara y beso la medalla antes de llevar mis labios hasta los suyos. Absorbo sus jadeos y la beso como si de ello dependiera la salvación de mi alma. Instantes después se queda dormida sobre mi pecho, mientras me encuentro perdido en mis pensamientos, escuchando palpitar mi corazón de manera desenfrenada y reviviendo las inesperadas sensaciones que ella me provoca cada vez que la hago mía. Abandono mis pensamientos y guardo la cadena en el bolsillo interno de mi chaqueta, conmovido por los recuerdos. Si tan solo lo hubiera aceptado mis sentimientos, si mi estupidez no me hubiera impulsado a salir huyendo como un cobarde, ella estaría con vida, viviendo a mi lado y haciéndome feliz. En cambio… ―Lo siento, señores, pero deben desocupar el área ―indica un agente de bomberos que al parecer está haciendo investigaciones para determinar el origen de incendio―. El paso a este lugar permanece restringido mientras se realizan las pesquisas. Me giro y camino en su dirección. ―¿Se han logrado establecer las circunstancias del incendio? Me observa en silencio, pero no menciona ni una sola palabra. ―Lo siento, esa es información clasificada. Maldito imbécil. Si piensa que me voy a ir de aquí sin una respuesta, no tiene ni una maldita idea de hasta donde soy capaz de llegar para obtenerla. ―¡Soy familiar de la chica que falleció en este lugar, tengo derecho a saber lo que sucedió con ella! ―escupo con tono hierático―. Exijo saber las causas que provocaron el desafortunado incendio y le puedo asegurar que moveré cielo y tierra para averiguarlo, haré lo que sea necesario para conseguirlo y eso implica ―siseo con los dientes apretados―, que destruiré a todo aquello o a aquel que se interponga en mi camino. Mencionarlo hace que mis entrañas se contraigan y que mi corazón palpite de forma dolorosa. El funcionario mueve su mirada nerviosa entre Jacob y yo, sorprendido y conmocionado por la súbita amenaza. Resignado nos da la respuesta que he estado esperando. ―Hay fuertes indicios de que el incendio fue premeditado ―aquellas palabras hacen que la rabia y el rencor se dispersen por mis venas como una droga potente y destructiva―. La hipótesis aún no está confirmada hasta tanto se examine el área del siniestro por completo. Pero les puedo asegurar, de manera extraoficial, que el fuego no se originó de manera espontánea. No necesito de un informe oficial para entender que Rachel fue asesinada. Juro por Dios que llegaré al fondo de esto y haré pagar al culpable con su propia vida. No descansaré hasta que mi sed de venganza esté saciada.
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