―Lo siento, bebé ―con la polla atrapada entre sus dedos, la acerca a sus labios seductores sin apartar su mirada coqueta de la mía y deposita un sutil beso sobre la punta que la pone a palpitar con desenfreno―, pero tendrás que esperar hasta esta noche. ¿Qué? ¿Piensa dejarme así? La observo desconcertado y confuso por lo que acaba de hacer. Se pone de pie, rodea mi cuello con sus manos y me besa con una pasión que hace que mis ganas se dupliquen en un chasquido. Sin embargo, corta el beso cuando comienzo a animarme, pensando que las cosas proseguirán su curso desde el punto que lo dejó. No obstante, se aparta risueña y satisfecha, recoge la toalla del piso y cubre su cuerpo antes de echarme de su habitación. ―Cierra la puerta cuando salgas, Massimo ―gira su rostro sobre su hombro y con

